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Tema: CAIRO, SIWA, ALEJANDRIA, SINAÍ (Leído 1509 veces)
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Kiruna
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como no hay mucho trabajo, os pongo la primera entrega de la guia que -si puedo- redactaré para que a otros viajeros les sea más facil viajar por libre a Egipto. -------------------------------------------------- Del 6 de agosto al 16 de agosto. Itinerario: El Cairo, Siwa, Alejandria, Ain Soukhna, Dahab, Sharm el Sheik.VUELOS: Comprados en Spanair pero operados con Air Egypt. Vuelo BCN-El Cairo y viceversa dia 6/08 llegada 20.20 horas. Vuelo: El Cairo – BCN dia 16/08 9.45 a 14.20. Unos 1000 euros los tres (niña de 3 años). Salida y llegada T1. Vuelo Sharm el Sheik- El Cairo con Egyptair salida 06.25 llegada 7.25 (249 USD los tres). Observaciones: pese a que nos dijeron que no podían embarcarnos el equipaje en Sharm directo a Barcelona por haber comprado el pasaje a Spanair (salia más económico) en facturación no tuvieron ningun problema en etiquetar nuestro equipaje directo al Barcelona. Escala entre vuelos el dia 16; 2 horas. Todos los vuelos fueron puntuales. DIA 6/08. LLEGADA AL CAIRO.Nuestro vuelo llego puntual a El Cairo. Antes de pasar por el control de equipajes compramos libras egipcias (cambio oficial 1euro = 7,51 libras) a 7,48. En las mismas cabinas de cambio del aeropuerto se compran los visados (15 USD por persona) que posteriormente en el control de pasaportes se pegan al pasaporte y se visan. No hace falta fotografía. A la salida nos esperaban el personal del hotel para llevarnos al aeropuerto. Según que hoteles este precio puede ser más o menos económico (dependiendo del hotel y del coche). Nos costo a los tres 20 USD y lo concertamos –aun sabiendo que era caro- para evitar regateos a las nueve de la noche con taxistas cariotas. También cabe la posibilidad de hacer dicho recorrido en taxi (no se debe pagar más de 30 -40 libras, lo cual es considerablemente más barato que lo que nos costó a nosotros) o también de un servicio de limusinas (a la derecha antes de la puerta de salida del aeropuerto) a 30 USD el viaje. Llegamos a nuestro hotel http://www.cataracthotels.com/pyramid/index.htm el hotel, Cataract Pyramids en Giza. El alojamiento con desayuno: 39 euros. Se trata de un resort enorme con piscinas, varios restaurantes, inmensos jardines, y alojamiento en bungalows, etc. Cuando llegamos se estaba celebrando una boda. Las habitaciones están algo dejadas pero tienen todas las comodidades necesarias: wi-fi, amenities en el baño, terraza privada, aire acondicionado, tv internacional (incluido la 1). Cama grande, cuna disponible (un poco vieja). Cenamos en uno de los restaurantes del hotel (bien y barato, 45 libras por un sanwich club y un kofka kebak) y el trato para la pequeña inmejorable. DIA 7/08 EL CAIRO-TRENTras un desayuno abundante y servido en un gran salon, media hora antes de lo previsto, la agencia GEZIRA TRAVEL www.geziratravel.com ya nos envío un corresponsal para entregarnos nuestros billetes de tren. Fuera nos esperaba una amplia furgoneta (donde cargamos nuestro equipaje puesto que no regresábamos al hotel) con guía en castellano y chofer con nociones en ingles. Habíamos contratado con la agencia un tour de día por el cairo (50 USD por adulto) +30 USD por disponer de chofer y coche al finalizar el tour. Los precios resultan bastante caros (un taxista por unos 25 euros hace exactamente lo mismo) pero la agencia fue la única que nos reservó por adelantado los billetes del tren nocturno con un mínimo de fiabilidad. Al ir con una niña y con las maletas todo el día, no contratamos un taxista para mayor comodidad. Tuvimos la gran suerte –al menos para mi- de que finalmente nuestro guía (en castellano) fuera Ossama (más adelante en los anexos pondré su mail) que a parte de simpático como todos los guías fue franco y sobretodo era copto, religión por la cual albergaba hasta ahora muchísimas preguntas que finalmente me fueron resueltas. Primera parada: las pirámides