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Tema: Isla de Rodas (Leído 2865 veces)
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abeiro
Sin adicción al foro :-)

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en septiembre vamos 9 dias a la isla de rodas. ya tenemos todos los billetes de avión. para preparar un poco nos estamos mirando una pequeña guia de la ed. granica de las islas griegas, una guide vert michelin de las islas griegas 2005, y sobre todo, estamos esperando que nos llegue la última edición (2006) de la rough de las islas griegas, comprada en amazon.com. no nos hemos puesto mucho las pilas, ya que hasta entonces hay por el medio otras cosillas como cauterets (pirineo frances) este mes, y galicia y viana do castelo (norte de portugal) en agosto.
pero el plan de partida, es decir, el donde repartir las noches sería: pasar alguna noche inicial en la ciudad de rodas, pasar dos o tres noches en recorrer alguna/s islas cercanas, y las 4 o 5 restantes buscar una base para recorrer y disfrutar del sur de la isla: playas, pueblos.
nuestra duda principal ahora mismo seria que otras islas visitar: barajamos las de symi, la volcánica nissyros o tilos, y en menor medida kos, karpathos o incluso kalimnos, pero estas son quizás demasiado grandes para visitar en uno o dos días. bueno, ya iremos contando. y buenas vacas a tod@s.
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Oracio Holiveira
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En cuanto a las guías, yo utilicé la Rough Guide de las islas del Dodecaneso y Este del Egeo, y me pareció que cubría muy detalladamente todas las islas de esos 2 archipélagos. http://www.roughguides.com/website/shop/products/Dodecanese-the-East-Aegean-Islands.aspxTengo en casa también una edicion algo más antigua de la Rough Guide de todas las islas griegas. La información de cada isla está algo más reducida, aunque sigue siendo mejor que cualquier otra guía de las islas griegas. En cuanto a visitar otra isla durante 2 ó 3 días, de las que mencionas solo conozco Karpathos. Efectivamente, en mi opinión es demasiado grande para recorrerla en ese tiempo, pero si te limitas al norte de la isla, a Diafani y Olymbos, puede ser una bonita escapada. El pueblo de Olymbos y alrededores a mi me pareció fascinante, sobre todo si le dedicas un poco de tiempo y no te conformas con visitarlo en la típica excursion de unas horas. EL mayor problema es que te coincidan los ferrys. Desde Rodas solo hay 3 ó 4 barcos a la semana que conectan con Diafani y con Pigadia y además los horarios no son buenos, el barco sale a las 4 de la mañana. Eso sí, llegas a Diafani a las 8 con todo el día por delante. La empresa que cubre este recorrido es LANE y tienes los horarios de los ferrys en esta página web www.lane.gr/en-index.htmLa solución en avión de Rodas a Karpathos tampoco es buena, ya que el aeropuerto está en la punta sur de la isla, y la unica comunicación por tierra con Olymbos es una pista solo practicable con un 4x4. También puedes coger el barco que sale diariamente de Pigadia a Diafani, pero entonces ya son demasiadas combinaciones... Si tienes alguna pregunta sobre Karpathos y la ciudad de Rodas, no dudes en hacerla. Y esperaremos tu informe sobre el resto de la isla de Rodas y sobre Kalimnos, Kos, Symi, Tilos o Nissiros si visitas alguna de ellas. Que tengas buen viaje. Oracio
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abeiro
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Oracio, seguí interesadamente tu relato sobre karpathos y rodas.
aunque no me queda ninguna duda sobre el interés del norte de karpathos, las comunicaciones, tal y como detalladamente expones, son complicadas, y el tamaño de la isla, grande, si lo que se pretende es hacer una escapada de dos o tres dias. además, como ya nos pasaremos dos noches en semivela en la ida y en la vuela por los horarios de los vuelos, somos reacios a pegarnos madrugones adicionales. el sur de karpathos (igual que kos) si está bien comunicado por avion con rodas y los precios son interesantes, pero no se si vale la pena ir a karpathos y visitar sólo el sur. y kos, en principio, parece similar a rodas: restos de los templarios, trozos de costa que son resorts de turismo europeo masivo "all included" (como la costa norte de rodas) y algunas zonas menos tocadas por el desarrollo turístico. además visitar kos requeriria alquilar un coche allí, lo cual por razones presupuestarias quisieramos evitar.
en cuanto a guias, la última edición de la rough del dodecaneso era del 2005, así que preferimos comprar la de todas las islas que es del 2006, que por cierto, ya nos ha llegado y tiene muy buena pinta. yo también soy un fan de las rough.
estos últimos dos días estuve informandome en la www. la base que elegiremos en el sur de rodas para las 4/5 últimas noches sera probablemente lindos, a una hora en coche de rodas. la idea es alquilar un apartamento una vez estemos allí. tiene dos playas de arena, una acrópolis, un pueblo antiguo y numerosos restaurantes donde elegir. es el punto más turístico de la isla después de la misma ciudad de rodas, pero es un turismo mayoritariamente "de dia", que llega por la mañana en bus y después de comer se va, dejando el sitio bastante tranquilo. aunque parece que lindos es también muy popular entre los hij@s de la gran bretaña -con diferencia, los principales vidsitantes de rodas- para casarse, lo cual no es un dato muy alentador. asi que por las mañana nos dedicaremos a recorrer en coche de aquiler los castillos, playas, pueblos y monasterios del sur. en un radio de unos 10 kms al norte y al sur de lindos hay playas de arena aparentemente tranquilas, con el tipico par de tabernas donde comes con los pies a remojo en el mar.
En la primera parte del viaje, la idea es hacer sólo la primera noche en rodas y luego marchar a otra/s islas, luego volver a rodas, pillar un coche de alquiler e irse al sur. el último día el avión nos sale a las 11 de la noche, así que si apetece, también se lo podemos dedicar a la ciudad de rodas. la isla de symi es una candidata segura a ser visitada debido a su buena comunicación con rodas. es también el típico sitio de turismo de un día desde rodas, así que igual interesa quedarse alguna noche, para disfrutarla más tranquilamente.
nissiros, bien comunicada con kos, está en cambio bastante mal comunicada con rodas (dos o tres barcos por semana) asi que casi descartada. ahora estamos intentando cuadrar una visita a tilos, mal comunicada y muy poco conocida, pero parece complicado. la informaciíon en internet sobre horarios de ferries, hidrofoils, catamaranes y caiques, no es muy fiable, según se comenta en un foro ingles que he leido: la única manera de estar seguro es ir a los puertos y preguntar en las taquillas. asi que igual habrá que improvisar un poco. por que tampoco apetece pasarse tres noches allí.
finalmente, hacer una visita a la cercana costa turca tampoco es una opción preferente: parece que marmaris, bien comunicada desde rodas, no tiene demasiado interés y resulta carillo (aparte del transporte, parece que los turcos cargan una tasa de 15 euros por barba a los visitantes); y desde symi a la costa turca (que esta al lao) las conexiones son mucho menos frecuentes.
bueno, poco a poco se van a ir definiendo las opciones, pero habrá un margen importante para buscarse la vida in situ. que bien que se lo pasa uno comiendose el coco con estas cosas. el "antes" es igual de bueno que "durante" y que el "después".
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abeiro
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Ya estamos de vuelta del viaje por el Dodecaneso. Al final hicimos tres islas: Tilos, Rodas y Symi. Sólo contratamos desde aquí los vuelos Barcelona-Atenas-Barcelona (Vueling), Atenas-Rodas (Aegean) y Rodas-Atenas (Olympic). Ningún problema con medios de transporte. Ningún problema con el alojamiento.Un viaje redondo. LO MEJOR: la tranquilidad de la isla de Tilos; el encanto de la isla de Symi; la comida en general, especialmente la taberna de Plimiri beach, al sur de Rodas; el tiempo que tuvimos, al que bautizamos como “clima uterino” LO PEOR: el viaje de vuelta, de madrugada, se hace un poco pesado Unas pocas webs interesantes: http://www.windmillstravel.com/article.php?id=115&destination=57&destinationtype=island (en inglés) una guía corta y esencial sobre las islas griegas más conocidas http://www.world66.com/europe/greece/tilos (en inglés)una completa e interesante guía sobre la isla de Tilos http://www.tilostravel.co.uk/index.html (en inglés) la página de una agencia de viajes de Tilos. http://www.symivisitor.com/ (en inglés y griego) la inevitable página sobre la isla de Symi. Es una publicación gestionada en parte por expropiados, con datos sobre alojamientos singulares. No tan interesante como la anterior. http://www.caractere.be/fr/reizen/reis.php?id=74 (en francés) Curioso. Un circuito con coche de alquiler por la isla de Rodas, comercializado por una agencia de viajes belga. Nos dio ideas. http://www.greeka.com/dodecanese/rhodes/rhodes-beaches.htm fotos de algunas playas de la isla de Rodas. http://www.olympicairlines.com/ http://www.aegeanair.com/aegeanen/home/ Olympic y Aegean, las dos compañías de vuelos domésticos. http://www.gtp.gr/ la más conocida página de reserva de tickets para viajar por mar. Pero ojo: no es en absoluto exhaustiva: hay más de lo que sale aquí.
