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Tema: DIARIO DE MARRUECOS (Leído 1385 veces)
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Kiruna
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Muchos ya lo habeis leído, pero ahi va de nuevo el Diario de Marruecos.
TANGER:
Yo me vuelvo.....pensaba mientras llegaban las voces de Xavi y Jordi a través del hueco en la pared que comunicaba ambas habitaciones. “El agua sale marrón” “písala, písala” ....y allí estaba yo, en aquel hotel “Valencia” que anunciaba tres estrellas que debían haberse perdido en la inmensidad de la noche magrebí, esperando a que de la vieja alcachofa de la ducha cayera un poco de esa agua de color marrón que ya estaba mojando a mis compañeros de viaje en la habitación contigua. Ellos seguían divirtiéndose tratando de acabar con una cucaracha que se había colado sin permiso ni aviso en su habitación. Mientras tanto, en nuestro habitáculo Joan seguía tratando de contactar con su familia vía móvil para contarles que habíamos llegado. Ni bien ni mal, simplemente habíamos llegado.
Desde el principio no me había gustado la idea de Marruecos. Yo hubiese ido a Turquía y ahora estaría camino Pamunkale o fotografiándome frente a la Mezquita Azul. Pero no, Susanita, gran promotora del viaje al Magreb, se había empecinado en que Marruecos era mucho más de lo que esperábamos, que era un viaje estupendo y cargado de magia. Magia que yo no le veía por ninguna parte y que tampoco podía ahora recriminarle a mi amiga puesto que, en el último momento, esta se había rajado porque en la empresa nueva no le daban vacaciones. Tampoco habíamos logrado embarcar ni a Blanca ni Alexis...todos ellos grandes convencidos de las maravillas del país vecino. Y yo seguía pensando en las palabras de mi padre que no entendía para qué narices me iba tan lejos teniendo tanto magrebí en el pueblo.
“Yo estuve allí”, me dijo mi médico de cabecera cuando fui a pedirle la receta para la vacuna de la fiebre tifoidea, “y no entiendo cual es el motivo de que me pidas esta vacuna...recuerdo que nos alojamos en el Mamounia...gran hotel”. Nunca le he visto una cara tan preocupada a mi médico de toda la vida como el momento decisivo en el que le dije que nuestro plan era ir de albergues e integrarnos en la cultura local. Rápidamente profirió a extenderme la receta del tifus a la que añadió tétanos y me recomendó una visita a Sanidad Exterior...
Y mi pareja....todavía no me había sentido con fuerzas de llamarle para decirle tan solo “hemos llegado cariño”, ni bien ni mal, tan sólo un “hemos llegado” que era lo mejor que podía decirle en las circunstancias en las que me encontraba. Pensaba ahora en nuestro pisito, lo limpio y reluciente que estaba, el caudal abundante de nuestra ducha con chorro a presión, y siete posiciones más y mil maravillas que decía el vendedor que tenía el mango y que nunca habíamos tenido tiempo de probar. Y para una vez que tengo vacaciones, me dejo a mi pareja con el gato y me largo con tres locos a descubrir el mundo árabe. En que estaría yo pensando cuando les dije que sí...estaba pensando en Turquía y me salió el tiro por la culata.
“parece que aquí también sale el agua marrón”....”¿creéis que si la dejo correr saldrá transparente? Se oyeron risas desde el vano de la pared lo que interpreté como un “no” rotundo y tajante. Solo era agua así que me hice el ánimo. Con lo que no pude resistirme fue con las rasposas toallas amarillentas del hotel y le pedí a Joan que me acercara mi toalla de playa, bueno la de Raul y aún olía a nuestra casa, una lágrima furtiva estuvo a punto de rodar por mi mejilla.
Joan empezó a ducharse y yo rememoré una vez más como había comenzado nuestra amistad. Fue una fría noche de agosto en Suecia. Recién llegados al país salí a fumarme un cigarrillo en el patio de la fiesta de bienvenida que los suecos nos habían organizado a los erasmus. Y allí un chaval se me acerco y me inquirió por fuego en inglés. En su cazadora colgaba un letrerito como el que yo me había escondido en mi bolsillo, a salvo de las miradas, donde se leía Joan Martinez. “De nada Joan”... Esa misma noche le presente a Xavi. Pero claro, al decirle que ambos vivíamos en el mismo pueblo, y que nuestro alojamiento en Suecia era en Michael Hansom, en la misma habitación, automáticamente pensaron que éramos pareja. Larga historia era la de contarles que aunque proveníamos del mismo pueblo, Xavi y yo no nos conocíamos, que el destino nos hizo encontrarnos en el aeropuerto de Copenhague mientras esperábamos el ferry a Malmö, que a Xavi le habían denegado a última hora el proyecto y que se había quedado colgado sin habitación. Y que al ser del mismo pueblo pues, me apiadé de él y le deje dormir en el suelo de mi pequeño cuarto; que su madre y la mía comparten clase de natación y que susto se llevó mi madre cuando la llame y le dije que si, que ya conocía a Xavi, y que en estos momentos se había quedado dormido en la habitación...
¿Nos vamos? Eran Xavi y Jordi que ya habían terminado con las cucarachas de su habitación, se habían cambiado y estaban reclamando nuestra atención. Sus planes me parecieron incluso indecentes; ir a cenar y a tomar algo. Aún no me había rehecho del golpe de bajar de un ferry atestado en pleno mes de junio para tomar tierra en la ciudad de Tánger, donde lo primero que habían hecho era tratar de sustraerme la mochila “para llevársela a su hotel, madmoiselle”, y lo segundo acusarnos de racistas al denegar la ayuda de un supuesto guía para encontrar alojamiento. Habíamos recabado finalmente en el “Hotel Valencia” de tres estrellas, porque las pensiones de Tánger me habían supuesto un duro golpe al comprobar lo mucho que distaban de sus homólogas suecas a las que me había acostumbrado tras nuestros viajes por el país escandinavo. Pero para llegar al Hotel Valencia nuestro recorrido había atravesado un mercado de pescado, carne y quien sabe que más, tendido en el suelo, separado del mismo por una mugrienta manta en el mejor de los casos. Esas imágenes se agolpaban en mi cabeza y me hacían incapaz de pensar en comida mientras estuviese en Marruecos, lo cual, según la guía impresa y elaborado por nosotros mismos, no iban a ser menos de 15 días.
Pese a lo que pudiera parecer en un principio, aquella noche dormí de golpe, como un lirón. Y cuando me desperté a la mañana siguiente no sabía dónde estaba ni con quien. Fue mi amigo Joan quien me puso en aviso y su móvil despertador el encargado de devolverme a la emocionante realidad. La noche anterior finalmente, tras un corto paseo por la Medina, desistimos seguir adelante y nos sentamos en una terraza a degustar un magnífico té moruno y a comernos el resto de los sanwiches que amablemente, yo había preparado el día anterior en mi limpia cocinita. Un nuevo día nos esperaba al salir del hotel; nuestra misión era muy concreta: encontrar un coche del alquiler que se acoplara a nuestra aventura que justo empezaba. Así que guía en mano y mochila al cuello, salimos de nuestro hotel para no volver. Con pocos pasos nos dimos cuenta de que Tánger era mucho más que la Medina y que también tenía su zona nueva, con restaurantes y cafeterías de lo más tentadoras. Pensábamos que a las diez ya estaríamos fuera de Tánger, pero en las doce y todavía no nos habíamos decidido por un coche y las mochilas ya empezaban a pesar.
Tras dar muchas muchas muchas vueltas, finalmente nos decantamos por un Peugot 504 que parecía estar bastante nuevecito, unos diez mil kilómetros, pero era lo suficientemente espacioso para que los cuatro pasáramos largas horas sentados en sus asientos, tenía aire acondicionado y matrícula marroquí para pasar desapercibidos. Con muchas dudas sobre el seguro y la estabilidad del vehículo logramos salir de la casa de alquiler de coches rumbo a Rabat, nuestra primera parada.
“Me muero de hambre, esto no hay quien lo aguante!!!!” Por Dios Jordi!! No empecemos, si hemos hecho solo 46 kilómetros desde que salimos de Tánger!! “Me da igual, son mis vacaciones tengo hambre y voy a parar en el primer pueblo que encuentre ¿qué dice la guía?” La guía marcaba como punto interesante entre Tánger y Rabat, la villa de Asilash. Y allí paramos. En cuanto entramos en el pueblo me sorprendió.
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Kiruna
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RABAT:
Mi médico estaría orgulloso de mi si me viera...finalmente voy a hospedarme en el Hotel Mamounia...solo que en el de Rabat, y que este ni tiene lujos, ni estrellas ni nada que se le parezca.
Después de visitar un par de pensiones, nos habíamos decantado por la opción Mamounia. Tras el lujo asiático de la noche anterior, me daba francamente igual que el hotel, motel o pensión de mala muerte, no tuviera el complemento de baño privado en la habitación. Me había encargado de cotillear en las duchas e incluso de hacerlas funcionar para resolver, no sin un amago de satisfacción en la cara, que el agua corría limpia por una reluciente alcachofa. Lástima que no se me ocurriera inspeccionar la habitación contigua antes de pronunciar el “si quiero”. El dichoso baño era algo que yo solo había visto en algún viejo bar de pueblo remoto de la geografía valenciana...y solo en el baño de los chicos. Pronto me aprendí el nombre: “placa turca” para tratar de no caer más en la trampa.
Aquello para mi escasa falda pantalón era una tortura...y carecían de papel higiénico!. Suerte andar provista de papel higiénico “húmedo” del cual me había surtido en mi tan amada Mercadona. Junto a la placa había algo que me llamó la atención pero que no me atreví ni a rozar con el dedo. Un grifo y un pequeño cubo de hojalata colgando del mismo. Ni se me paso por la cabeza para que podía servir semejante inventó pero si que me apunté lo de reclamar el papel en la humilde recepción del hotel.