de Gizah (las entradas las llevamos incluidas pero cuestan 60 libras por persona y no incluyen la entrada al museo donde se alberga la barca del faraón). Tras visitar las pirámides (actualmente se puede entrar en dos de ellas, las mayores, aunque nosotros no lo hicimos, personalmente ya había entrado y sus pasadizos son claustrofóbicos), visitamos también la esfinge y su complejo funerario. Segunda parada: Sqqara. Visita de la pirámide escalonada de Zoser. Entrada 60 libras por persona (también la llevábamos incluida). Tras ello, nuestro guía insistió en que visitáramos las fábricas de papiros y las casas de perfumes (y nos confesó que el ganaba una comisión sobre nuestras compras), a lo cual nos negamos a visitar ninguna de estas “tiendas” puesto que la visita iba a ser inútil y no íbamos a comprar absolutamente nada. Normalmente estos tours suelen incluir “museo egipcio” que tampoco fuimos puesto que preferimos (tal como ya lo habíamos expresado en la agencia) realizar una visita al Cairo copto. Nuestro recorrido se inicio en la antigua y solemne iglesia suspendida (entrada libre). Frente a una estación de metro y al lado del museo copto. Se trata, al menos para mi, de una de las más bellas iglesias católicas del mundo, llena de curiosidades (como su devoción por San Jorge y los tapices tejidos en su honor), edificada a varios metros sobre el nivel de El Cairo (de ahí su nombre). A la entrada de la misma el guía nos explicó quienes eran los que aparecen en las diversas fotografías (los papas coptos) y el porqué de su división con la iglesia católica, así como diversas curiosidades de vidas de santos como San Antonio de origen copto). También sobre como viven los coptos (una minoría) en Egipto, sus orígenes y cuando y porqué se tatúan en la muñeca izquierda una cruz copta y el significado de la misma. A través de callejones llegamos a nuestra siguiente parada: la iglesia de San Sergio (entrada libre) que alberga la cueva (hoy anegada) donde se refugio la Sagrada Familia (Jesus, María y José) en su exilio de Jerusalén a Egipto huyendo de Herodes y su manía por cargarse a los primogénitos. No es una iglesia tan bella ni tan conocida como la anterior, pero resulta curioso observar como estas iglesias coptas han sobrevivido al paso del tiempo. Tras un paseo por el Barrio copto, llego el fin del tour. De allí ( a las 17.00 horas) nos dirigimos al Egyptian Faraons Village. Se trata de una “isla” en el Nilo donde se recrea la atmósfera del antiguo Egipto muy orientada para niños. Es como si fuera un Belen viviente donde los trabajadores representan y visten como los antiguos egipcios. El tour completo consta de: visita a la villa en barco (un barco a imagen de los antiguos), parque infantil, visita a los 5 museos de la isla, comida y paseo de 60 minutos en barco por el Nilo. Su precio 200 libras (adulto). Existen otros packs menos completos y mucho más baratos. Cabe recordar que viajabamos con una niña pequeña. Al entrar nos embarcaron en un barco los tres solitos y nos pusieron un audio en castellano donde se nos iban explicando las costumbres y usos del antiguo egipcio al mismo tiempo que desde la orilla unos personajes, ataviados con ropas y enseres como los de la época faraónica, interpretan diversos papeles (creación de papiros, labranza de las tierras, etc). Como poco, los 60 minutos en barco alrededor de la isla, son curiosos. Al llegar a la isla, una guia en español, nos esperaba para conducirnos primeramente a la recreación del templo de Karnak (también con personajes), a una casa de un noble y a una casa de un campesino y su familia. Después se iniciaba el recorrido por los cinco museos (al tercer museo declinamos pues estábamos muertos de hambre). Nos llevaron al comedor y sin poder parar en el parque infantil fuimos a las 19.00 horas a toma el barco que nos llevaba a dar una vuelta por el Nilo y contemplar los edificios que hay en sus orillas. A las 21.00 horas, tras un par de paradas (supermercado y alguna foto curiosa), el chofer nos dejaba –no sin dificultades debido al denso tráfico- en