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abeiro
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dia1 DESPEGAMOS El vuelo Barcelona-Atenas de Vueling sale a las 23:30. En bus al aeropuerto del Prat donde nos encontramos con una pareja de amigos que vuelan a Mallorca a la misma hora. Nosotros: todo un clásico: nos comemos los bocatas que llevábamos de casa. Ellos: hacen más de media hora de cola para pillar un bocata en el único servicio de restauración abierto (de los muchos que hay) en la zona de embarque. Son las 23 horas y esto es un aeropuerto internacional, pero con este bajísimo nivel de servicio no lo parece en absoluto. La culpa es de quien da las concesiones de hostelería en el aeropuerto.
día2 LLEGADA A LA ISLA DE TILOS Llegada al nuevo aeropuerto de Atenas a las 3:25 hora local. Recogemos maletas y vamos a facturar al vuelo de Aegean a Rodas, que sale a las 5:25. Bravo por Aegean: en estos tiempos de low cost un avion nuevo de trinca, un servicio amable y atento en cabina y algunos detalles que parecían olvidados se agradecen. Llegada a Rodas a las 6:30. Cogemos el bus del aeropuerto a la ciudad (unos 15 kms.). El bus tiene marquesina en el aeropuerto y pasa casa media hora, pero si se sale del aeropuerto a la carretera por la entrada que viene de la ciudad, al otro lado hay otra marquesina donde paran diversos buses de línea hasta la ciudad de Rodas.
El bus acaba su trayecto en el edificio del mercado, al lado del puerto de Mandraki. Este mercado, en el límite entre la ciudad nueva y la ciudad vieja, será un poco nuestro centro de operaciones. Está cerca del puerto de los ferries (Colonna) y al ladito de Mandraki de donde salen los catamaranes e hydrofoils para las islas de Symi y Tilos. Sin valor arquitectónico. Es otra de las construcciones de los italianos, que poseyeron Rodas desde el 1912 hasta la Segunda Guerra Mundial. Mussolini utilizó sus importantes obras en esta región como escaparate de su régimen. De hecho, la ciudad vieja de Rodas incluido el Palacio del Gran Maestre, fue reconstruida piedra a piedra por los italianos en esta época con un cierto rigor y alguna licencia, ya que por ejemplo en el Palacio reconstruyeron algunos suelos con mosaicos de la época helenística.
El mercado ya no funciona como mercado. Hay algunos restaurantes, y sobre todo varios puestos de comida rápida de buenísima relación calidad-precio donde se puede ver almorzando a los indígenas, unos baños públicos, agencias de viaje para sacar los billetes de barco, y cerca dos oficinas de información: la del ayuntamiento, al otro lado de la calle, útil porque ofrecen un servicio de gestión de alquiler de coches que nosotros utilizamos; y la oficina de turismo de Grecia, un poco más arriba en la misma calle Averoff poco antes del Marks&Spencer, donde aunque no hablaban castellano, disponían de folletos en ese idioma.
Pero nosotros no teníamos todavía esa información cuando bajamos del autobús cansados y maldormidos. Así que nos sentamos en una de las terrazas bajo las arcadas que dan al puerto. Y tomamos un desayuno caro y poco gratificante: en mi caso un cruasan indigno y un indigno capuchino. Era temprano y todavía no habían empezado a trabajar los molestos “ganchos”, que cada terraza tiene y que abordan agresivamente a los turistas. O sea que picamos sin cebo.
Cogemos el Sea Star, un catamarán de línea regular que nos lleva a la isla de Tilos. El zarandeo durante la travesía de 1 hora es importante: ojo los estómagos delicados (afortunadamente no es nuestro caso, aunque retener el desayuno no nos quitara el mucho sueño que teníamos). Sentarse hacia la parte de atrás del barco amortigua algo la sensación de montaña rusa.
Llegamos a Livadia, el segundo (y podemos decir que único) pueblo de la isla aparte de Megalo Horio, la “capital”. Tilos es una isla con fama de tranquila, mal comunicada con el resto del archipiélago. Lo más destacable aquí son los fósiles de unos elefantes enanos (tamaño perro) encontrados en los años 40 en una cueva, y que se conservan en un museo local. La publicidad dice de la isla que tiene 200 iglesias bizantinas, 7 castillos de los caballeros de la orden de San Juan y un pueblo monumental. Hay que aclarar que los castillos, tanto aquí como en las otras islas, son mayormente ruinas mínimas apenas distinguibles del roquero en que se asientan, y que las iglesias son en su inmensa mayoria lo que nosotros llamamos capillas. O capillitas. Pero ni esta puntualización, ni el uso excesivo por innecesario que a mi juicio los indígenas hacen del coche, le resta interés a este sitio. Tilos es una auténtica isla-isla. L@s islóman@s saben a que me refiero.
Livadia nació como pueblo alrededor del muelle y del puesto de policia cuando la gente abandonó Mikro Horio en los años cincuenta. Caminamos en el amanecer por la rústica calle costera flanqueada por la pequeña playa de guijarros y el Egeo a un lado, y por coquetos locales chill-out, algún restaurante y alguna vivienda humilde al otro: dos turistas cansados, oliendo a ciudad. Vamos hacia la taberna Pavlos, cuya vista desde el balcón me he puesto como fondo de escritorio en pc del curro. En la Rough Guide pone que tienen cuatro habitaciones para alquilar. Pero una kyria (señora) nos aborda enseguida. Accedemos a ver las habitaciones que nos ofrece. Una pequeña casa tradicional, humilde. Con porche emparrado frente al mar. En las dos habitaciones que nos muestra el suelo del wc hace las veces de plato de ducha. A mi ya me está bien, pero Carme tiene el morro más fino en cuestión de alojarse. 25 euros por noche. Como ve que dudamos la kyria baja a 20. Le agradecemos su atención.
Casi al llegar a Pavlos, otro indígena nos ofrece alojamiento. Declinamos la oferta, pero cuando en Pavlos nos dicen que están llenos, volvemos a hablar con él. Es Manolis. El y su mujer la señora Anna Savvena, nos muestran un apartamento grande, decorado con mucho encanto, con terraza frente al mar, a la costa turca, a la isla de Symi…Son 60 euros incluido el uso de las tumbonas y sombrillas que tienen instaladas en la playa, frente a la casa. Desde la puerta de la casa al agua hay 27 pasos. Lo pillamos por dos noches. Un lujo: tendremos la sensación de haber alquilado un apartamento con mar privado.
Anna nos ofrece y nos ofrecerá constantemente café (“elleniko kafé”, que en realidad es el café turco, pero al que por corrección política derivada de las difíciles relaciones con Turquía le cambiaron el nombre). A diferencia de Manolis apenas habla inglés, pero le encanta charlar. Con mi minimanual de griego para viajeros y por señas conversaremos varias veces. Carme no toma café. Yo si. Pero lo rechazo porque me desvela y quiero echar una cabezada. Entonces sucede: sobre la mesa del salón del apartamento Anna deposita una bandeja con dos vasos de filigrana de oro con agua fresca, dos pequeños tenedores y dos platillos decorados que contienen trozos de fruta confitada. Yo me impresiono porque soy un turista, y no un viajero acostumbrado a muestras de hospitalidad genuinas.
Bajamos a las tumbonas y dormimos y remoloneamos hasta la hora de comer, recuperándonos del viaje nocturno. Empezamos a pillar el ritmo sosegado que tan bien nos sienta a los seres humanos en general. En algún momento de vigilia cojo el tubo y las gafas de ver peces y observo los fondos. No tienen demasiado interés: cuatro metros de guijarros y luego densas praderas de algas de tipo herbáceo.
Llega la hora de comer. Hay varios restaurantes pero en Pavlos vimos que estaban asando entero un animal. Creemos que es cordero (arní), pero se trata de cabra (katsíki, no confundir con tsatsiki, la omnipresente ensalada de pepino rayado, yogur, ajo y especias). Lo dejamos todo en la playa sin miedo a los chorizos y nos ponemos a comer. Cada ración de cabra con patatas cuesta 8 euros. Está increíble. Son animales que se alimentan de las mismas hierbas aromáticas salvajes que luego utilizan para cocinarlas. Nos aprendemos el nombre de memoria, pero en el resto del viaje, y pese a nuestros esfuerzos no volveremos a catar una katzíki como aquella. Entran a comer dos cincuentones y un chaval llevando estuches: son músicos. Más tarde Anna nos informará de que esta noche hay un festival en la plaza. Después de comer Carme opta por la siesta en el apartamento mientras que yo sesteo y buceo en la playa toda la tarde. Noto que mi biorritmo se empieza ya a ralentizar. Bien.