“Vamos a acercar el coche para volver con las bolsas al hotel”. Genial idea la de Joan pero yo tuve mis dudas sobre si finalmente no lo habíamos dejado mucho más lejos de donde lo teníamos. La dichosa mochila no dejaba de balancearse de izquierda a derecha y de derecha a izquierda en mi espalda, hacia un calor insoportable y llevábamos quince minutos caminando a través de parques y avenidas y según Xavi, todavía quedaba un tramo para el hotel.
Me volví a sumergir en mis profundos pensamientos: por Dios!! Raul debe pensar que he naufragado en el ferry! Todavía no lo he llamado!!. Menos mal que Xavi ha telefoneado a casa, así seguro que mi madre ya sabe que estoy bien, y si mi madre lo sabe, también lo sabrá Raul entonces ¿para qué voy a llamar? Para decir “mama estoy bien...prepara un kilo de insecticida para mi vuelta porque voy a llegar con una legión de piojos en el pelo”...Dios que pelos llevaba!! Me aguantaría el tinte 15 días?? Va, seguro que volvemos antes...si no hay mucho que ver, Marrakesh, Zagora y ya esta. Y ese viejo que ha pasado por mi lado, ¿qué mira?
La percepción de la mirada del viejo me hizo levantar la vista del suelo, para ver que no era solo el viejo el único que me miraba con una mezcla de rechazo y curiosidad. La siguiente mirada que note encima fue la de una mujer completamente vestida de negro y tapada con el típico pañuelo pero en sus ojos, apenas descubiertos, no note ya ninguna curiosidad sino ira. De pronto comencé a sentirme muy observada pero aún peor que eso era que me sentía muy sola. Sola, sola, sola.
De más atrás de mi espalda, me llegó un murmullo de voces en idioma comprensible y esquivando como pude la dichosa mochila me di la vuelta para comprobar que mis “inseparables amigos” , mis “protectores” en un país machista, los que habían jurado y perjurado ante mi pareja que me iban a cuidar bien, esos canallas andaban como a tres metros por detrás de mi.
Les deje que siguieran atrás, tampoco me hacían ninguna falta (aunque con el rabillo del ojo los iba vigilando pues me daba pavor que se separaran “demasiado” y me dejaran completamente desvalida) pero el pasar frente a un café repleto de hombres sentados en la terraza, de cara a la calle y notar como todos enmudecían a mi paso ya fue la gota que colmo el vaso.
“Podríamos poner algún anuncio sobre el top de Kiruna y así al menos ganaríamos algo”. Este comentario de Xavi, que ahora incluso lo encuentro gracioso, hizo que apretara el paso con todas mis fuerzas y que mi mochila ya no se balancease sino que casi diera vueltas. Finalmente, y tras la carrera, llegamos “exhaustos” al hotel.
(...)
“Vamos a tener problemas por culpa tuya Jordi”...estaba tratando de hacerle entender a Jordi que debía ponerse pantalón largo para la visita a Rabat bajo las miradas de asentimiento de Joan y Xavi. “Si tu mismo lo has leído en la guía: es importante que se demuestre respeto por las tradiciones y que las mujeres y hombres se cubran las piernas para entrar en los lugares de culto”.
Finalmente, y tras muchas objeciones por su parte, el tio inventó todo lo que pudo con tal de no ponerse los vaqueros, únicos pantalones largos que había traído consigo, logramos convencerlo entre todos de que si no nos dejaban entrar en el Palacio y en el Mausoleo iba a ser culpa suya “ves?” le decía Xavi, “hasta Kiruna se ha vestido como una persona”... estaba gracioso el niño. La verdad es que me importaba un bledo si no íbamos a ver el dichoso Mausoleo, ni el Palacio ni nada de eso. A mi lo que realmente me importaba era no volver a sentirme intimidada como la tarde anterior. Pero puestos a sufrir, no iba a sufrir yo sola, de ahí mi ímpetu en que Jordi se encajara de una vez por todas los dichosos téjanos.
Con Jordi protestando en cuanto salimos a la calle y caía ya un sol de aplomo, emprendimos marcha a descubrir la capital. Dos cosas tenía yo en mi cabecita: una e inconfesable, era hacerme con unas babuchas como las que le había visto la noche anterior a una marroquí en el Mc Donals. Eran unas babuchas (todavía las recuerdo) de lentejuelas blancas y negras que me quedarían “divinas” con unos pantalones negros y un top negro en una noche de verano. Tal pensamiento era inconfesable por supuesto. Mi siguiente preocupación era hacer las menos fotos posibles. No sé que le pasaba a mi cámara que pese apretar el botón con todas mis fuerzas, ella se obstinaba en hacer las fotos cuando le venía en gana. Normalmente le venía en gana después de algún que otro golpecito. A ese paso me la iba a cargar en dos días.
Pese a que andamos y andamos, vimos toda la Ciudad Antigua, la nueva, el Mausoleo, el zoco (el más limpio de Marruecos, todo hay que decirlo), no encontré las ansiadas babuchas. Y mira que me las hubiese comprado a gusto. A Susanita se las compraríamos más tarde pero más “marrocain” y menos “fashion” que si no corríamos el riesgo de que nos las tirará vía e-mail a la cabeza. Eso sí, mi “otra” preocupación se arregló gracias a Papa Xavi, quien descubrió que para que la cámara funcionase correctamente sólo había que quitarle la opción del programador retardado.
Las burlas sobre Kiruna y su cámara, y las incesantes quejas de Jordi sobre “pues ese guiri entra en pantalones cortos y nadie le impide el paso” son los últimos recuerdos que tengo sobre Rabat.
Previo pasó por el hotel a recoger los bártulos y cambiar nuestros “tiros largos” por otras prendas más veraniegas, nos embarcamos de nuevo en nuestro confortable Peugot rumbo a la ciudad de Bogart: Casablanca. Eso si, esta vez dejamos el coche frente a nuestro particular Mamounia para evitar incidentes molestos.
Salí de Rabat poco convencida. La Cellah me habia gustado, aunque estaba un poco abandonada. Y el Zoco no era ni de lejos, el laberinto de calles y callejuelas que había imaginado. Eso sí, había sido un gustazo encontrarse de cara con el mítico aguador de Rabat; el mismo hombre que aparecia fotografiado en nuestra guía y mucho me temo, el último aguador que quedaba en toda Rabat. Sus pompones vistosos se habían movido rápido en cuanto nos divisó en el Mausoleo. Lástima que el agua que nos ofreció no fuera tan auténtica como su colorido atuendo. Aquello sabia a anestesia de dentista como mínimo. Este viaje, me estaba gustando muy poco. ¿dónde están la maravillas de Marruecos? De momento solo nos han ofrecido costo y una cena en un Mc Donals. Increíble pero cierto. En la radio del Peugot sonaba la cinta de Dusminguet que Jordi había traído consigo para torturarnos, que junto con otra de Manu Chao, era la única música que nos acompañaba (el resto mucho más modernos habíamos traído compactos, que ilusos!!). Justamente la bendita cinta era todo en si un cántico a Marrakesh en un guiño a Marruecos ¿será tan fantástica como dicen? Esperémoslo así.
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Eva
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¡Me parece una idea excelente, Kiruna, que al fin te hayas decidido a publicarlo!. Sabes que soy bastante fan de los "cachitos" que publicaste en la primera parte del viajero. Ya me dirás si al final te decidiste a acabarlo o le falta algún capítulo
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Kiruna
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Mensajes: 772
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Tengo que mirarlo....hize unos cuantos pero  hace tanto tiempo. Util no es muy util (hay dos mucho mejores por este mismo foro) pero intentamos que sea divertido  Aunque sin faltar a la verdad 
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Eva
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Pues sigue publicando, que este fin de semana tengo tiempo para leer. Lo que me temo es que no hay copia de tu relato de Estambul. ¿Verdad?.
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Kiruna
Moderador/a
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Mensajes: 772
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La tiene el jefe 
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Eva
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¡¡¡¡Bien!!!!!.
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Kiruna
Moderador/a
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Mensajes: 772
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EL-JADDIDA
Jordi!!!!!!!!! ¿se puede saber qué te ha hecho este pobre hombre? Me llevaban loca con los cambios de coche; en cuanto te despistabas un poco, era sumamente probable encontrar un puesto de mercado ambulante encima del capó, y es que para esta gente el comercio es fundamental y forma parte del ciclo de la vida. Y así las cosas, mientras hablaba en un francés más que rudimentario con un paciente hombre mayor a ver si nos aclarábamos con los horarios de la dichosa venta itinerante, unas palabras conocidas y extrañas a la vez llegaron a mis oídos. Me gire para descubrir una de las escenas más surrealistas del viaje; Jordi estaba tratando de averiguar la misma cuestión que a mi me traía de cabeza, preguntando de forma reiterada a un pobre hombre vestido con chilaba blanca que lo mirara con una mezcla de miedo, fascinada curiosidad y enfado al no saber a ciencia cierta si Jordiet le estaría mentando a su madre. Y no es para menos; el catalán, a grito pelado se enfrentaba al magrebí repitiendo una y otra vez si el coche podía permanecer aparcado allí toda la noche…para desconcierto del hombre, y asombro del resto, Jordi efectuaba esta pregunta en un correcto sueco que poco tenía de apropiado tratándose de un pueblo perdido del Norte de África, y ante la mirada atónita del receptor, Jordi elevaba el tono de voz sin percatarse que su supuesto interlocutor no padecía problema alguno de sordera sino de desconocimiento profundo de la lengua viquinga.