la estación de tren Ramses. Desgraciadamente dicha estación estaba en obras y era más que caótica. Finalmente encontramos quien nos indicara desde donde se tomaba el tren nocturno. Normalmente dicho tren sale de la plataforma 1. Tren nocturno Cairo-Marsa Matrough. Se trata de un tren que sale a las 23.20 horas de El Cairo y llega a Marsa Matrough (también escrito Mersa, costa Mediterránea y último enclave importante antes de la frontera con Libia) a las 6.30 horas. El billete cuesta 43 USD adulto en camarote doble y 60 USD single sin compartir camarote. Niños no pagan. Para una persona adulta sale mucho más económico un vuelo si consigue billetes a Marsa Matrouhg que no hay regularmente. Para 3 personas (los niños igual pagan tasas de avión) no sale a cuenta y además elegimos el tren por ganar tiempo puesto que se viaja de noche. La agencia nos cobro 10 USD por trayecto y persona por reservar dicho tren. La página web del tren nocturno www.sleepingtrains.com muestra horarios y precios de los trenes (siendo más conocidos y populares los que van a Luxor) pero a pesar de que tiene un apartado de contacto, no contestan a los mails (al menos a los míos a pesar de enviar unos cuantos). Normalmente en dichos trenes ser reserva con un día de antelación (día del que no disponíamos) y no suele haber problemas para encontrar compartimento (y además en este tren también existía la opción de hacer el trayecto en butacas) excepto en nuestro caso, que iba completo por que en Marsa es temporada alta y el tren iba lleno con lo que fue un acierto reservar. Dicho tren con destino a Mersa Matrough solo funciona en determinados días de la semana y en verano. A las 22.00 horas subimos al tren, un revisor-camarero nos indico nuestro compartimento (por suerte el más alejado a los baños). Se trata de tres asientos grandes y cómodos (que se transforman en dos literas), un lavabo con toallas limpias, un lugar donde colgar ropa, una mesa plegable y un espacio limitado para maletas. En cuanto salió el tren fuimos los primeros en ser servidos con la comida (comida de avión) y prontamente el responsable nos desplegó las literas (con sabanas y mantas aceptables). Al estar tan cansados nos fue muy fácil conciliar el sueño (a pesar de los vaivenes continuos del viejo tren a gasoil) y tuvimos que arroparnos bastante debido al frío del compartimento. Mi marido pensaba que íbamos a descarrilar de un momento a otro pero por suerte eso no pasó.
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DIA 8/08 MARSA MATROUGH-SIWAVeinte minutos antes de la llegada a Marsa nos despertó el revisor para traernos una bandeja de desayuno de lo más frugal; un trozo de pan, un quesito, algo de fruta o yogur, no recuerdo bien que más y faltaba el café. Por suerte habíamos comprado agua suficiente en El Cairo porque en ninguna de las dos comidas nos fue servido ningún líquido. Tras la última visita al pestilente y compartido aseo desembarcamos en Mersa Matrough a las 6.30 horas, con un sol aplastante ya de buena mañana. Medio dormidos cogimos el carro de la peque, nuestra mochila y la maleta con ruedas y bajamos las altas escalinatas de la estación donde una media docena de taxistas aguardaban la llegada del tren. Creo que éramos los únicos extranjeros que habíamos tomado dicho tren y eso se notaba en la cara de los taxistas deseosos de prestar sus servicios a un precio más elevado de lo normal. Al preguntarnos nuestro destino se ofrecieron a llevarnos a Siwa, pero declinamos –sin tan siquiera preguntar el precio de 350 kilómetros de recorrido- y solicitamos a un taxista de barba abundante y chilaba no tan blanca como hubiese sido deseable, cuanto costaba un desplazamiento hasta la estación de autobuses de Marsa. Otro taxista hacia de traductor y nos pidió la exorbitante cantidad de 10 libras por una carrera –entonces no lo sabíamos- de apenas 4 minutos. Accedí rápidamente (a las seis de la mañana pocas ganas tiene una de discutir por 1,33 euros) y de repente, con los bártulos metidos en el coche y la niña en mi regazo se desencadeno una guerra campal