Iremos al festival pero también hay que decidir donde cenar. Después de consultar la guia y a la señora Savvena optamos por Mihalis. Ya conocemos al propietario: un cincuenton calvo de ojos claros que se pasea por Livadia en una scooter de color celeste. Acabamos de llegar y ya parece que llevamos aquí semanas: nos empiezan a sonar las caras. Cuando nos cruzamos con la primera señora que nos ofreció habitación, esta hace como que no nos ve, con una pose entre digna y distraída. Según Anna el señor Mihalis es “muy griego”, pero no alcanzamos a entender bien qué nos quiere decir con ello. Cenamos entrantes (taramosalata, riquísimos mejillones a la brasa) y un sargo de 800 grs. a la parrilla, que debo decir que no alcanzó el nivel de los sargos atlánticos que conocemos. De postre sencillo y genial yogur griego con miel, y un trozo de tarta de limón gentileza de la casa. Acabo la cena con un chupito de souma [súma], un destilado a medio camino entre el orujo y la grappa, herencia de la dominación italiana. Se produce en Rodas en la zona de Sianna-Monolittos. Otros chupitos de souma irán cayendo los días posteriores. Un castigo para el hígado que me crea algo de mala conciencia.
Es sábado, hay algo de ambiente y tomamos una cerveza en la terraza de un bar sobre el puerto. Las cervezas más comunes durante el viaje son la Mythos y la Amstel, en el formato de botella de medio litro. Nosotros acabaremos por preferir el sabor de la Amstel. El festival es en la plaza del pueblo, ante el anodino edificio de policía. Los tres músicos tocan instrumentos tradicionales. Hay bailes tradicionales de danzantes ataviados con trajes tradicionales. En conjunto es agradable: música popular evocadora se desliza sobre la superficie de aceite del mar iluminado por la luna. A un lado de la plaza hay una mesa corrida donde están sentadas al parecer las autoridades, entre ellas el pope. Cada cierto tiempo para la música y alguno de los hombres de la mesa sale a hablar por un micrófono. No entendemos griego pero suena a mitin político. Anna nos confirmará mañana que sí, que es un acto del PASOK, los socialistas griegos cuya cabeza visible en Tilos es el doctor, uno de los conferenciantes. Tilos es ligeramente del PASOK con Nea Demokratia (los conservadores) pisándole los talones. El próximo domingo son las elecciones generales griegas. Los discursos suenan bien, muy ritmados: claro que la retórica, el arte de persuadir por la palabra, se inventó aquí. Damos un tranquilo paseo. Cuando volvemos sigue la música pero ahora quien baila de manera espontánea es gente del público. Miro a los músicos: artistas nómadas por los rincones del Egeo. Quedamos un rato más y nos vamos a dormir.
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Oracio Holiveira
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Muy interesante tu relato, abeiro.
Veo que ya en tu primer día pudiste comprobar la hospitalidad de los griegos.
Como ya escribí, me fijé en Tilos cuando la sobrevolamos en el avión con destino a Rodas. Y desde entonces ocupa su pequeño espacio en la lista de rincones griegos a visitar. Tarde o temprano le llegará su turno...
Saludos de otro islómano.
Oracio
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abeiro
Sin adicción al foro :-)

Mensajes: 46
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muchas gracias oracio.
me he "contaminado" un poco del estilo detallado que teneis alguna gente del foro, yo soy más telegráfico. lleva mucho tiempo y paciencia ser detallado. pero también es divertido.
por cierto, me confieso expectante del relato de vuestro viaje por córcega, aunque no estoy seguro de que afecte a los prejuicios negativos que tengo de ese destino. un abrazo
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Oracio Holiveira
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por cierto, me confieso expectante del relato de vuestro viaje por córcega, aunque no estoy seguro de que afecte a los prejuicios negativos que tengo de ese destino. un abrazo
Pues la unica forma que tienes de eliminar esos prejuicios es acercarte hasta allí. La mayoría de la gente local con la que me he cruzado era gente sencilla, muy maja, y dispuesta a ayudar, aunque sí que hemos conocido alguno cuyo único interés era enriquecerse de los turistas de paso, sin ningún miramiento hacia nosotros. Sinceramente, no he tenido las mismas sensaciones con los corsos que en Grecia, por ejemplo, pero más bien es porque al ser la primera vez, creo que hemos pasado demasiado rápido por los sitios que hemos estado. La misma sensación tuve la primera vez que fui a Grecia, y ahora cada vez que voy me parece que son más hospitalarios. Te invito a leer mi diario, a preguntar lo que sea en el hilo que he abierto sobre Córcega, y sobre todo a visitar la isla. Te aseguro que es un paraíso! Oracio
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« Última modificación: Octubre 05, 2007, 12:47:50 por Oracio Holiveira »
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abeiro
Sin adicción al foro :-)

Mensajes: 46
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dia 3 RECORRIENDO TILOS Hoy la idea es recorrer la isla. Habíamos pensado alquilar una scooter pero al final nos decidimos por la comodidad y seguridad de un coche pequeño. Antes de nada voy al mar a darme un baño. Cuando vuelvo la señora Savvena nos trae el desayuno al apartamento. Alquilamos un Fiat Panda bastante nuevo en Stefanakis. Por un día son 35 euros todo incluido. La gasolina nos cuesta 5 euros más en la única gasolinera de la isla.
La primera parada es Mikro Horio. Situado en una ladera, es el pueblo que la gente abandonó hace cincuenta años cuando bajó a vivir a Livadia. Ruinas de casas y callejuelas por donde señorean las cabras. La iglesia del pueblo continúa impecable al igual que una de las casas que hace de bar de copas nocturno. Restos de un castillo. Todas las casas son iguales: en la planta baja chimeneas con repisas donde quizá habían fotos, recuerdos. Justo fuera, el horno de la casa, pequeña puerta que da a una bóveda empedrada de entre uno y dos metros de diámetro. Las puertas y ventanas de las casas miran al mar, allá al fondo surcado ahora por un catamarán de línea y a la costa turca. Dejamos Mikro Horio y subimos sorteando grupos de cabras por una estrecha y empinada carretera hasta la antena de telecomunicaciones de la telefónica griega. Las vistas son magníficas y jugamos a poner nombre a las islas que se ven desde allí. Aquel es el volcan de Nissyros, pero ¿y aquella? ¿Astypalea? ¿Y aquella otra?¿Karpathos?
Paramos un momento en Megalo Horio. Corto paseo y visita en el mismo pueblo de una capilla bizantina con frescos. Nos vamos a la playa de Eristos. Me baño. Cojo las gafas de ver peces: algo de lava solidificada y luego arena. Peces de fondo mimetizados con la arena, peces de colores. Hay caracolas pero algunas son en realidad morada de pequeños cangrejos ermitaños. Se está haciendo la hora de comer y nos dirigimos al pequeño embarcadero de Agios Antonios El mar está agitado y hace viento: no hay pescado fresco. En la taberna sólo está la familia y una mesa con pescadores tomando algo. Como tardamos en decidirnos sobre qué comer y pedimos algunas explicaciones sobre los platos, la señora (a la que bautizaremos “jroñi qui jroñi”) nos trata de manera algo brusca y cortante. Uno de los pescadores, antiguo emigrante en norteamérica, colabora en las informaciones de la señora. Carme toma una especialidad: katziki lemonade: cabra adobada y cocinada con limón, que está rica. Yo tomo menú infantil. Pnchazo: espagueti con tomate (pasados) y pollo al horno (todo el pollo en las islas llega congelado, y es por tanto insustancial). La ensalada de pulpo que abrió la comida, compuesta de finas rabas de octópodo tampoco era para tirar cohetes. Hacemos el turista sacándole fotos a un grupo de gatos repantigados y nos vamos.
Paramos en una pequeña capilla bizantina sencillísima: agios Basílios. Llegamos a Plaka, una playa grande y solitaria a resguardo del viento donde estamos prácticamente solos. Hay sombra natural pero ningún servicio. Yo me hecho una siesta al sol sobre la toalla. Me despierto: grandes pavos reales merodean a nuestro alrededor entre curiosos y amenazadores, atraídos quizás por el azul del bañador de Carme y por el azul eléctrico de mi toalla que reproducen un poco el color de sus plumas. Hago aspavientos con la gorra y pego unos gritos: los pavos se largan pegándose un vuelo de 30 metros. Al parecer han saltado la valla de un cercado. Para acabar de redondear mi pose de héroe deshacedor de entuertos me sumerjo y recojo del fondo fósiles de erizos que regalo a Carme. A diferencia de los de color blanco secados por el sol estos son verdosos y rojizos. Pero también frágiles: algunos no llegaran a casa enteros.