Una llamada de atención y unas sonoras carcajadas de Joan y Xavi, quienes ya llevaban un rato de diversión a costa del barcelonés afincando en Suecia, hicieron que Jordi despertara de su letargo, mientras el hombre que hasta el momento había aguantado estoicamente la charada, se fuera calle arriba con pequeños movimientos negativos de su cabeza.
Por suerte, ninguno de los presentes sufrimos en nuestras carnes la cruenta Guerra Civil Española, pero una visita por El-Jaddida nos dejó una aproximación de lo que debía ser un pueblo de post-guerra. Aceras con adoquines destrozados o lo que es peor, sin resto de los mismos, burros y carretas levantando polvo de calles sin asfaltar, mujeres asomadas a las pequeñas y descuidadas puertas de sus domicilios arrojando cubos de agua usada y de dudoso proceder al paso de los despistados peatones, fachadas de casas y edificios que hacia años que no se pintaban y dejaban a plena luz unas grietas que amenazaban con extenderse. Para completar el idílico paisaje, el tendido eléctrico, que debía datar del año en el que Edisson inventó la bombilla, se enroscaba a una altura peligrosamente baja y se agarraba a las paredes como si de una enredadera se tratara. Y por supuesto, en medio de todo el caos, un mercado a las ocho de la noche en el que sería posible encontrar cualquier artículo de primera o tercera necesidad: coloridos sostenes con relleno, flotadores de fucsia vistoso, alfombras para el comedor, artefactos de ferretería, chilabas de uso diario, cámaras de bicicletas y algunos neumáticos reparados, todo, absolutamente todo, tiene su lugar en el mercado de El-Jaddida.
Y allí nos alojamos en el maravilloso y céntrico Hotel Bordeaux, cuyo precioso nombre no correspondía para nada a lo simple y descuidado de sus estancias. Tras una puerta lacada en blanco, lo único blanco de la ciudad me temo, se ocultaban cuatro camas y un lavabo donde dejar el cepillo de dientes. No obstante, serían lo necesario, a parte de una ducha fría compartida y de pago a parte, para pasar la única noche que le pensábamos conceder a esta incursión por el Marruecos menos visitado.
Sin embargo, El-Jaddida, vista desde la lejanía en el tiempo, fue la ciudad más auténtica que descubrimos en nuestras andanzas por el país de las ciudades imperiales y los cuentos de mil y una noches. La autenticidad de la ciudad costera no se basa para nada en ninguno de los pocos monumentos que se ofrecen al turismo; una ciudad portuguesa en ruinas y una cisterna de arcos ojibales poco aprovechada, sino más bien en el encanto acogedor de sentirse imbuidos por un modo de vida totalmente distinto y distante. La bulliciosa y poblada playa, el ir y venir de sus gentes, el abastecimiento con pescado fresco para los bares y algunas miradas de curiosidad mezcladas con otras de total desinterés nos hicieron, cuanto menos, una estancia diferente y por qué no decirlo bastante curiosa.
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Kiruna
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CASABLANCA
No puedo mirar, no debo mirar, no lo hagas “pero este tipejo de la bici de dónde ha salido?” El corazón me latía a mil por hora dentro del top de tirantes (que me había vuelto a colocar). El hombre de la bici trataba de suicidarse cruzando una inmensa avenida repleta de viejos Mercedes destartalados mientras Xavi al volante trataba de evitar a un burro y al animal que estaba debajo. Nuestro conductor no emitió ni un solo gruñido, ni una sola queja mientras que el copiloto se iba acostumbrado al tráfico local increpando a unos y otros. Jordi parecía estar pasándoselo en grande, mientras que Joan y yo ni tan siquiera nos mirábamos; temíamos encontrar el mismo miedo que sentíamos, reflejado en la pupila del otro.
Pareció por un instante que Xavi nos leía el pensamiento mientras que Jordi trataba de alzarse por encima de su asiento para tocar el cláxon. “No os preocupéis: esto es un caos controlado”. Sus tranquilizadoras palabras no surgieron ningún efecto en nosotros pero si en nuestro particular niño grande que pareció animarse aún más, si cabe, y siguió deleitándonos con una larga serie de gruñidos y bonitos palabros dedicados a los aborígenas del lugar. Se encontraba en su salsa mientras que en el asiento de atrás me juraba y me prometía que iba a llamar a casa, a mi pareja, e incluso al trabajo para decirles a todos que estaba “bien” si salía sana y salva de esta.
No sé el rato que pasamos inmersos en ese “caos controlado” que es circular por la moderna Casablanca. Me dio tiempo a que se agolpasen en mi mente horribles momentos relacionados con la conducción que ya casi los tenía olvidados: aquella vez que Blanca casi nos estrella contra un trailer en una autovía de Estocolmo o la vez que el temario Carlos cogió el coche en el viaje a los Lagos por una carretera completamente helada y pensaba que estaba en Bilbao con su vieja y destartalada “furgo”... Pensé en Alexis y su idea de hacer un Marruecos en “transporte local” y me pareció absurda la excusa que le puse de que yo no viajaba entre pollos y gallinas.
Milagrosamente llegamos sin un solo rasguño a una inmensa explanada donde nos postrábamos ante la más grande de las obras del mundo islámico. La gran Mezquita de Casablanca. Era tan o más colosal de lo que había imaginado nunca. Y bajo el sol sus bóvedas verdes resplandecían limpias e impolutas.
Mientras yo cumplía mi promesa de llamar (por fin) a todo el mundo, mis compañeros se llevaron la desilusión de percatarse que llegábamos tarde para entrar en la Mezquita. El horario de apertura al público hacía tan solo diez minutos que había finalizado, “mecachin en la mar” se le escapó al bueno de Joan. Por mi parte, me daba absolutamente igual, necesitaba un baño y a ser posible que no fuera de placa turca por favor. Así que deje solos a mis poco risueños compañeros y fui rauda y veloz a buscar un baño.
Detrás de unas mujeres que charlaban amistosamente había un gran arco que daba acceso a los lavabos más bonitos que he visto nunca. Averigüé, gracias a una chica que me lo indico, para que servia el cubito y el grifo. Y me percaté que estos estaban relucientes y aseados, muy aseados. Me enseño a lavarme los pies en una fuente de mármol blanco, a relajarme sentada con mis piernas metidas en agua fria y empecé a sonreirles a aquellas mujeres, que pese a que me había quitado la blusa que cubría mi más que mencionada camiseta de tirantes, no me miraban raro y me devolvían la sonrisa. Ellas tampoco llevaban sus pañuelos y parecían disfrutar de la charla.
Salí como nueva de aquella habitación y empecé a ver otro Marruecos que a excepción de Asilash, todavía no havia visto.
(..)
Viajábamos a través de preciosas playas desiertas que hacían que te apeteciese bajarte en todas, bañarte en todas y tumbarte en todas. Habíamos parado en una de ellas, y disfrutado de lo lindo del sol del Magreb. Algunos incluso trataron de disfrutar de las enormes olas del Atlántico, pero pronto se disuadieron al comprobar en sus carnes, la gélida temperatura de las mismas. Para mi desgracia, tras un frustrado intento de zambullirse en la inmensidad del océano, vinieron a guarecerse a mi vera. Y me despertaron una vez más de mis pensamientos que seguían preocupados por la búsqueda de las babuchas más “in” de todo Marruecos.
Cuando se hartaron de lanzarse arena entre ellos, de cotillear lo que hacían unos chavales que recogían algas, y de perseguir con sus cámaras a un pobre camello solitario, vinieron a torturarme con la idea de volver a subir al coche con Manuchau y Dusminguet.
Creo recordar que fue en Safi dónde paramos a comer. Ahora si que tenia hambre... había logrado subsistir con unos sanwiches y una cena en el Mac Donals, pero mi estómago me decía que quería algo más. Más “café au latí” no lo engañarían de nuevo. Me hice la dura y me aproxime a los puestos de playa con sillas de plástico donde nos invitaban (o nos obligaban dicho de otro modo) a sentarnos.
Vagabundee por los puestos, de uno en uno, comprobando para mi sorpresa que aquello tenía muy buena pinta. Pescado fresco, recién sacado del mar, gambas rojas, sepia, galeras y demás crustáceos que llamaban poderosamente mi atención. Así pues, ignoré completamente la descuidada plancha donde yacían lo que debieron ser en su día los restos de alguna comida y nos sentamos a comer en el puesto de unas chicas jóvenes, por aquello de que las mujeres suelen ser más aseadas que los hombres. Estereotipos que no siempre se cumplen, por supuesto, pero que nos sirvieron de excusa a la hora de declinarnos al fin por un lugar. Aquella comida, con la brisa del mar en la cara, y un estupendo servició fue toda una delicia para los sentidos, estropeada tan solo por alguna mosca empecinada en probar nuestros deliciosos manjares.
De nuevo en nuestro Peugot, y con una asfaltada y amplia carretera por delante, nuestros conductores habituales pensaron que ya iba siendo hora de dejar el volante para lanzarse a los brazos de Morfeo en el asiento trasero de nuestro vehículo. Así pues, Joan y yo dejamos por primera vez nuestro reducto de paz y sosiego y pasamos a ser amos y señores de aquella grandiosa asfaltada vía.
Mientras nuestros compañeros nos acompañaban con algo peor que los ronquidos de un asno, vimos para desilusión mía, y casi desvanecimiento del copiloto, como un letrero descolgado nos indicaba el fin del asfalto y por ende de la civilización, dando paso al inicio de una pesadilla. El asfalto se tornó en piedras y polvo, la amplitud de la vía apenas era la de un vehículo y creo que aquello verde que pisamos era una especie lenta de lagarto que tuvo la desgracia de cruzarse en el camino. El angelito de Joan no sabía ya que decirme cuando por desgracia teníamos que cruzar algún pueblo. En el primero, incauta y sin acordarme de moderar la velocidad ante una travesía, estuvimos a punto de llevarnos por delante a un vendedor ambulante, una vieja medio ciega y tres perros callejeros. En el segundo la cosa se moderó bastante y solo estuvimos al borde de estamparnos en un puesto de tomates. A todo esto, nuestros ingratos compañeros de viaje, seguían en el sueño de los justos y solo emitían algún gruñido incomprensible cuando no había más remedio que frenar o llevarse al tipo de la bicicleta subido en el capó.