entre los taxistas. Todo empezó con unas palabras de alto tono ( berberé fue algo que pude distinguir nitidamente) entre los del gremio que habían intervenido en la conversación, el traductor y el que nos iba a cobrar las 10 libras, que siguió con unos empujones más o menos agresivos, hasta que se llego a las manos mientras el resto de taxistas jalonaba la pelea. Finalmente el taxista propietario del taxi en el que estábamos cogió una enorme piedra del suelo y se la lanzo al traductor atinando con ello a otro vehículo. Nos fuimos en medio de gritos y malas caras de los transportistas hacia el timante taxista intuyendo tras la agitada pelea que se negaba a dar comisión –por otra parte merecida- de su carrera. Tras el incidente llegamos a una estación de autobuses sobre las 6.45 y sin mediar palabra con el todavía acalorado taxista, pagamos lo convenido y nos apeamos. Frente a una abarrotada taquilla de tickets, sin ningún cartel en ingles o cualquier otro idioma que indicara que lo era, y con un buen puñado de egipcios que se amontonaban sobre la estrecha ventana de la taquilla sin guardar cola ni concierto me abrí paso a codazos y empujones entre los hombres que allí se agolpaban con cierto griterío. Conseguí hacerme entender y que me expidieran dos billetes de autobús a Siwa, pero solicitar horarios ya hubiese sido excesivo puesto que los nativos no respetaban ni a mi persona ni mi conversación con el empleado de la West Delta Company ( www.bus.com.eg/EBus/.../Home/west/services.aspx). Nos costó 34 libras el trayecto, mucho menos de lo que decía la guía. Al ver llegar al destartalado autobús comprendimos que iba a ser un viaje largo puesto que el vehiculo negaba cualquier cómoda condición, sus asientos estaban bastante deteriorados, su techo había desaparecido en algunos lugares, y las cortinas de las ventanas tenían un aspecto sucio y raído. A las 7.30 horas el autobús inicio su camino hasta Siwa; 350 kilómetros, 4 horas, por una carretera del desierto carente de cualquier interés a excepción de observar algunos camellos diseminados por el camino. Una mujer, totalmente cubierta de negro con solo los ojos a la vista, que viajaba con su marido –al cual le profería varias ordenes a menudo- y su hija de unos 5 años, me dirigió la palabra en perfecto inglés para interesarse por mi hija. Creo que ha sido la primera vez que una mujer tan cubierta se ha dirigido a mi y me sorprendió su facilidad para el inglés cuando en Egipto dicha lengua se maltrata más que habla. También me hizo cierta gracia la escena familiar; la mujer y la niña compartían dos asientos, mientras que el marido era relegado a dos filas más atrás y custodio de las maletas. Mediante la niña, la mujer le hizo llegar al marido solitario un panecillo que el hombre recibió de buena gana y lo abrió para observar su interior, que por cierto estaba vació, pero del que igualmente dio buena cuenta. El autobús hizo una breve parada en una cantina destartalada, junto a una reducida mezquita, donde los parroquianos bajaron y cuyos aseos, obviamente de placa turca, son de los más malolientes que recuerdo. Sobre las once de la mañana se abrió ante nuestra vista un vergel de verde esmeralda repleto de palmeras. Habíamos llegado a Siwa. Siwa; información práctica: se encuentra a más de 500 kilómetros de El Cairo y a unos 50 kilómetros con la frontera libia; con una población de aproximadamente 20.000 habitantes, su lejanía respecto a los principales enclaves egipcios les ha hecho preservadores de una lengua propia (el siwi) y de ancestrales tradiciones que se palpan en el ambiente siendo sus habitantes bastante conservadores de sus costumbres. Cabe destacar que hasta 1980 no se construyo la primera carretera asfaltada (Siwa- Marsa) que conecta a Siwa con Egipto. Sus recursos principales son la agricultura (dátiles y olivos) y el turismo siendo temporada alta y afluencia de visitantes en invierno. Como llegar/salir de Siwa: Para llegar o salir de/a Siwa, según mi experiencia, existen varias opciones: - coche de alquiler desde El Cairo (560 km) o desde