Después de la agradable tarde de playa vamos al cercano monasterio fortificado de agios Panteleimon. Solitario y con buenas vistas. Tiene una fuente cuya agua se dice que es milagrosa (bien rica y fresca sí que lo es) y una iglesia con frescos. En el patio hay unas puertas numeradas donde al parecer es posible alojarse.
En el camino de vuelta volvemos a parar en Megalo Horio. Paseamos buscando el museo de los elefantes enanos. Está en el pequeño ayuntamiento, en la plaza de la iglesia. Pero hoy domingo está cerrado. Tomamos un frappé y una cerveza en un kafeneio (café tradicional) del pueblo. Hay varios parroquianos que nos saludan amablemente:“kali spera”, buenas tardes. Durante este viaje, excepto en sitios muy turísticos, lo normal es ir saludándose por la calle. Pasamos a la terraza que da sobre la plaza y yo vivo un momento especial (un instante “choun”, que diría un gastrónomo chino): el sol de la tarde me calienta la cara. En una peña sobre nuestras cabezas veo las paredes de un antiguo castillo dominando las casas del pueblo desparramadas por la ladera. La coqueta plaza de la iglesia tiene el típico suelo “votsaló”: dibujos geométricos compuestos con guijarros negros y blancos. A través de las oquedades del campanario se ve a lo lejos la playa de Eristos y el mar. Si miras alrededor, la campiña salpicada de olivos, capillitas blancas y alguna que otra cabra. Un pope de largas barbas, hábito y elmbrero alto negro, baja las escaleras que dan al atrio. Un sorbo de frappé bien frío. Momento choun.
Volvemos a Livadia. Vamos hasta el extremo de la bahía, hasta un rústico embarcadero de pescadores. Cuando el sol acaba de ponerse devolvemos el coche. Aún sin sol y con el ambiente algo fresco, yo no me resisto a pegarme otra zambullida en el mar. Nado un rato antes de prepararnos para ir a cenar. Cenamos de tapas (mezes) en el bar que está pared con pared de la oficina de correos. Taramosalata, omelette, tsatsiki, sovlaki…Rico y bien de precio. En el paseo posterior ojeamos un muestrario de postales. De repente vemos una que representa unos pescadores sobre un muelle. Sorpresa: se trata de la señora “jroñi qui jroñi” y de los pescadores del restaurante de este mediodía. La compramos, junto con algunas postales vintage de los años 70.
De camino a casa, parada y copas en un local al borde del agua con una decoración muy agradable. Noche, brisa, música tranquila. Y el mar omnipresente.
dia 4 PASEO POR RODAS Y LLEGADA A SYMI. LA KALI STRATA
A las 6:55 hemos de coger el barco. Manolis nos lleva en su coche al puerto, a 500 metros de su casa. Llega puntual el ferry nocturno que viene del Pireo, el Diágoras, de la compañía Blue Star. Nos despedimos. Desde la cubierta de popa entre el molesto humo de las chimeneas vemos como Livadia y Tilos van quedando atrás. La ilusión de lo que aún nos queda por ver amortigua algo nuestras ganas de quedarnos por aquí algunos días más. Desayunamos a bordo. Nuestra idea es enlazar en Rodas con un catamarán que sale a las 9 para Symi, previa escala de una hora en Panormitis, un monasterio del sur de la isla. Llegamos y recorremos con las maletas el corto trecho entre los puertos de Colonna y Mandraki, caminando entre la muralla de la ciudad vieja y el mar. En la agencia nos dicen que no hay plazas en nuestro barco. Vamos al muelle a ver si hay alguna cancelación pero tampoco. Cambio de planes.
Como aún no conocemos Rodas, haremos una visita a la ciudad. Problema: las maletas. No hay consignas a la vista. En la oficina de información del ayuntamiento nos dan las señas de un hotel cercano que ofrece servicio de consigna a cambio de 8 euros el bulto. Sacamos los billetes para un hidrodeslizador que sale para Symi a las 14 horas. Los de la agencia se enrollan y nos permiten dejar allí las maletas hacia entonces.
Después de la experiencia de Tilos, Rodas es todo un shock. Popular escala de cruceros, es el típico sitio lleno de turistas paseando (como nosotros) y tenderetes. Empiezo a echar de menos Tilos. Entramos en la ciudad vieja por la puerta D’Amboise, junto al Palacio del Gran Maestre que hoy lunes no abrirá hasta las 12:30, o sea que no entraremos. Desde aquí baja la calle de los caballeros (Odos Ipoton) en la que están las antiguas posadas de las siete lenguas de los caballeros de la orden de San Juan. Hoy albergan dependencias burocráticas lo cual explica su aspecto solitario a cualquier hora. Los visitantes prefieren la paralela calle Sócrates, donde se amontonan las típicas tiendas de souvenirs y cachivaches que la globalización y el advenimiento del turismo de masas ha extendido por todos los rincones del mapa turístico internacional. En la oferta de las tiendas se puede destacar el cuero (sandalias, cinturones) trabajado en algunos casos artesanalmente y bien de precio. Me compro un cinturón de marca por 3 euros. Pasamos por la plaza de los mártires judíos y callejeamos entrando y saliendo a la ronda de las murallas, por el barrio turco. Callejas coronadas de contrafuertes, una plaza donde el hamam (baños públicos) está en activo y abierto a todos. Hay toallas secándose en las barandas de la entrada. De vuelta al norte de la ciudad vieja: la gran mezquita la biblioteca turca y la torre del reloj. Bajamos por Sócrates hasta una bonita plaza algo desfigurada por toda una parafernalia de negocios de restauración y seres humanos sacando fotos. Es toda una aventura cruzar la plaza por entre el fuego cruzado de los encuadres de las docenas de cámaras digitales y las videocámaras (artillería pesada). Salimos (yo algo escaldado) de la ciudad vieja por una de las puertas que dan al mar. A la espera de que salga nuestro barco, comemos unos ricos bocatas de salchicha y bebemos unas cervezas en un chiringo del mercado nuevo.
¿Qué es ser turista hoy? El combustible de aviación correspondiente a un viaje transoceánico de dos pasajeros corresponde al consumo de energía de un hogar medio a lo largo de todo un año. La eclosión del transporte aéreo ligado al turismo de masas y al fenómeno low-cost es uno de los factores principales en la aceleración de la destrucción de la capa de ozono y la precipitación el cambio climático: contaminación directa del cielo. Por otra parte el resort, hábitat donde el 90% de los turistas pasamos las vacaciones, supone una estandarización de las experiencias sin diferencias formales entre por ejemplo Roquetas de Mar (Almería) y Montego Bay (Jamaica). Nosotros los turistas somos un potente agente de cambio de los sitios que visitamos. Puede que no sea complicado argumentar que el balance de ese cambio es positivo. Lo que es cada vez más complicado en mi caso es contestarme a la pregunta de por qué viajo. Lo hago por inercia, sin reflexionar demasiado, sin buscarle sentido. Por placer. Aunque también se puede obtener un placer igual con un viaje interior. Y se contamina significativamente menos.
El Aegli, un hidrodeslizador de la compañía ANES, zarpa puntual de Mandraki rumbo a la isla de Symi. Durante la travesía y por segunda vez en el viaje pasamos un frío polar a causa del aire acondicionado. La vez anterior fue en el bus desde el aeropuerto de Rodas. Llegamos a Symi, una isla pequeña sin prácticamente más núcleos de población que Yialos-Hora. Yialos es la zona del puerto, un par de bahías con laderas tapizadas por casas de aspecto toscano que salen en todas las postales. La parte alta del pueblo se llama Hora. Ambas se comunican por dos escaleras y por una carretera que salva la pendiente con una amplia curva. El Aegli nos deja justo en la parada del bus que comunica Yialos con Hora. El sol pica bastante. Arrastramos las maletas por el muelle. No hay nadie ofreciendo habitaciones y no se ven hoteles. Entre el calor, el frío que acabamos de pasar, y las comeduras de coco que me hago con el rollo del turismo de masas me entra el agobio. Menos mal que viajo con Carme. Me quedo con los bultos en la sombra de un callejón y ella se va a buscar un sitio para dormir. Vuelve al rato con la llave de una habitación muy céntrica, en primera línea de agua y balconcito con vistas. Ha pillado dos noches a 45 euros la noche. La pega es que se accede por una estrecha escalera de caracol. Pero aún somos jóvenes y no hay problema. También tiene aire acondicionado aunque prácticamente no lo utilizaremos. Ante este panorama, se me va totalmente el agobio. El sitio está gestionado por el hotel Kokona, que está a cien metros de aquí, medio oculto en una plazoleta al lado de un campanario. La señora que lo lleva es muy agradable.