Finalmente llegamos a buen puerto y decidimos que El-Jaddida sería la encargada de alojarnos por una noche.
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ESSAOUIRA
Que bien!! Un baño sin placa turca e inmenso!!! Me voy a pasar las dos noches enteras aquí metida, si señor. Todo será mejor que aguantar a los chicos y sus ronquidos que me llevan frita.
“Sales ya o te quedas?” Uno de ellos (a saber cual porque yo estaba totalmente extasiada contemplando los lindos azulejos del baño) trataba de hacerme abandonar mi reducto. “Pues nosotros nos vamos a dar una vuelta, no vamos a quedarnos toda la tarde en el hotel por mucho que a ti te guste el baño”. Esto si que empezaba a parecerme un hotel y no todo lo que habíamos pasado hasta el momento. Se trataba de una casa antigua a la entrada de Essaouira, dónde tras un intenso regateo de Jordi, habíamos conseguido alojamiento económico. Eso si, una única habitación para los cuatro, al igual que la noche anterior y bajo la misma mirada sospechosa del chico del hotel que fue idéntica a la que nos dedicó su homólogo en El-Jaddida. Solo que en nuestro nuevo recinto podíamos jugar a balón pie si nos placía la idea. Era tan espaciosa que no tropezábamos con las bolsas, ni con las botas de montaña, e incluso podíamos darnos la vuelta en la cama sin miedo a atinarle un manotazo al vecino de camastro.
“ya voy” (pelmas) “ya voy”... para una vez que nos toca un baño decente. El de la otra habitación, apenas separado de la estancia por una frágil cortina de plástico, no me había convencido en absoluto, pero este, con su puerta blanca, su ducha limpia y reluciente y sobretodo su lavabo donde podía colocarme las lentillas sin impedimentos, era otra cosa.
(...)
“La madre que lo trajo al mundo!!! Joan dile a este tipejo que aparte ese bicho asqueroso de encima de mi hombro!”. Aquel bicho inmundo que sigilosamente alguien había aposentado encima de mi omóplato no era más que un pequeño camaleón que se torno rojo y después granate del grito que proferí. No estaba yo muy fina, todo hay que reconocerlo, pues durante la comida me había hartado a llorar porque no me dejaban llevarme un pequeño gatito ciego que me encontré en el chiringuito de playa y al que atiborre con mi comida y la de mis pacientes compañeros. Tampoco se esperaban mis niños el berrido que con el que les deleité en el hotel cuando no comprendía que carajo le estaba diciendo el recepcionista a aquella pareja de guiris y ellos me empujaban a traducir...así que cuando aquel hombre del zoco me plantó el camaleón encima oí como alguno de los chicos murmuraba “la que se va a liar”...Por suerte, y tras inspeccionar que aquello verde que había trepado sobre mi extremidad no era una víbora venenosa del Congo Belga dispuesta a atacarme, me calme. Y Jordi aprovechó la ocasión para enganchar al desafortunado camaleón con intenciones de verlo demasiado de cerca. Antes de que la cosa fuera a mayores, el vendedor del zoco le agarró el bichejo a Jordi y se lo llevó no sin antes dedicarme una mirada de pavor.
Creo que no hubo ningún comentario entre ellos al respecto, pero apuesto a que estarían rumoreándose si me habría bajado ya el período o sólo estaba en proceso de ovulación lo cual todavía iba a ser peor porque “si está así cuando ovula imaginad cuando le venga de verdad!!”.
“Este es!!” habíamos encontrado el restaurante que recomendaba la Lonely Planet en Essaouria. Y la verdad que, a excepción del precio, todo lo demás estaba tal y como la guía decía. Un tajine de verduras bastante potable. Solo que a ninguno le interesaba demasiado la verdura. En cambio el pan, desaparecía como por arte de magia. Ese pan, como tortas, estaba de muerte!! Yo preferí el arroz con pescado de la noche anterior, pero aquello estaba mucho mejor de lo que había imaginado.
Después de cenar, dimos un paseo para confluir en la animada plaza central de Essaouira. Allí, alguien decidió que nos sentáramos a tomar algo, pero yo me encontraba tan abatida (tanto berrear me había dejado exhausta), que me despedí de los tres con ánimo de recogerme en el hotel pensando que si tenía suerte, y mi ritual de ducha y pijama era más corto que el tiempo que transcurrieran ellos en la plaza observando el pasar de la gente, me daba tiempo a dormirme sin ningún tipo de acompañamiento sonoro por su parte.
Transcurrieron quince minutos y me tenían de vuelta en la plaza (de donde no se habían movido por suerte) porque no encontraba el camino de regreso al hotel. No hizo falta insistir mucho para que el bueno de Xavi se apiadase una vez más de mi, y se prestase a acompañarme al hotel. Charlando por las callejuelas tortuosas de la antigua Mogador (no había acertado ni siquiera una en mi infructuoso camino) me acordé de los tiempos en que nos conocimos cuando era incapaz de dar un paso sin su ayuda. Siempre tenia que recurrir a él para que me guiase con su estoica paciencia por los senderos de Lund. Fueron muchísimas veces las que regresaba resignada a la residencia para rogarle que me acompañara a la facultad donde teníamos el curso de sueco. Y nunca me dijo que no, simplemente se reía, me pasaba la mano por el pelo a modo de enredármelo y se disponía hacer una vez más de guía de la torpe “xiqueta”. Aquella noche, tampoco me lo recriminó, y se despidió señalándome con el dedo la puerta del hotel. Será por eso que siempre le hemos llamado “papa Xavier”.
Al día siguiente me desperté temprano como nueva y como me encontraba tan bien, les hice despertarse a ellos también para que fueran partícipes de mi alegría y de paso nos fuéramos a desayunar que tenía un hambre atroz. Supongo que no les haría demasiada gracia levantarse al sonido de mi aguda voz, pero con las palabras “estamos en la mítica Mogador y nos lo vamos a perder por vuestra culpa, levantad esos culos pedazos de holgazanes” no tuvieron más remedio que abandonar la mullida cama aunque sólo fuera para odiarme un día más.
Durante el desayuno en una preciosa cafetería que encontramos a nuestro paso hacia el zoco me dijeron que habían conocido a un chico y que habían quedado con él para más tarde. Poca gracia me hizo, todo hay que reconocerlo y no tuve ninguna curiosidad por conocer a su amiguito Hamid. Será que soy desconfiada por naturaleza, pero no me gustó la idea.
El zoco de aquella ciudad era toda una tentación para los turistas. Ordenado pero bullicioso a la vez, ofrecía al incauto visitante toda una serie de objetos a cual más precioso: cajas de madera de limoncillo, collares de cuentas de mil colores, chilabas con bordados increíbles, maderas con incrustaciones de nácar, alfombras preciosamente tejidas. Toda una tentación para cuatro trotamundos con apenas espacio en sus apretadas bolsas. Dejamos el zoco para más adelante y nos adentramos en lo que fue un día una próspera ciudad portuguesa. Allí estaban su torre, su muralla y sus cañones apuntando al mar para atestiguar el gran poder perdido. Mientras Xavi y yo contemplábamos el precioso océano el pobre Joan se las veía y deseaba para convencer a Jordi de que estaba dando mal ejemplo a los chiquillos que miraban atónitos como nuestro “pequeño” se había subido a un cañón a horcajadas cual si fuera un caballo del oeste y le gritaba al sordo metal “ea, caballo, ea”. Antes de que alguien decidiera llamar a alguna autoridad encargada de velar por la tranquilidad de Essaouira logramos que Jordi se bajara de su imaginable caballo y nos lo llevamos hacia la playa.
Habíamos leído que la playa de Essaouira era un paraíso para los surfistas, pero nadie nos había dicho lo mucho que tenían que padecer los pobres turistas que solo pretendían tumbarse un rato al sol. La arena fina nos iba enterrando poco a poco bajo su manto y de vez en cuando tenias que sacudírtela para que la gente se percatara que no formabas parte del paisaje como duna de la playa y evitar cualquier riesgo inherente, así como un pisotón, un camello que te pasase por encima, a saber. De esa guisa, mientras luchaba contra la arena una sombra me tapo el sol de repente. Era el amigo Hamid, acompañado de otro amigo, que estaban paseándose por la playa. Curiosamente con la camiseta de la selección española, algo que no me agradó pues todo el mundo que nos encontrábamos nos hablaba del dichoso futbol. El amigo Hamid, temeroso de la policía turística, se marchó para recordarnos que teníamos una cita con él esa misma tarde.
La verdad es que el chico no era tan malo como yo lo pintaba. Fuimos a visitarle a su residencia esa misma tarde y me di cuenta de lo afortunada que era al poder quejarme de los hoteles de mala muerte en los que nos habíamos alojado. Aquello no era más que una amplia sala y puertas medio rotas alrededor. La gente jugaba a cartas, o miraba la tele, y un par de chavales revoloteaban por allí. Una niña preciosa, de grandes ojos y trenzas negras me miraba impactada. Del resto del grupo pasaba bastante, pero a mi me inspeccionaba llena de curiosidad. Extendí mi mano dentro del bolso para sacar un par de caramelos, pero ella se fue corriendo y en su lugar aparecieron dos chavales que cogieron las golosinas y se largaron raudos con una sonrisa en la boca. Hamid mientras tanto, vestido con lo que debían ser sus mejores galas, una chilaba roja carmesí preciosa, nos preparaba un té en aquella amplia sala.