Alejandria (unas 6 horas parando). De El Cairo a Alejandria hay autovia (la más famosa es la Desert Road, de peaje, 4 libras). - Autobus desde el Cairo (8 horas) o desde Alejandria (6 horas) - en verano; tren nocturno desde El Cairo o desde Alejandria (Moharam Break). En coche cama 43 USD el trayecto en doble (total 86 USD ida) o 60 USD en camarote individual el trayecto. En doble (dos personas) al final te sale a 172 USD. - vuelo Cairo-Mersa Matrough (en agosto un vuelo costaba 178 USD). Con Egiptair. - contratar una excursión desde el Cairo o Alejandria (por cinco noches en Siwa llegaron a pedirme hasta 500 euros). También hay agencias que incluyen todos los oasis en tours de 10 días o más. - taxi compartido. De horario incierto hay que esperar a que se llenen (mínimo 7 personas pero claro, queda a discreción del conductor). En Mersa Matrough la estación de taxis compartidos se encuentra justo al lado de la estación de autobuses. En Siwa se toman desde la plaza central (bajo la fortaleza de Siwa). Durante nuestros viajes de ida y vuelta en autobús observamos bastantes taxis de este tipo y creo que también suelen realizar una corta parada en el trayecto Siwa/Mersa. Desde Alejandria también es posible tomar un taxi compartido a Mersa Matrough pero desconozco los detalles. También desconozco el precio. El Oasis de Siwa se caracteriza por poseer las ruinas del famoso l Oráculo de Amon (el cual fue consultado por el propio Alejandro Magno antes de emprender su cruzada en Egipto) y por una pequeña necrópolis de la época faraónica bastante mal conservada. Sobre el núcleo urbano se alzan los restos de la antigua Shali, donde residia la población, y entre sus atractivos naturales destacan la cantidad de pozas de agua naturales que los nativos utilizan para refrescarse (siendo la más concida el Baño de Cleopatra ya mencionado en sus escritos por el griego Heterodoto) y la Fatnas Island (un lago natural de extraordinaria belleza en un extremo del oassis). Además, por doquier, tanto en el centro de la ciudad como en los hoteles, se pueden contratar excursiones a Beir Wahed, un pozo de aguas cristalinas adentrado en el desierto de arena donde los turistas extranjeros suelen bañarse ajenos a las miradas locales, y proximo también a un jacuzzi natural de aguas calientes y sulfatadas. Dicha excursión oscila entre las 500 y las 400 libras (con permisos incluídos) aunque aconsejo contactar con el responsable de la oficina de turismo de Siwa (más adelante pondré su mail) para más información y precios. El alojamiento en Siwa es abundante en relación con el turismo que recibe y lo pequeño de su núcleo urbano y sus tarifas no son excesivas, a excepción del famoso ecolodge situado en las afueras Andreré Amerall (cerrado durante el mes del Ramadan) www.adrereamellal.net. Nuestra opción fue el hotel Siwa Safari Gardens www.siwagardens.com a 65 USD la triple con M.P. SIWAAl apearnos en la sencilla estación de autobuses de Siwa nos dispusimos a buscar un taxi para llegar hasta el hotel, dado que no teníamos ni idea de su ubicación. Pero para mi sorpresa en el oasis no hay taxis, apenas hay vehículos a motor siendo los asnos los reyes indiscutibles de carreteras y caminos. Lo más parecido a un vehículo que se nos acerco fue un joven con una moto y anclado un remolque azul de pequeñas dimensiones. Al ver que no podía acceder a ningún otro medio de transporte más cómodo, tuve que emprender el típico regateo aún a sabiendas de mi desconocimiento del lugar. El “taxista” no acepto nuestra rebaja (de 20 a 5 libras por llevarnos) y nos dejo desamparados viendo como a mi marido le cambiaba el semblante. Por suerte, volvió a aparecer accediendo a nuestra petición para llevarnos al hotel, solo que cuando le dije el nombre del hotel el hombre volvió a desaparecer apareciendo de nuevo con un “traductor”. Tuvimos que renegociar el precio de la tarifa bajo un sol aplastante porque nuestro hotel se suponía se encontraba “más allá de la montaña redonda” y eso era bastante trayecto. Al final acordamos 15 libras. Así metimos a mi niña sobre su