El día va declinando y queremos aprovechar para hacer algo de playa. Vista la hora que es la opción parecer ser la única playa urbana de Symi. Caminamos por el agradable frente marino de las dos pequeñas bahías separadas por la torre del reloj, y de una tercera donde hay un astillero abandonado. Al final está la playa. Es un pequeña franja de grava y piedras nada atractiva, pero es lo que hay. Además, la playa ya está en sombra. Nado mar adentro buscando el sol, que se va ocultando tras la montaña. Según la guía hay una playa mejor si se hace una buena caminada siguiendo la costa, pero no tenemos tiempo para ir. Volvemos paseando felices y remolones y nos damos una duchita.
Hemos decidido que cenaremos en el mejor restaurante de la isla (“y uno de los mejores del Dodecaneso” dice la Rough). Se llama Mitos y el chef es un tal Stavros. Está justo donde atracó el Aegli, a 40 pasos de nuestra habitación. Para hacer tiempo cogemos el bus. Tiene tarifa plana de 1 euro y te sube a la parte alta del pueblo, a Hora que es la primera parada. La parte alta es sorprendente, otro mundo. Caminamos por una calle solitaria dejando a la derecha la bella vista nocturna de Yialos. Llegamos a la plaza en la parte alta de la Kali Strata, la principal de las dos escaleras que comunican el puerto con Hora. Hay algunos kafeneios y un par de restaurantes con muy buena pinta. Al parecer uno de los habituales de uno de ellos es George Bush padre. El otro restaurante, que se llama Georgios & Maria tiene una terraza con vegetación y vistas. Decidimos venir a cenar mañana. Caminamos por la calle principal y nos sorprendemos del ambiente tan distinto de la zona del puerto. Aquí predominan los indígenas. Damos media vuelta y bajamos por la impresionante Kali Strata, rodeada por casas típicas de Symi, muchas en proceso de restauración o en ruina. La escalera termina discretamente detrás de la terraza de un restaurante. Sería muy difícil encontrarla sin preguntar.
En Mitos no habíamos reservado pero afortunadamente queda una mesa. Al contrario de lo que pasa en otros lugares, la diferencia entre un restaurante griego “puesto” y una simple taberna es muy escasa. Se limita a la comida y al servicio pero la decoración cambia poco. Tomamos gambas de Symi, una especialidad de la isla. Son gambas muy pequeñas tamaño camarón que aquí sirven sin cabeza y con cáscara, ligeramente rebozadas. Se comen sin pelar. También tomamos unos mejillones con una salsa finísima que es lo mejor de la cena. Finalmente, un pescado a la parrilla de “categoría A” para los dos. Bien. El vino blanco de la casa resulta el mejor del viaje. Tomamos un litro y medio y empezamos a ver algo claro: lo que hay que pedir por aquí es el vino blanco de la casa, que suele ser bastante bueno. Si pides retsina te ponen en todos lados la típica retsina bastante anodina que viene embotellada en envases de medio litro con chapa y etiqueta amarilla. Pedimos la cuenta que traen acompañado de un trozo de sandia fresca (80 euros, la más cara con diferencia del viaje). Pido suma pero no hay. Empezamos a charlar con dos franceses de la mesa de al lado. Nos hablan de Nissyros y su volcán, del restaurante Georgios & Maria (el que ya tenemos en agenda para cenar mañana) y de sus piquillos rellenos de feta. Llueve sobre mojado. Nosotros les hablamos de Tilos. Para bajar la cena damos un largo paseo por el muelle. En los yates hay gente que duerme en cubierta, como vagabundos chick. Nos vamos a dormir.
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dia 5 LA PLAYA DE AGIOS NICHOLAOS
Hoy toca playa. La isla cuenta con varias playas sobre todo en la costa oriental y la manera habitual de llegar a ellas es en barcos-taxi desde Yialos. Pero no nos apetece ir en barco. Después de estudiar un poco las posibilidades decidimos ir a pasar el día en la de Agios Nicholaos.
Al otro lado de la cresta con restos de molinos de viento que corona el pueblo está la profunda bahía de Pedi. Cogemos el bus hasta allí. Al bajar, un pequeño bote nos ofrece llevarnos hasta una de las dos playas situadas a cada uno de los extremos exteriores de la bahía. Decidimos ir a pie. Hacia la derecha, atravesando las casas a ras del agua que forman Pedi, avanzamos luego una media hora por un camino de cabras estrecho y bastante arrugado pero precioso con el mar a nuestros pies. Al pasar unas rocas aparece la cala de Agios Nicholaos con su playa de arena, un mínimo muelle, una capilla y una taberna. Hay una fila de tumbonas y parasoles que ahora están vacíos, gestionados por la misma gente que lleva la taberna y un pequeño bar. Nos acomodamos y vamos a husmear a la taberna a ver que habrá para comer. El cocinero es un marinero que ha pasado varias veces por Barcelona. Tomamos el sol y nos bañamos viendo como de tanto en tanto los taxis acuáticos van dejando bañistas que van ocupando las tumbonas. Comemos pescadito, sardinas, ensalada griega y tzatziki. Luego un café griego en la terraza del bar. Esto, señoras y señores, es vida.
Somos conscientes del paso del tiempo porque las lanchas empiezan a desfilar, esta vez para llevarse de vuelta a la gente, en grupos de dos, tres o cuatro personas. Jugamos al juego de adivinar cuales de nuestros compañeros de playa se irán en cada barca. Finalmente también nosotros deshacemos el camino hasta Pedi, y de allí continuamos pateando hasta Hora sin esperar el bus. Paseo por Hora entre terrazas de kafeneios llenas de relajados indígenas, disfrutando de las vistas sobre el puerto. Una bajada más por la magnifica Kali Strata. Nos duchamos y volvemos a subir en el bus para cenar en Giorgios.
Pasamos revista a una vitrina con productos frescos y luego a la cocina donde el agradable patrón va destapando cazuelas y bandejas de guisos. Nunca habíamos visto tantas posibilidades para elegir. Parece un mercado en vez de un restaurante. Resulta un sitio altamente recomendable donde cenamos muy bien. Fascinantes por ejemplo las albóndigas fritas, sabiamente especiadas, y el sovlaki de “king fish”. Salimos y vamos al cercano Jean & Tonic a tomar una copa. Jean es una elegante rubia inglesa que abrió este amoroso local hace unos 20 años, así que aquí se mezclan expatriados, turistas y jóvenes nativos. Jean explica que el nombre del local se debe a que los griegos no tienen un fonema para pronunciar la “J” inglesa de su nombre, así que les decía: me llamo Jean, como gin tónic. Nos sentamos en la única mesa exterior y me tomo (como no) un jean tónic.
Mañana, es decir dentro de media hora, es mi cumpleaños, así que Carme acepta mi invitación a otra copa. Hacemos una última bajada por la Kali Strata hasta Yialos y allí nos aposentamos en el exterior de un local perfecto, tipo chill-out, que está en la última casa del pueblo justo antes del astillero abandonado. Música ambiental suave. Las barcas, las luces, los astros, Carme y un dulce embotamiento alcohólico. Cumpleaños muy muy feliz.
dia 6 RODAS. RUMBO AL SUR. LA TABERNA DE PLIMIRI BEACH. PRASSONISI.
Zarpamos a las 10 en el Dodecanesos Express, un catamarán de línea que hace la ruta hacia y desde las islas del centro del archipiélago, de Patmos a Rodas. Llegamos a la ciudad y vamos a la oficina de información del ayuntamiento, en donde nos habían dicho que gestionaban el alquiler de coches. Después de varias llamadas, contactan con una empresa y nos traen a la puerta un Hyundai Atos de primera generación amarillo chillón, aparentemente con buena salud, pero marcando 100000 kilómetros recorridos. Serán 35 euros por día todo incluido.
Ponemos rumbo al sur por la carretera paralela a la costa oriental. Hay que buscar una base para las 4 noches que faltan del viaje, y tenemos claro que ha de ser un sitio tranquilo, lo más agradable posible para no romper el ritmo relajado en el cual estamos instalados desde Tilos. Hemos descartado Lindos, que con su pueblo blanco tradicional coronado por una acrópolis y flanqueado por dos bonitas playas, es el principal foco de atracción de la isla aparte de la ciudad vieja de Rodas. El primer sitio valorado y descartado es Gennadi. Por lo leído, yo tengo grandes esperanzas puestas en Lahania, una aldea situada más al sur, a tres o cuatro kilómetros tierra adentro. Cuando llegamos, un pope sentado en la mesa de un café nos saluda levantando el brazo. Aparcamos y después de un garbeo por lo que es la parte alta de la aldea, Carme considera con razón que el sitio es demasiado desolado.