Nuestra última mañana en Essaouira se presentó agitada. Iba a ser nuestra primera incursión en el submundo de las compras y no cabía en mi de ilusión. El problema era el poco espacio con el que contábamos y había que ser solidaria con los compañeros. Es decir, si no me habían dejado traerme el gato, tampoco me iban a dejar cargar con esa mesa tallada y con incrustaciones de nácar que tenía más que vista en la tienda de la Plaza de Essaouira. Habría de conformar mi espíritu consumista con aquellas hebillas de limoncillo para el pelo que además eran geniales para traer como regalo. Y con una docena de pulseras, un par de cajitas para la colección que acaba de estrenar y un collar de lo que debía ser más que plástico, puesto que el vendedor apartó rápidamente el mechero de Joan de lo que según decía era auténtico coral. El que nos mostró después no ardía tal y como pudimos comprobar.
Así pués, tras comprar regalos y demás detalles, dimos por zanjada una feliz mañana de compras. Y menos mal, porque el bueno de Jordi se había dedicado a tocar todos los tambores que iban apareciendo a nuestro paso, con el consiguiente dolor de cabeza que ello ocasionaba.
Nos acercamos al puerto para ver gratamente como descargaban el pescado allí mismo. Nos enredamos entre la multitud y también entre algunas redes de pescadores que allí estaban tendidas. Y cuando vimos que la proximidad era demasiada incluso para cuatro intrépidos mochileros ávidos de descubrir que traían los barcos tras una intensa noche de pesca, nos alejamos un poco y dejamos que los pescadores siguieran su rutina. Allí mismo en el puerto, nos sentamos en un chiringuito de pescadores y compramos algo para almorzar. Las gaviotas que revoloteaban en torno al barco se contaban por centenares, y algunas más atrevidas, decidieron seguirnos a modo de perro faldero por si acaso les solucionábamos la papeleta del sustento por ese día. La verdad es que tener a una gaviota del tamaño de un caniche persiguiéndote a cada paso era para mi una experiencia bien extraña.
De camino al hotel sucedió lo que nunca debería de haber sucedido. En una tienda de la que no me había percatado antes, dispusieron en la puerta a modo de reclamo turístico, un precioso y enorme tambor de piel. Era tan grande el trasto que yo lo confundí con un asiento. Días más tarde, en Algeciras, a escasos minutos de que saliera un tren Estrella atestado de gente, Jordi se arrepentía de su compra que era casi tan voluminosa como pesada. Pero mientras tanto, ahí estaba el tambor y allí estaba Jordi, se miraban, se sonreían tímidamente, estaban hechos el uno para el otro y el amor nació entre ellos. Mientras el resto, que también estábamos allí, nos cruzábamos miraditas, y no de amor, sino de extrañeza, temiéndonos lo peor.
Efectivamente, Jordi compró el tambor, y cargamos el instrumento en nuestro precioso y abandonado Peugot para marcharnos de la increíble Mogador rumbo a una no menos increíble y también impredecible Marrakesh.
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MARRAKESH
Y pensábamos llegar de día!! Ilusiones pasajeras que se desvanecieron al oír un demasiado conocido“yo tengo hambre”. Ni siquiera habíamos salido de la costa Atlántica cuando el exigente estómago de Jordi ya nos estaba requiriendo ciertas atenciones. También, y todo hay que decirlo, hicimos caso de sus insinuaciones porque todos deseábamos ver la tan renombrada ciudad de Agadir. Una ciudad moderna, vacacional en medio de un oasis que nos llamaba poderosamente la atención. Era un Benidorm a la manera magrebí y escasamente a un paso de la bella Mogador. Bloques de apartamentos, palmeras, grandes avenidas junto al mar y miles de bereberes en período vacacional era todo lo que la nueva ciudad podía ofrecernos. La vieja ciudad había caído durante el terremoto del 82 y de ella apenas quedaba nada y lo poco que restaba en pie era totalmente reconstruido. Los promotores hicieron su particular agosto a orillas del mar y por fin recabamos en una pizzería para turistas donde servían pizzas con jamón dulce, pecado capital en cualquier ciudad del Islam excepto en Agadir.
La pizza no se pasaba pero sació nuestro apetito, que poco a poco iba manifestándose cada vez más voraz, y también quedamos saciados de aquella ciudad que nada tenía que ver con las inquietudes que nos movían hasta el momento. Así pues, con la barriga llena nos marchamos de Agadir pero no transcurrió mucho tiempo hasta que volvimos a detenernos para ser testigos de un hecho que se cuenta como anécdota, casi mito y que no todos los viajeros acceden a presenciar. Al principio, y aún habiendo leído bastante sobre el mismo, lo teníamos aparcado en el cajón de la desmemoria, pero el mismo hecho abstracto se manifestó ante nuestros ojos en forma de frenado brusco y ruedas marcadas en el asfalto. Allí mismo, a borde de la carretera, una cabra hacía verdaderos equilibrios para no caerse de la arganda que había escalado para alimentarse de su fruto. La arganda es un árbol, que sólo se da en dos puntos del globo y en poca condensación. Uno de esos puntos era la carretera que unía Agadir con Marrakesh. De ahí que su fruto, el aceite de arganda, sea tan preciado por los comerciantes y antiguamente se le atribuyeran mágicas propiedades.
Bajamos raudos del coche, armados con nuestras cámaras para inmortalizar el momento. Los más osados incluso posaron para la eternidad bajo las frágiles ramas que sustentaban al pesado animal. Y mientras tanto las cabras, a veces dos por rama, no prestaban ninguna atención al hecho de ser modelos improvisadas ante nuestros objetivos, con lo que el instante aún tenía mayor encanto. Fue de nuevo la obra del hombre la que estropeo tan feliz encuentro. Corriendo colina abajo con una chilaba que en su día debió ser blanca, venía a nuestro paso el pastor de cabras, quién si se había percatado de nuestra presencia y desde el horizonte ya podíamos adivinar sus intenciones puesto que su mano izquierda venía extendida a nuestra caza y captura para llevarse su pequeña recompensa en forma de dirhams.
Aunque parezca mentira, aquel pastor de barba desaliñada y mirada chisposa, era más veloz que nuestros lentos traseros para subir al coche y finalmente nos dio caza. Con una sonrisa en los labios le dimos una pequeña cantidad de dirhams puesto que el hombre, tras esa increíble carrera se la había ganado con creces.
Ahora ya nada podía desviarnos de nuestro punto final: Marrakesh. Nada excepto un fallo de motor. Como siempre me desperté en el peor momento, aunque yo todavía lo ignoraba.
Con la boca patosa de quién se ha echado una buena siesta, mis ojos se abrieron para contemplar a un enrojecido por el sol Joan, a quien ya apodamos Gusi Luz porque con esa faz tan encarnada y resplandeciente, debía brillar en la oscuridad. Pude comprobar, gracias a la ventana del lado derecho, que seguíamos inmersos en una carretera terciaria perdidos en un puerto de montaña. Entre tanta curva a derecha e izquierda, me había despertado. Vista al frente mis ojos parpadearon varias veces para asegurarme de lo que estaba viendo. Nunca antes había visto una varilla del agua tan arriba...si aquello tuviera señales luminosas seguramente estaría ya en parpadeo rojo y una sirena sonando. Xavi me dijo, serenamente, que ya llevaba un rato así. La histeria se apoderó de hasta el último pelo de mi ser y empecé a gritar “parad, parad”...tanto gritó despertó a Gusi Luz, quien tras mis aceleradas explicaciones en forma de “vamos a estallar!!” dijo, bueno, y que pasa si sube la varilla del agua?. Pensé que tal vez íbamos a volver solo tres en vez de cuatro y que al cuarto tripulante lo íbamos a enterrar allí mismo.
Y allí estábamos, sentados en el suelo del pavimento, con el capó abierto que finalmente había dejado de echar humo, esperando a que el motor del dichoso coche se enfriara de una vez.
Dicha operación se repitió en sucesivas ocasiones. Entre parada y parada, Joan y yo nos fumamos una cajetilla entera de cigarros, Xavi fotografío uno por uno los pueblos del Tizi-n Test y el estómago de Jordi nos acompaño durante toda la tarde con sonidos de lo más extraños e indescriptibles.
Para lo que vendría después, no estábamos preparados. Además, después de la pausa en la tranquila Kasbash de Taourondant nada hacía prever lo que nos íbamos a encontrar dentro del Atlas Medio. Si Casablanca me había dado miedo, la entrada a Marrakesh estuvo a punto de terminar en un infarto de miocardio. Perdidos en la profundidad de la noche, con apenas unas escasas farolas que alumbraban el asfalto, y entre bicicletas sin luces, y motocicletas solo perceptibles por su sonido, no teníamos ni la menor idea dónde se escondía la Medina que tanto ansiábamos por descubrir. Dimos como veintiocho vueltas a la misma manzana hasta que finalmente preguntamos a unos chavales que iban en un viejo ciclomotor como llegar hasta el centro.
Sus caras parecieron iluminarse, y mediante signos comprendimos que había que seguirles. Aquello era el principio de una desesperada carrera tras una motocicleta sin luz trasera que todavía sueño en mis noches de pavor. Las callejuelas por las que nos adentramos implicaban la huída en masa de los transeúntes, temerosos de acabar bajo las ruedas de nuestro temible Peugot. En multitud de ocasiones temí que íbamos a terminar encastrados en una de esas viejas paredes, mientras que nuestro piloto se tomaba aquello cual si fuera un rally de carreras, sin presentar el menor signo de temor, sólo conducido por los jugos gástricos que su insaciable estómago le había procurado durante toda la tarde. Incluso el paciente Xavier enmudecía cada vez que Jordi tomaba una curva sin saber que tipo de callejón, plazoleta o descampado nos esperaría al final de la misma. Joan, palidecía a cada giro de volante y yo ya me había hartado de gritar y me disponía a llorar desconsoladamente previendo el fin de mi corta existencia cuando de repente un frenazo en seco nos dejo ante la mismísima Jemaa el-Fna.