Cuando nos vamos, justo al intentar volver a la carretera desde la cuneta donde habíamos aparcado, el chasis del coche rasca contra algo: por no poner atención me he subido encima de un cuadrado de hormigón destinado a la futura instalación de una farola. Hago un rápido cálculo, giro la dirección, meto primera y palante. A la salida del pueblo paramos y miro debajo: hay algo que gotea. Vaya corte de rollo. Estamos a unos 80 kilómetros de la ciudad, gestionar un cambio de coche supondrá como mínimo si todo va bien perder el resto del día. Además los seguros a todo riesgo excluyen por sistema los daños en los bajos del vehículo. Y todavía no hemos encontrado donde dormir. Toco y huelo el líquido que mana justo en el sitio del raspón contra el hormigón. No es ni aceite ni gasolina ¿Será el líquido de frenos?
Compruebo en la guía que hay una gasolinera unos cinco kilómetros más al sur. Estamos espantados y sudorosos, no nos llega la camisa al cuerpo. Yo voy tocando ligeramente los frenos para comprobar si responden. Si lo que perdemos es líquido de frenos podemos quedarnos sin ellos en cualquier momento. Paro en la gasolinera y entro a pedir ayuda. El encargado está rayando pepino sobre una palangana: materia prima para tzatziki. Le pido ayuda y debo tener cara de espanto porque el hombre sale enseguida detrás de mi. Se sienta en el asiento del conductor. Acciona el contacto y como no ve ningún chivato sospechoso en el salpicadero pregunta:
- What’s the problem?
Le explico que tenemos una inquietante gotera en los bajos (con perdón). Quita el freno de mano y echamos el coche un poco atrás. Con una simple mirada dice:
- That’s condition. No problem. Everything is OK
Lentamente alcanzo a comprender. Las gotas son del agua de condensación del aire acondicionado. Debido a los nervios por la rascada en el chasis, habíamos hecho con nuestros mínimos conocimientos de automoción una deducción errónea, habíamos visto una avería donde afortunadamente no la había.
Nos sentimos muy tontos pero inmensamente aliviados. Retrocedemos unos tres kilómetros hasta el desvío a Plimiri Beach, una playa a la que queremos echar un vistazo. Una gran playa abierta y un pequeño dique con un par de pesqueros. Hay una taberna bastante concurrida adosada a una iglesia bizantina. Vista la hora que es (casi las 15) acordamos sentarnos a comer. Se nos había ido el santo al cielo con la movida de la gotera en los bajos. Varios pulpos enteros se secan al sol pendidos en una cuerda. No podemos resistirnos a tirarles unas fotos.
Como la inmensa mayoría de las tabernas y restaurantes que hemos visto, la taberna tiene todas sus mesas en el exterior. A un lado del porche un cincuentón alto de pelo blanco semilargo atiende una larga parrilla de carbón vegetal. Nos hacen pasar al interior para elegir. Hay un aparador que sólo contiene pescado, con una pinta estupenda. Alguna de la piezas conserva aún el anzuelo. Pedimos pulpo secado por el sol y hecho a la brasa, ensalada de tomate y pepino, ensalada de berenjenas y una lubina no muy grande (600 grs.) para compartir. Todo está bien menos la lubina que está sublime. No todas las lubinas salvajes saben igual. Cada una sabe al mar en el cual nadó e hizo su vida antes de ser pescada. Pero este sabor que está dentro del pez hay que saber buscarlo y saber encontrarlo mediante el procedimiento de cocinado: y la carne de aquella lubina había sido cocinada con tal grado de exactitud que me causó turbación, temblor palatal. Si exagero es porque debo hacerlo. El desgarbado tipo de pelo blanco sabía lo que se hacía. Decía con razón Brillat-Savarin que el cocinero se hace, pero que el asador nace.
Las opciones para buscar alojamiento se van reduciendo. Llegamos a Katavia, que tiene un cierto aire de fin del mundo: un cruce de caminos con un par de kafeneios y algunos restaurantes. Abunda la clientela local. La mayoría de sitios no tienen ni siquiera un letrero con su nombre. Hay algún sitio para dormir y seguro que los locales alquilan casas. Es una posibilidad. Rodas se nos acaba. Más al sur sólo queda Prassonissi, la punta de la isla a donde nos dirigimos finalmente recorriendo 7 kilómetros de carretera despoblada. Al llegar a la última loma aparece el sitio: un gran istmo de casi un kilómetro de arena que une tierra firme a una isla en forma de montaña. A la izquierda mar plano, a la derecha oleaje. Y viento. Prassonissi es una de las mecas europeas del windsurf, como Tarifa o el sur de Fuerteventura. Yo tenia planeado pasar por aquí, pero no que fuera nuestra base. Hay dos moteles, cada uno con un restaurante, y dos supermercados. Decidimos enseguida que este es el sitio en el que vamos a quedarnos. Preguntamos en el primer motel y nos quedamos con una habitación nueva, con balcón y vistas a la playa por 50 euros la noche sin desayuno, prácticamente sin regatear.
Vamos hasta la playa conduciendo sobre la arena endurecida y algo guarra de plásticos. Me hago un autoregalo de cumple: compro un bono de 10 horas de navegación en uno de los tres centros de alquiler que hay, el único que tiene una zona con sombrillas y tumbonas. Estreno el bono navegando una hora, antes de que cierren a las 19. Hay gente (no demasiada) del norte (suecos, noruegos, daneses), ingleses, europeos del este, algún italiano.
Descartamos cenar en Prassonissi. De hecho no cenaremos nunca aquí, ante la sospecha no sabemos si justificada de que los dos restaurantes sirven el típico “rancho” turístico. Yo que invito y que estoy perdidamente enamorado de la taberna del mediodía, a 17 kilómetros de aquí, propongo volver, pero Carme prefiere probar algo nuevo. Pasamos por Katavia y como aún es algo temprano decidimos hacer una visita nocturna a Lindos, a unos 50 kilómetros al norte. Llegamos y pagar 3 euros por aparcar se nos hace extraño. Nos pensábamos que el pueblo estaría vacío de visitantes pero no es así. Tiendas, restaurantes y bares están abiertos y por las calles tipo Mojácar o Vejer pasea bastante gente, de mediana edad y aparentemente ingleses.
Tras un paseo volvemos a Katavia a cenar. Un pequeño restaurante sin nombre y una señora de sonrisa perenne que dice todo el rato “efjaristó-zenkiu”. Agradable comida casera: berenjenas fritas, salchichas especiadas con patatas fritas, ensalada, y “meatball” (hamburguesas). Pedimos por primera (y última) vez vino embotellado, el famoso tinto Chevalier de Rodas: malo. Compartimos la terraza con otra pareja y con una tertulia de abuelos y abuelas del pueblo. Hay una gran barbacoa que nos hace acordamos de la cabra asada entera de Pavlos e intentamos enterarnos de si aquí también hacen katsiki. Dice que el sábado por la noche habrá, así que les decimos que cuenten con nosotros.
Cruzamos la calle para tomar un café y una suma en la terraza de un kafeneio que tiene por toldo el follaje de un plátano gigantesco. El viento hace revolotear algunas hojas secas caídas. Qué bien se está aquí.
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día 7 LA COSTA SUR OCCIDENTAL
Seguimos hacia el norte la carretera que va dejando a la derecha la inhóspita costa sur occidental de Rodas. La primera parada es en Apolakia para desayunar. Una aldea similar a Katavia sólo que aquí sí que hay marketing turístico: las tabernas del cruce que hace de centro del pueblo tienen por todos lados grandes fotos a color con las especialidades. Nos dejamos engatusar por la “gancho” de una terraza y desayunamos mediocres huevos fritos con patatas fritas congeladas. Paseo por el pueblo hasta la iglesia. Ancianas vestidas de negro en las callejuelas. De vuelta a la carretera entramos en la única tienda de productos locales. Compramos previa cata suma, elaborada artesanalmente por los padres de la dueña, una chica de Siana casada con un mozo de Apolakia.