Nuestro desconcierto iba en aumento. Aquella plaza, que tantas veces habíamos visto fotografiada, se presentaba ante nuestros atónitos ojos en forma de caótica aglomeración de gente de un lado a otro, de luces, de risas, de olores mezclados. Y mientras tanto, desde nuestros asientos, contemplábamos la escena de aquella plaza como recién sacada de la Edad Media, sin poder ni avanzar ni retroceder. Nunca supimos como habíamos llegado hasta ese punto, pero tampoco sabíamos como salir del mismo. Por suerte vimos un parking a pocos metros a la izquierda y decidimos que no íbamos a encontrar nunca un aparcamiento tan céntrico.
La búsqueda de hotel se redujo ese día a escasa media hora. La mayor parte de los que eran accesibles para nuestros bolsillos estaban repletos, pero encontramos un alojamiento muy céntrico de Jemaa el-Fna, bajo el nombre de Hotel Souira. Me gustó desde el primer momento puesto que todas las habitaciones daban a un patio central típicamente árabe, con su fuente en medio y todo. Nos alojamos en el piso de abajo, detrás de unas puertas azul añil, y para mi alegría, el dueño hablaba español. Se acabaron por un par de días mis traducciones simultáneas interrumpidas por algún grito que otro.
“Este tiene buena pinta”, “hombre, aquel no esta mal”, “y el 23??” todos los puestos que veíamos de comida en la Plaza nos parecían idóneos y ya no le hacíamos ascos a nada (excepto a los sesos y vísceras que también abundaban) se podría decir que nos estábamos aclimatando a las mil maravillas a la forma de vida del turista mochilero en el Magreb. Nos decidimos por un puesto en concreto porque parecían muy amables; y nos pusimos las botas con las brochetas, las patatas fritas y las berenjenas. Incluso el estómago de Jordi dejo de dar la lata por un buen rato. Como nosotros había mucha gente que se sentaba en esos bancos improvisados en plena Jemaa el-Fna y degustaban de una buena cena a la plancha entre el tumulto. La verdad no me fije y no recuerdo si éramos los únicos guiris que estaban cenando o sí por el contrario llenábamos la plaza, todo parecía discurrir con total normalidad, si no fuera por el pequeño regateo a la hora de pagar (un importe más alto al pactado) nada haría indicar que estábamos en Marraqués.
Terminamos la noche en una terraza tomando un suave y fresco té a la menta mientras que desde abajo la plaza se mostraba en todo su esplendor. Gente de un lado a otro pasándoselo bien, riendo, charlando...aquello si que eran unas vacaciones.
Me levanté a la mañana siguiente la primera para no perder la costumbre. Mientras hacía el equipaje hasta el largo camino de la ducha, le propiné un golpecito a Joan para que se despertara y me fui con mis bártulos creyendo, ilusa, que se levantaría. Me duche la primera, me vestí como pude en aquel cuarto de baño dónde solo había una alcachofa, y me dirigí de nuevo a la habitación para observar que seguía siendo la primera y la única en pie. Una mañana más en Marruecos que mis compañeros tendrían que levantarse con mi dulce voz acordándome de todos sus ancestros al mismo tiempo que abría puertas y ventanas y les recriminaba su pereza. Hartos de mi, se levantaron y al rato tomábamos el desayuno en una pastelería cercana.
Pese al suculento ágape, pese a que la noche anterior habíamos comido hasta hartarnos, y pese a que yo me encontraba totalmente saciada, aún tuvimos que detenernos en la Plaza para que Jordi y Xavi terminaran de ensanchar sus buches con un zumo de naranja recién exprimido y con hielo. Ambos estaban delinquiendo contra todos los preceptos de la Santa Biblia Lonely Planet. Pero las mil y una plagas que amenazaban con castigarles si incumplían las órdenes impresas no llegaban, no sé si debido a que ya estaban totalmente inmunizados a cualquier bacteria o si por el contrario, eran las bacterias las que huían de sus cuerpos. La cuestión es que allí estaban ellos, sanotes como repollos tomando un zumo mezclado con hielo procedente de a saber que clase de grifo de oscuro pasado, temeroso futuro e incierto presente. Por supuesto, y por varios motivos, yo me abstuve de tomar el zumo con hielo como también me había abstenido de probar el yogur del desayuno fermentado quien sabe como. Mientras ellos degustaban de las naranjas de tierra extraña, yo me preguntaba cómo habían podido sustituir en tan breve espacio de tiempo todos aquellos tenderetes de barbacoas por otros de zumos y verduras.
Con los estómagos repletos y los deseos concedidos y sin el menor signo de difteria aparente, nos adentramos en el zoco de Marraquesh con nuestro mejor mapa. A los cinco minutos de entrar ya nos habíamos perdido por el souk de las lámparas, que ni tan solo aparecía ilustrado y nos encontrábamos en una explanada con toldos al descubierto en la que se mostraban a la venta miles de hierbas y especias que jamás havia visto. Entre tantos olores y semillas vinieron a llamar mi atención unas jaulas entre los camastros de especias. Se las señale a Xavi quien se aproximó a observar el contenido de dichas jaulas. Nos acercamos, él más que yo, y entre camaleones a medio camino entre el verde y el naranja dormitaba un bicho horroroso; bastante más grande que el camaleón, del tamaño de una botella de litro, una especie de lagarto marrón con cuernos grises compartía habitáculo con los tranquilos camaleones. El animalito parecía dejarse mirar tranquilamente por Xavi y yo me preguntaba si estaría vivo, para comprobarlo me acerque sobre la jaula, pero en cuanto aquel bicho me detectó, demasiado cerca tal vez, empezó a revolverse entre sus barrotes y emitir sonidos amenazantes mientras enseñaba sus fauces en señal de peligro. Fue tal el grito de temor que emití desde lo más profundo de mi garganta que huí despavorida del lugar para refugiarme detrás de Xavi quien ya me había adelantado en la carrera sin saber cómo ni por qué se había exaltado tanto el lagarto ante mi presencia. Tanto mis amigos como los vendedores y clientes del zoco pasaron un buen rato a mi costa mientras yo me devanaba los sesos intentando adivinar cual sería el motivo de la furia del animal contra mi.
Con el susto en el cuerpo, encontramos en alguna callejuela del zoco a la cual sería incapaz de volver sola, la Medersa Ben Yussef en la que entramos. Pasamos unas cuantas horas admirando la gran obra de arte islámico e imaginándonos cuan peregrina y difícil habría sido la tarea de construcción de tal entramado de arcos, bóvedas, relieves y murales que decoraban las labradas estancias.
Tras la Medersa Ben Yussef, conseguimos, no sin dificultad, salir del zoco para empezar una ruta por la admirable Marraqués. Paramos en las Tombeaux Saddiens, cuyos bellos jardines y sus paredes color albero todavía plagan mi memoria cuando pienso en la ciudad. También visitamos un palacio y otras tumbas ilustres hasta perder la cuenta del tiempo transcurrido. Así pues, a las cinco de la tarde y sin comer aunque parezca increíble, tomábamos un taxi que nos llevaría a descubrir uno de los rincones más celebrados de la capital; el Parc Menara. Desgraciadamente, habíamos concebido una idea bastante alejada de su belleza muy distante de lo que la realidad nos ofrecía; un pequeño estanque repleto de carpas que movían sus enormes bocas a la espera de que algún apiado humano las alimentase todavía más. Con esa pequeña decepción en el cuerpo, pero todavía cautivados por el embrujo de la ciudad, nos redireccionamos hacia el hotel Souire para darnos una ducha fría y cambiar nuestras sudadas ropas.
La ducha nos sentó tan bien, que algunos perdieron la cabeza. Tras salir del hotel descubrimos un nuevo aspecto de Jemaa el-Fna que nos dejo de nuevo atónitos. Donde antes hallaban por doquier puestos de frutas y verduras ahora se encontraban acróbatas, cuenta cuentos, sacamuelas y encantadores de serpientes a mansalva. Yo, que no quería más disgustos con ningún otro tipo de bichos, y aún menos con una cobra negra silbante sacada de una cesta, me mantuve distante al lado de un alborotado Jordi que corría de un lugar a otro de la plaza para no perderse ninguno de los espectáculos. Joan y Xavi se acercaban peligrosamente hacia el encantador de serpientes y su oscura y malhumorada cobra. Aunque oficiosamente me usaban como intérprete en nuestros intercambios culturales con los nativos, les deje muy claro que yo de lejos veía muy bien el espectáculo y que no me iba a mover ni un ápice. Así pues, no requiriendo de mis servicios (que si me hubiesen insistido más yo hubiese acudido orgullosa) se fueron solitos al encuentro del encantador de reptiles. Lo que aconteció después todavía hoy me es difícil de asimilar; no sé de dónde ni quiero saberlo, apareció otra serpiente tan silbante como la cobra aunque de menor tamaño y se la pusieron a Joan sobre el cuello. En vez de apartarse del bichejo y salir huyendo, MI compañero de habitación, MI paño de lágrimas, MI paciente Joan, beso a aquel reptil inmundo con sus labios en la cabeza mientras Xavi fascinado le sacaba unas fotografías para la prosperidad. Sentí una mezcla de asco y pavor que hicieron que recibiera a Joan profiriendo más gritos si cabe que a la hora de levantarse. Jure y perjure que en lo que quedaba de viaje no iba a dejar que me tocara ni siquiera un pelo y que ya me podía caer en un precipicio que si su mano fuera la única que se tendiese a salvarme iba a preferir la caída.