Llegamos a Monolitos y en el cruce está la Cristos Corner Taverna. Me suena de un foro de viajes en qué un forero inglés no paraba de dar la brasa todo el rato diciendo que era un sitio donde hacían una comida buenísima. La pinta no dice mucho: construcción nueva si encanto. Pasamos Monolitos siguiendo una carretera que baja hasta la playa. Paramos en un pequeño mirador sobre el mar y en primer plano el peñasco en el que se asientan los restos del castillo. Buena vista. Allí catamos y compramos más suma, aceite y miel de pino y romero en un tenderete gestionado por el productor, que nos comenta que han empezado a recoger la uva y que la cosecha de este año será excelente.
Paramos en Siana, cuna de la suma. Hay varias tiendas de souvenirs (miel, mantas, suma) que atraen algún que otro autobús de turistas. Carme fotografía el interior de la iglesia mientras yo me siento al lado de la carretera agradablemente machacado por el sol, que cae a plomo. A la salida del pueblo paramos en un rudimentario puesto de venta ante una casa, atendido por una anciana. La suma que catamos no nos convence, pero le compramos una lata de aceite. Ella nos regala grandes racimos de uvas blancas.
Damos un rodeo por carreteras solitarias atravesando los enclaves agrícolas de Agios Issidoros y el más grande de Embonas. Salimos otra vez a la costa en Kritinia y nos llegamos hasta Kamiros Skala: algunas casas y un embarcadero de donde sale un barco para la isla de Halki. Hace viento y el mar está muy agitado. Deshacemos lo andado y vamos al castillo de Kritinia. En una de las curvas de la subida una señora agita los brazos haciéndonos parar y entregándonos un cartel en varios idiomas: dice que si le compramos refrescos o frutas ayudaremos a mantener limpio el entorno del castillo. Qué morro. Cuando llegamos al castillo (apenas una pared, pero con buenas vistas) el entorno está todo sucio con las bolsas y las latas de refresco que vende la señora. No hay ni una sola papelera. Pequeña parada en Kritinia para visitar un mini museo etnográfico.
Para comer decidimos parar en la Cristos Corner Taverna de Monolithos. El dueño tiene pinta de sabio y el único camarero, de chulapón de perfil bajo (cabello grasiento, fumando sin parar y sentándose a cada rato en una mesa sin ocupar con la mirada perdida). Es la hora de comer pero no hay nadie en la megalítica terraza. Nos tememos lo peor. Nos enseñan la nevera en la que sólo hay sovlaki, chuletas de cordero y una bandeja de inquietante “fresh fish” (ojos hundidos, blancas señales en la piel). Pero comemos bien, el temor inicial era infundado: cordero, sovlaki, tsatsiki y unos grandes judiones con una salsa deliciosa. Aunque tampoco es para ir recomendando el sitio a diestro y siniestro. Ya hay tres mesas más ocupadas y en una de ellas oímos hablar español. Son un señor y dos señoras de Madrid a los que saludamos al marchar sorprendiéndonos recíprocamente de la casualidad.
Por la tarde yo me pego una sesión perfecta de windsurf en Prasonisi pero Carme tiene problemas para estar a gusto en la playa debido la arena levantada por el viento. Para cenar hay consenso: volveremos a la taberna de Plimiri Beach.
La noche es muy oscura y no encontramos otros coches en el trayecto. Finalmente nos recibe la tenue luz de la terraza de la taberna. Hay poca gente. Oficiamos el rito de escoger y pesar las piezas que vamos a comer. Salmonetes a la parrilla de carbón para mi y sargo preparado de la misma manera para Carme. El nivel de placer se mantiene altísimo. En general, creo que el salmonete necesita un cierto grado de iniciación en el comensal. Servido entero, que es la forma habitual de comérselo en los restaurantes de pescado (excepto claro en los orientales y en los de autor), requiere destreza para negociar las espinas, abundantes y dispuestas sin orden aparente. Es de comida lenta y trabajosa. El premio, que seguramente no compensara a todo el mundo, es un gusto intenso más parecido al marisco de cáscara que al pescado en si. Además hay especies de salmonetes que se diferencian más por su calidad gastronómica que por la pinta externa que tienen: son muy parecidos unos a otros pero los de “fango” no valen nada. Finalmente, decir que si bien el pescado en general es de las materias primas que más se devalúa con la pérdida de frescura, el salmonete es especialmente sensible a este factor. En resumen: era realmente difícil que los salmonetes estuvieran perfectos, y sin embargo lo estaban.
Volvemos a dormir a Prasonisi haciendo una parada técnica en Katavia para tomar una suma bajo el plátano gigante, mirando cómo el viento sigue jugueteando con las hojas caídas. Breve paseo por Katavia y retirada.
día 8 PLAYA Y PASEO POR EL SUR INTERIOR
Desayunamos en la terraza de nuestra habitación y después caminamos un rato ascendiendo el promontorio que forma la península de Prasonisi. Dedicamos el resto de la mañana a hacer playa y windsurf. Comemos unos bocatas calientes comprados en la cantina (furgoneta tipo helados) que hay en la playa.
Por la tarde nos vamos de ruta. Tomamos primero una cerveza en la aldea de Lahania, en la taberna Platanos que está en una plaza flanqueada por la iglesia y dos fuentes, una de ellas turca. Acordamos que esta noche cenaremos aquí. Seguimos camino hasta Mesanagros, un enclave agrario, y de aquí por una pista de tierra hasta el monasterio de Skiadi, de construcción moderna pero con buenas vistas sobre la costa occidental. Bajamos hasta a Apolakia y por un laberinto de pistas polvorientas llegamos a la pequeña capilla bizantina de Agios Giorgios Vardas, con frescos muy deteriorados. De allí retornamos otra vez a la otra costa parando en Vati, que tiene calles estrechas y un par de tabernas. Al llegar a Gennadi intentamos visitar una iglesia bizantina que está al lado del campo de fútbol, pero está cerrada. Para hacer tiempo hasta la cena subimos a Asklepeio, que tiene una iglesia interesante. Llegamos a la caída de la tarde, y sólo quedan los indígenas. Somos turistas fuera de horario y tenemos una rara sensación de profanamiento al pasear por las callejas blancas trufadas de escenas domésticas y con alguna vieja lavadora abandonada, una constante en prácticamente todos los pueblos de por aquí. Hay misa en la iglesia y no entramos. Altavoces exteriores extienden por todo el pueblo la letanía del rito ortodoxo, parecida al rezo de un muecín. Tomamos unos vinos y una tapa de tomate y olivas en un desastrado bar. Nos envuelve el olor a sovlaki de carne.
Cenamos en Lahania: garbanzos con salsa, ensalada de sabroso tomate, hummus, dorada y costillas de arní a la brasa. Impresionante. La intensidad de cada uno de los sabores parecía estar elevada al cubo. Pido a la kyria cocinera los ingredientes del hummus: garbanzos, ajo, aceite de oliva, zumo de limón, sal y tahini.
Antes de dormir tomamos unas copas en Prasonisi en la terraza de uno de los moteles donde pasan un partido de la premier league en una pantalla gigante. Está lleno de windsurfistas treintañeros mayormente rubios/as muchos de los cuales ¡horror! se han traído sus ordenadores portátiles y están enfrascados en las pantallas.
día 9 LINDOS Y MONI THARRI
Nos hemos instalado en una confortable rutina soliplayera pero hoy hay que visitar Lindos.
Es un sitio que aunque está desfigurado por la gran cantidad de visitantes vale la pena ver. Subimos caminando hasta la acrópolis. Muchos lo hacen en borrico. Las parejas de burros cargados con turistas enrojecidos por el sol nos adelantan por las atmosféricas callejuelas azuzados por los gruñidos de los arrieros. De cara nos encontramos a algunos que vuelven ellos solos abajo, como perricos. Hay muy poca mierda en el camino porque una organizada brigada de limpieza va recogiendo con diligencia las deposiciones. La subida es fácil y rápida (de unos 10 minutos). En la subida, justo al final del pueblo nos fijamos en un hotelito encantador.
Pasamos por taquilla. Después de un primer recinto amurallado, una escalera muy transitada lleva a la parte alta. Hay bastante gente. Oímos hablar español en abundancia, incluso catalán. Desde arriba buenas vistas sobre la costa y las coquetas playas que flanquean por ambos lados el promontorio. Pero el nutrido fuego de barrera de las cámaras digitales y las grabadoras de video me hace andar incomodo por entre los restos griegos de lo que debió ser el ágora. En estos sitios, si te quedas mucho rato la gente te va dando sus cámaras para que les hagas fotos. Algún día voy a decir que no.
Bajamos y callejeamos por el pueblo, haciendo algunas compras y curioseando los menús de los restaurantes más famosos, como el Ambrosia. La noche que pasamos por aquí estaban en pleno servicio. A primera vista hay dos o tres restaurantes que nos parecen ciertamente sofisticados. Pero aparte de que conducir 50 kilómetros después de cenar nos parece un plan horrible, esta noche tenemos reserva para tomar katsiki en Katabia.