Cuando rescatamos a Jordi de que fuera la próxima víctima extendida en el suelo sobre la que saltaran cinco acróbatas magrebís, nos adentramos en el zoco con la misión de no salir sin regalos para la familia.
La opción modo compras estaba resultando de lo más fustrante; a cada uno le apetecía un artículo distinto, pero por fin coincidimos todos en aceptar las invitaciones de un afortunado vendedor para entrar en su tienda de babuchas. Todavía no había desistido de encontrar aquellas babuchas que me habían enamorado en Rabat, pero tampoco las hallé en ninguna de las incontables tiendas de Marraquesh. Aún así llene la cesta de la compra con unas babuchas de color cuero para Raul y con unas de color plata para mis noches veraniegas en el Levante Feliz, que por cierto, hoy todavía conservo como recuerdo de aquellas que no pude tener. Jordi y Xavi también cargaron con las mismas babuchas de cuero para toda la familia y Joan, pese a que le encontraba defectos a todos los pares que le ofrecían, acabó por comprar idéntico modelo que el resto. Aún así, tardó tanto en decidirse que yo me decanté por aumentar mi cupo de calzado típico con unas para niño (por eso eran redondas) de color naranja cantarín y por suerte que se decidió, porque ya estaba mirando otras de color fucsia tan indiscretas para mi madre que hubiesen conllevado mi destierro del testamento materno.
También miramos lámparas típicas de la zona con dibujos sobre la piel estirada del animal ( y yo que pensaba que eran de papel, menudo disgusto), tapices, alfombras, cajas, pero por suerte no habían muchos puestos de tambores por los cual pasábamos un poco de puntillas temerosos de un nuevo arrebato de Jordi quien se estaba poniendo nervioso ante la opción de regatear y comprar a precios ventajosos. El colofón y punto final fue cuando tuvimos que arrancar a Jordi de las garras de un vendedor de cerámica mientras regateaba hasta el último dirham por un cenicero para su padre quien hacia tres años que se había dejado de fumar.
Aquella noche regresamos a Jemaa el-Fna para cenar y como broche de un magnífico día en Marrakesh, la cena fue todavía más espectacular que la anterior y mis compañeros terminaron por meterse dentro del puesto de cocina callejero con los sombreros altos y una vez blancos de los cocineros, saltando con ellos y cantando mientras yo me divertía fotografiando esos alegres momentos. Creo que nos quedamos dormidos en la terraza del café Paris y un camarero nos levantó para que pagáramos la cuenta. Fue la última vez que ví Jemaa el-Fna espléndida, en todo su apogeo nocturno y ajena a nuestro cansancio.
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EL VALLE DEL DRAA Y GARGANTAS
Esperaba, como quien espera estrenar zapatos el día festivo, la llegada de la ruta de las Kasbash. Aquellas viejas fortificaciones árabes me atraian desde que el mismo momento en que conocí su existencia, no mucho antes de iniciar la ruta, todo sea dicho. Y empezamos a divisarlas una detrás de otra desde el momento en que dejamos Marrakesh. Paredes de adobe labradas con bellos relieves geométricos, ventanas cuadradas enmarcadas en blancos y estrechos dinteles por las cuales todavía se podían imaginar unos ojos negros vigilando al exterior, y en el interior, guarecidos por los gruesos muros, el frescor aguardaba ajeno a los efluvios del sol. En medio de un pequeño palmeral, antiguas kasbashs hechas añicos por el paso de los años recordaban un glorioso pasado.
Otras en cambio, mejor conservadas, eran utilizadas por su singular belleza como sede de museos para el deleite de los curiosos, y mientras el sol caía con toda su fuerza sobre nuestras cubiertas cabezas, podíamos imaginar, curioseando entre las estancias, cómo se había llegado al presente.
Desgraciadamente, la más interesada en seguir una a una la ruta de las fortificaciones era yo. Mis amigos me deparaban otros planes más sombrios y de pronto me vi en el medio de un desfiladero. Habíamos llegado al Valle del Draa, donde todos coincidían en lo hermoso de unas montañas peladas divididas por enormes surcos, y yo me preguntaba a cuantos metros de altura estaríamos. Pensé en aquel momento que el barranquismo no estaba hecho para mi, así que tras hacer la foto de rigor, y sin dejar de agarrarme las ropas que el viento se obstinaba en levantar, me refugie en el coche sin saber que nuestra próxima parada me dejaría “dentro” del barranco.
Paseamos largamente, muy largamente, entre piedras color púrpura y ninguna vegetación mientras un magrebí nos “cuidaba” el vehículo. La verdad es que a parte de nosotros y nuestro inesperado guardia jurado, no había nadie más de quien temer...pero para evitarnos problemas en el tranquilo paseo accedimos de mal humor a contratar los servicios del gorrilla del desierto que nos parecieron totalmente inútiles.
Desde el momento en que fui accidental testigo de cómo aquella serpiente oscura se escondía entre las rocas a mi paso, se me fastidió la excursión, que de entrada ya me hacia poca gracia. A mi mente llegaban escenas de tritones del pasado, serpientes de cascabel y hasta dragones que arrojaban fuego por la boca. Así que puse pies en polvorosa y fui acercándome a Jordi i Joan sigilosamente con la esperanza de que si algún bicho se cruzaba en nuestro camino y viera peligrar su territorio, las piernas musculosas y peludas de mis compañeros le parecieran más apetitosas que las mías.
Después de mucho andar, muchos kilómetros y sin ninguna ingesta sólida en todo el día (Jordi casi muere de inanición) recabamos en el pueblo de Er-Rachida, que nada tenía que ofrecernos, salvo una buena discusión de grupo. Debatíamos si llegar al desierto o ir directamente a las cataratas de Ouzud, y pese a los desesperados intentos de Xavi para que el grupo optase por la vía del desierto, el poco margen de días con los que contábamos y la ya iniciada cuenta atrás de vacaciones, se impuso la cordura o el Pepito grillo que todos llevamos dentro quien nos aconsejó que lo más prudente sería emprender ruta hacia el interior.
Con Er-Rachida, puerta del desierto, dábamos al traste con nuestras ansias por llegar a Zágora...”Tomboctou 42 jours”, aquella mágica frase quedaría en nuestro recuerdo y como único consuelo a lo que no pudo ser, teníamos la excusa de dejar algo para volver. Así sea.
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OUZOUD
Pero será machista el tio!!! Cómo que yo no y ellos sí?? Que tienen ellos que yo no tenga? Nada en especial; cuando mi cabeza asimiló el dedo de nuestro nuevo guía señalando mis pies me di cuenta, aunque no a tiempo, de que lo único que me separaba de la catarata eran mis zapatos, única razón también por la qué aquel chaval se negaba a llevarnos hasta allí.
Según nos explicó después el buscavidas, aquellas babuchas no eran lo idóneo para andar hasta la cascada, por suerte me costo un periquete volver al coche, pasar frente las tiendas de souvenirs turísticos sin detenerme, todo un suplicio, y cambiar las cómodas babuchas por mis inseparables botas de montaña. Ay de esas botas!! Mientras me las anudaba pensaba en lo mucho que habíamos vivido juntas. Me las compre en verano de 1998 con la intención de llevármelas a Suecia para poder afrontar con ellas el duro invierno. Lo que no esperaba es que me salvaran del barro en Kristiania, se decepcionaran conmigo en Berlín, se subieran sin pagar a los tranvías de Praga, evitaran la nieve en Oslo, me ayudaran a saltar una noche electoral en Estocolmo, revolvieran por Cracovia, me esperan en una consigna del famoso balneario Gellert en Budapest, fueran mi único consuelo en Helsinki, me descubrieran una preciosa Tallin y caminaran por los adoquines de Gotland. Por eso no había dudado ni un momento en meterlas dentro de la bolsa; y una vez más, ahí estaban esas pequeñas botitas del 36 dispuestas a dar el callo por mi.
Cuando divise el puente colgante al más puro estilo jungla africana me alegre muchísimo de llevar puesto mi amadísimo calzado; al menos, si moría precipitada desde una altura considerable me llevaría mi inestimable tesoro a la tumba. Con ganas de hacer pucheros, de ponerme, una vez más, a patalear y a gritar “yo por ahí no paso” me percaté que mientras el pánico recorría cada uno de mis poros, el resto de mis amigos, incluyendo al guía, ya habían cruzado y se proponían seguir sin mi al mínimo inconveniente que yo opusiera. Sacando coraje de no sé donde, atravesé aquel puente oscilante tratando de no mirar hacia el riachuelo que corría verdoso a muchos pies por debajo de las tablas, cuando las había. Lo peor no era la peligrosa altura, sino aquellos tablones de madera. No es que temiese que no aguantaran mi peso –que también- sino que mis miedos iban encaminados hacia los huecos donde no existían tablas, y si las hubo alguna vez, debieron caer al río con algún turista encima.
Por increíble que parezca, logré atravesar el puente sana y salva, y si no fuera porque iba rezagada del grupo, las pocas fuerzas que me quedaban hubiesen sido más que suficientes para estrangular al energúmeno que nos encaminaba a saber dónde. Tras el arriesgado ejercicio de equilibrio, vinieron otros no menos arriesgados como el saltar de piedra en piedra para no atravesar el río. Tontería si nuestro destino era bañarnos bajo una catarata pero bastante prudente para con nuestro humilde equipo fotográfico. Cuando por fin llegué, sin aliento –algún día dejare de fumar- a una explanada de piedras, me encontré con un montón de ropa maloliente perteneciente a mis camaradas que ya se hallaban chapoteando dentro del agua. Al ser la última, también fui la encargada ipso-facto de vigilar sus pertenencias y de efectuar las diversas fotografías dignas de un reportaje de revista animal a mis peludos amigos que posaban cómo pretendidos efebos frente a la imponente cascada.