Atravesando el pueblo de Lardos, vamos por una carretera recién asfaltada y sin pintar hacia el monasterio de Tharri. Es una carretera amplia y rápida pero vamos tranquilos. En Grecia nunca se sabe: en Creta hace unos años íbamos por una autopista y esta se acabó de golpe, sin ningún tipo de indicación previa. Casi nos comemos el terraplén. Menos mal que vamos despacio, porque al salir de una curva nos encontramos un camión atravesado con obreros trabajando como si nada.
El monasterio está situado en una zona boscosa y solitaria. Hay un monje joven con pinta de joven hipi departiendo en inglés con una pareja. A la entrada del recinto, otro monje mayor que no saca los ojos del libro que está leyendo atiende un pequeño chiringuito con libros de fotos, botellines de ouzo, miel y pocas cosas más. Lo único que tiene interés (y bastante) del conjunto del monasterio aparte de la increíble tranquilidad del sitio es la iglesia, con el interior completamente recubierto de frescos bizantinos. Antes de entrar, junto al chiringuito de souvenirs, hay un stock de pareos para taparse los hombros, los escotes y las piernecitas que dejan a descubierto las bermudas.
Se acerca la hora de comer y afortunadamente Carme está de acuerdo en hacerlo en la taberna de Plimiri, a la que ya diremos adiós (snif) porque mañana volvemos a casa. De camino vamos a desviarnos un par de kilómetros para ir otra vez hasta Asklepeio y visitar la iglesia. Por un euro accedemos a un mini museo de arte sacro y luego a la iglesia forrada de frescos bizantinos. Es tremendamente interesante, como un cómic de muchas páginas que se lee mirando hacia arriba. Hay que relajarse y leer un rato, sin prisa, descubriendo escenas y detalles. Si yo tuviera que recomendaros algún monumento para visitar en Rodas sería este. Un pulpo de grandes ojos me mira desde el mar de Galilea que decora la parte derecha del techo en la nave central. Por la hora que es, me acuerdo de los pulpos de la taberna de Plimiri, secándose al sol. Allá vamos.
Para comer, hoy pedimos algunas mezes vegetales y luego sardinas, gambas de Symi, dos salmonetes y un pez local parecido a la escórpora. Es un banquete que me proporciona una gran cantidad de felicidad por el que pagaremos 46 euros en total, la cuenta más abultada hasta el momento en este maravilloso sitio. Es decir, un precio realmente ajustado desde nuestro punto de vista y visto lo visto desde que andamos por aquí. El servicio es, como siempre, perfecto. Este es un negocio familiar que funciona como un reloj suizo: el abuelo que lleva la parrilla (ya hablé algo de él), y la pareja joven: él sirviendo mesas y ella en el office, asesorando a los clientes y montando los platos. Dos niños juegan por la terraza. El abuelo deja a ratos la barbacoa y se sienta fumando y leyendo un periódico o mirando el mar. A veces sale, tantea los pulpos colgados al sol y escoge uno. Se pueden hacer las cosas igual de bien que las hace esta gente pero no puedo imaginar que se puedan hacer mejor ¿Seguirán durante el invierno?¿Abrirán la temporada que viene? No lo preguntamos. Sólo comemos felices y cada vez al acabar, les decimos lo felices que hemos sido comiendo. Pocas veces la Rough Guide (Greek Islands, edición del 2006) se debe haber equivocado tanto como cuando dice que en la playa de Plimiri hay “an indiferent taverna”.
Por la tarde playa y windsurf en Prasonisi.
Vamos a Katabia a cenar. Nada parece indicar que la reserva que tenemos en la taberna sea necesaria ya que no hay ninguna mesa ocupada. De hecho, nos damos cuenta de que no debe de ser muy habitual reservar mesa para cenar en esta taberna sin nombre de este remoto pueblo. Hay una numerosa tertulia de abuelos y abuelas que nos miran con curiosidad. La señora “efjaristó-zenkiu” nos recibe con una inmensa sonrisa. Problema: no vemos ninguna cabra entera asándose lentamente en la barbacoa ¿Se la habrán comido ya? Y si es así ¿nos habrán guardado nuestra ración? Nos sentamos diciendo “katziki, katziki” en un tono ligeramente desesperado.
-“Ne, katziki” –intenta tranquilizarnos la señora
Al rato, nos sirve chuletas de carne con guarnición. Están demasiado hechas para saber de qué son. Nos las comemos tristemente pensando en el final poco afortunado de la película que nosotros mismos nos habíamos montado. Para consolarnos algo, tomamos un riquísimo yogur con miel en el kafeneio de enfrente antes de irnos a dormir. Mañana, esto se acaba.
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abeiro
Sin adicción al foro :-)

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día 10 VOLVIENDO
Aprovecho la mañana haciendo windsurf. A las 12 pagamos el hotel y empezamos a volver a casa. El plan es buscar una playa agradable en el camino de vuelta a Rodas y pasar allí el día. Por suerte encontramos la playa ideal: Agía Agáthi, muy cerca de Haraki, al norte de Lindos. Hay tumbonas, duchas, wc y tres chiringuitos prefabricados pero nada de cemento. Fina arena blanca, aguas turquesas y familias nórdicas al sol. Enfrente una peña con los restos del castillo. Comemos sovlaki en un chiringuito. Siesta y baños en la playa poco profunda.
Volviendo a Rodas nos desviamos a Archangelos. Típico bullicio de pueblo un domingo tarde: adolescentes y famílias paseando en grupos, calles atestadas de jóvenes en motos y coches, liando una buena, terrazas a tope. Atravesamos el follón en dirección a la costa, bajando una empinada carretera hasta la playa de Stegna. Algo ha cambiado. Estos ya son los típicos pueblos de playa sin excesivo encanto. Poco que ver con el sur.
Llegamos a Rodas para un paseo nocturno y cenar antes de ir al aeropuerto. Nuestro vuelo sale a las 23:30. Paseamos por la ciudad nueva entre terrazas con turistas de mediana edad y buen poder adquisitivo hasta llegar a la playa enfrente de los lujosos jardines del casino de la ciudad. Luego volvemos hacia el puerto de Mandraki. Junto a las columnas coronadas por ciervos sobre las que se decía que se asentaba el coloso, pescadores domingueros pescan y al mismo tiempo escuchan la radio de sus coches con las puertas abiertas. Hoy son las legislativas y están informando sobre los primeros sondeos. La temperatura es ideal. Un perro está tirado en el suelo de espaldas, abierto de patas. Pasa olímpicamente de los flashes que algunos turistas arremolinados a su alrededor han empezado a disparar.
Huimos de los disparos hasta el mercado nuevo. Desgraciadamente todos los puestos de bocadillos están cerrados. Ninguno de los restaurantes del recinto del mercado tiene buena pinta. Al final accedemos a la propuesta de un camarero-gancho que habla perfectamente castellano. Tiene una hija viviendo en Valencia. Cenamos regular. Otro de los camareros está de mala leche: la tele confirma que Kostas Karanmalis ha ganado las elecciones. A pesar de la mala gestión de la crisis provocada por la ola de incendios de este verano, el gobierno de Nea Demokratia va a seguir. En estas elecciones se enfrentaba la tercera generación de dos sagas políticas griegas: Kostas Karanmalis vs. Georgios Andreas Papandreou.
En la ciudad vieja hay turistas pero bastantes menos que por el día. La calle de los caballeros, iluminada de forma tenue por farolas de pared, está prácticamente vacía. Entre los siglos XIV y XVI, cuando estuvo aquí la Orden de Malta su aspecto no debió haber sido muy diferente al que tiene ahora.
A la entrada del parking del aeropuerto nos espera el señor que nos alquiló el coche. Volamos a Atenas y esperamos allí la salida de nuestro vuelo a Barcelona dormitando en un rincón. Llegada al Prat y taxi a casa. Un viaje redondo.
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Oracio Holiveira
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Gracias por contarnos tu viaje, abeiro. Me ha gustado mucho seguir tus peripecias por las islas griegas.
Y me has dado tanta envidia que ya he reservado los vuelos para ir la próxima primavera a Grecia. Voy a abrir otro hilo para comenzar con la preparación del viaje. Es casi seguro que esta vez no iremos a una isla, aunque casi, ya que nos tocará visitar la región de Mani, en el Sur del Peloponeso, en la península central en forma de dedo.
Un saludo
Oracio
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abeiro
Sin adicción al foro :-)

Mensajes: 46
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Saludos Oracio, me alegra que te haya resultado de interés. Y más viniendo de un forero de cuatro estrellas como tú.
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