La verdad es que el recorrido, incluyendo el puente de amarras, merecía la pena. Rodeada de una más o menos, profunda vegetación, aunque dispersa también, una explosión de agua que emergía de las montañas caía con furia sobre un amplio foso. Desde una altura de cinco o seis metros, el agua se precipitaba obteniendo con ello una imagen de belleza sin igual. Y para rematar tan bucólica estampa, un pequeño arco-iris marcaba el fin del correr del agua. Lástima, según me contaron y que yo no ose a comprobar, que el hueco entre la cascada y las paredes de la montaña se utilizara como “aseo comunitario” y que ni toda el agua del océano atlántico podía contra el pestilente hedor que de tal hendidura emanaba.
Finalmente mis tres colegas (nuestro guía se hallaba en paradero desconocido y no volvió hasta la hora de comer) dejaron de hacer el ganso y salieron del agua para que yo pudiera entrar a refrescarme. Por suerte, no había mucho aborigen en el lugar e imitando a una chica holandesa que también se encontraba en las proximidades, no dude ni por un instante en lanzarme al agua aún sabiendo que el bikini no es la prenda más adecuada cuando una se halla en un país islámico.
La mañana dio paso a la tarde frente a un tajine de carne en el único bar próximo a la cascada, en plena montaña y con cabras merodeando. No hay ni que decir que los ingredientes de la comida eran frescos, mientras nosotros nos comíamos algún pollo, sus congéneres, o sus hijos tal vez, picoteaban entre nuestros pies. Por suerte, los viñedos de Coca-Cola son inagotables, y la buena distribución de dicha bebida, regó nuestros suculentos platos. Un té a la menta concluía el copioso almuerzo.
Como suele pasar por estos lares, el buscavidas, con el que no se estableció previamente ningún acuerdo, no estuvo nada contento con los honorarios que le pagamos, pero atendiendo a la santa madre Lonely-planet, decidimos no aportar ni un dirham más. Jordi, de buen corazón, quiso complacer al magrebí ofreciéndole su camiseta pero éste la rechazó y Jordi siguió llevando esa horrible, rota y mugrienta camiseta naranja que yo ya conocía de nuestro año de Erasmus, hasta que pudo darle mejor suerte.
Con la panza llena, la piel fresca y el cansancio acumulado de conducir demasiados kilómetros para unas vacaciones, hubo un relevo no acordado pero aceptado en los mandos del Peugot. Salimos de Ouzud de día y casi no llegamos a nuestro punto de destino. Una pendiente prolongada de bajada, un vehículo en mal estado y una cola brutal de camiones de oscura procedencia eran las bazas con las que yo jugaba con la esperanza de que Jordi y Xavi no se durmieran, se apiadaran de mi ser y me relevasen al volante. Nada de esto conmovió sus duros corazones, y procedieron a acurrucarse en los asientos traseros y dejar que el destino decidiera nuestro futuro mientras ellos cerraban los ojos negando así, la evidente realidad. Me toco conducir por una de las peores carreteras que yo recuerde.
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BENI MELLAL
Finalmente, y no sé por qué, algo de mi correcto e irreprochable modo de conducción, debió de molestar lo suficiente a Jordi, como para que se encargara de nuevo de llevarnos a buen puerto. No sé si serían las curvas en pendiente, los camiones que se nos cruzaban o simplemente que su siempre apetente estómago ganó la partida a sus cansadas cervicales descubriendo que a 40 km por hora, mi marcha, no íbamos a llegar en la vida.
La cuestión, es que, cómo ya había sucedido en otras ocasiones, fue el cambio en los asientos del vehículo lo que provocó que se terminara la pendiente, que los camioneros se detuvieran todos al mismo tiempo para cenar y que en poco tiempo llegáramos, muy cansados a Beni-Mellal.
Mientras Joan y yo nos hacíamos cruces tratando de averiguar que corcho le molestaría a San Fulgencio, patrón de los conductores de coches de alquiler, para que nos torturara de tal forma, los colegas ya estaban de nuevo con la guía en la mano intentado adivinar en qué hospicio de pulgas nos íbamos a alojar esta vez.
Frente la primera placa turca del primer hostal que visitamos me planté implacable y rotunda. Al final tuve suerte, más que poder de decisión, y nos decantamos por un baño con sanitarios occidentales que pertenecía al hostal El Fath. Un poco más tarde, después de que sólo encontráramos un par de croisants para saciar el apetito, me arrepentiría enormemente de la elección.
La habitación de los niños, era digna de un estudio sobre la modalidad de vida, usos y costumbres de los insectos del interior nordeste de Marruecos; garrapatas, pulgas, cucarachas, grillos y toda una etnia de mosquitos saltimbanquis se alojaban también en su misma estancia con derecho a molestias varias y picotazos descontrolados. Sin embargo, y pese a lo que pudiera parecer, nuestra habitación se hallaba más o menos limpia de habitantes, a excepción de algún que otro mosquito impertinente que ya no cabía en la habitación contigua. Aún así, Joan y yo tardamos en conciliar el sueño puesto que nuestros compatriotas se dedicaron a embestir a zapatillazos a sus indeseados visitantes, y claro, no había quien pegará ojo con el ruido de las botas y babuchas al caer acompañado de algún “tio, tio…ahí les ha dao!!!”.
A la mañana siguiente, con el sol ya apretando y más mala uva de la acostumbrada en mi, debido sobretodo a las incomodidades de la noche anterior, desayunamos frente a una gasolinera. Con el café en el cuerpo me vino a la mente que “ese” era un día especial: íbamos a Volúbilis!! Sin embargo, el entusiasmo que dichas ruinas romanas poco conocidas despertaban en mi, era nulamente comprendido, asimilado y mucho menos compartido por el resto del grupo. Aquella visita la recordaré siempre como:
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VOLUBILIS….AY QUE CALOR!
He de reconocer el mal estado, las pocas indicaciones y la dejadez que invaden estas ruinas romanas, las más importantes del país y que son muestra del paseo del Imperio Romano por el Magreb. Sin embargo, cabe decir que aunque he tenido el privilegio de visitar, antes y después, otras ruinas célebres que marcaron el auge de un pasado imperial; el Coliseo Romano, los baños de Bath, la Decápolis de Jerash en Jordania, Pompeia en Italia y Cartago entre otras, el hallarme ante Volúbilis me tenía presa de una excitación que solo volvería a experimentar años después en el Yacimiento de Sejla. El no ser una entendida en la materia y contar con mi propio criterio a la hora de calificar unas ruinas u otras, me aporta la suficiente osadía como para poder expresar que no se les ha dado el valor que merecían estas piedras testigos de tiempos inmemoriables.
Si ni las autoridades del país han valorado estos vestigios, mucho menos iban a tocar la fibra sensible de mis compañeros. Como un chaval que hace los deberes a toda prisa para luego irse a jugar con sus vecinos, Jordi atravesó toda la antigua Meknes sin detenerse hasta que dimos con la colina que escondía las ruinas. Al aparcar el coche frente a las mismas, la temperatura exterior era ya de 37º y ni siquiera rozábamos las doce del mediodía, todo ello unido a los 20 dirhams del precio de la entrada (ladrones!! Les gritaba Joan desde el interior del recinto apenas vallado) hizo que la visita a Volúbilis se convirtiera en una dura penitencia para esta humilde nazarena.
Mientras me imaginaba a elegantes mujeres vestidas con blancas túnicas de lino, veía sus peinados recogidos en graciosos moños en sus nucas y casi podía oír el ruido de los carros aproximándose al ágora, Jordi me despertaba de mis sueños con cara de quien va a decirte algo sumamente interesante y todavía veo su gran boca sonriente que trataba de convencerme con un “que?? Nos vamos ya??”. Mi indiferencia fingida (me lo hubiese cargado) y mi pretendida y repentina sordera eran toda una provocación para que Joan y Jordi se miraran el uno al otro y se dedicaran a dar vueltas a la redonda musitando un incesante…”joer que calor”…
Hay un dicho que reza así: “Dios aprieta pero no ahoga”…por suerte, allí estaba Xavi, contento de su sino, cámara en mano y alejado del resto para que no interfiriéramos en su macro-reportaje fotográfico sobre las ruinas de Volúbilis. No dejo casa, ni mosaico, ni columna, ni momento sin fotografiar. Hasta que el grupo de los no contentos con la visita hicieron suyo el hecho de que “la unión hace la fuerza” y viendo que las constantes e incesantes llamadas de atención que me dedicaban no tenían el éxito esperado, fueron directamente a por su otra víctima. Cuando al fin se percataron que las altas columnas de capitales corintios no daban sombra, cuando ya habían conseguido acortar sus pantalones a base de dobladillos hasta la altura de las ingles, y cuando consiguieron que las cortas mangas de sus camisetas se transformaran en arrugados e improvisados tirantes, iniciaron pues, el acoso y derribo de su presa. Cual gatos hambrientos que han olido al ratón, se fueron aproximando a un Xavier enbobado ante la presencia de un bello mosaico y consiguieron arrebatarle el sombrero de paja que se precipitó dentro del mosaico.
Antes que osaran acudir a buscarlo y fueran tentados con una partida de scrable dentro del mosaico, me ofusque en conseguir rescatar el dichoso gorro evitando al máximo cualquier perjuicio contra el suelo adoquinado. Tras este incidente, deduje que a 40 grados a la sombra, por decir algo, puesto que en kilómetros no se divisaba ni un mísero pino, no iba a conseguir mucho más interés por parte de mis amigos del demostrado hasta el momento.
No sin una sonrisa cómplice entre ellos, abandonamos el recinto unos felices otros resignados.
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