cochecito y este sobre el remolque, tal como una faraona, y nosotros nos sentamos sobre nuestra maleta dado el reducido espacio libre del vehículo. Tras unos veinte minutos de transporte dejando a nuestro paso casas de adobe y tejados de palma, por caminos de tierra amarilla y siendo objeto de las miradas curiosas de los habitantes de Siwa llegamos a un hotel que resultó ser distinto al nuestro, por lo que nos negamos en rotundo a apearnos del remolque hasta que no fuéramos conducidos a nuestro hotel. El pobre muchacho tenia cara de circunstancias y por doquier preguntaba a los hombres que se encontraba por su paso y en las recepciones de distintos hoteles mientras nosotros nos tostábamos en el remolque. Finalmente, y tras otros veinte minutos de vagar por los caminos del oasis, dio satisfactoriamente con el hotel. Le regale 5 libras pagándole al final las 20 libras que me había solicitado inicialmente, gesto que me agradeció y no dejo de saludarnos durante toda nuestra estancia en Siwa. Al llegar al hotel un hombre desaliñado, de pelo y barba canosa, vestido con pantalones cortos y una camiseta verde que no se cambio durante toda nuestra estancia, nos saludo efusivamente llamándome por mi nombre. Nos enseño las instalaciones del hotel (piscina, una jaima donde se fumaba narguile en algunas ocasiones) el comedor del hotel y finalmente nuestra bonita habitación de techos abovedados en la segunda planta. Sin pensarlo dos veces nos cambiamos para pasar un buen rato disfrutando de la pequeña piscina verde esmeralda del hotel. El agua de toda Siwa olía a azufre y especialmente la de la piscina y regadío del jardín. Pocos huéspedes más de origen occidental vi durante nuestra estancia en Siwa y observe como las pocas mujeres extranjeras vestían de forma muy adecuada, tapándose las piernas y usando mangas (aunque cortas) para tapar sus brazos. Y es que las costumbres en Siwa no han evolucionado tanto como en otros enclaves de Egipto. Mención aparte merecen las mujeres de Siwa. Pasamos largos ratos sentados en la calle observando el devenir de dichas mujeres; a pocas de ellas (solamente a dos) vimos andando por la calle y la mayoría eran transportadas en carros guiados por el mayor de sus hijos varones (a menudo apenas un niño de seis años) y cuya sola visión causaba una mezcla de pánico y curiosidad. Las mujeres en Siwa mayoritariamente visten un gran velo de color gris o azul claro que exhibe bordados en rojo sobre el cráneo y que las envuelve completamente a excepción de sus caras, que ocultan por entero bajo dos tapas de tul negro que apenas las deja ver por lo que siempre han de recurrir a la ayuda externa. Mientras que los burkas que se utilizan en países de tradición islámica extrema ocultan los ojos de las mujeres mediante una red, en Siwa dicha red es negra y más tupida de modo que oculta completamente el rostro de manera que ni tan siquiera se puede imaginar la fisonomía de las mujeres ni tampoco su edad. Como en muchos otros sitios islámicos, las mujeres quedan relegadas al cuidado del hogar, de los hijos y del campo (aunque no vimos a ninguna mujer haciendo tareas de campo) siendo los hombres quienes realizan las compras o regentan los negocios. A las mujeres en Siwa nos las veíamos ni siquiera a la entrada de la única mezquita de la ciudad (por cierto, la última en todo Egipto que incorporó la megafonía siendo entonces tradición que se llamara a la oración a viva voz desde el minarete hasta finales del siglo XX) ni en ningún sitio a excepción de subidas en carros tirados por pequeños asnos y siempre acompañadas de algún varón. La primera tarde en Siwa tratamos de ir al banco en busca de cambio, puesto que este abre por las tardes en determinados meses. El banco se sitúa próximo a la parada de autobuses y según reza la lonelyplanet, se trata posiblemente, del único banco de adobe del mundo. Un policía que montaba guardia fuera nos abrió la puerta (que no estaba cerrada ni con llave ni con candado) y accedimos por un buen rato a un banco completamente vació. Creo que es la primera vez en mi vida que accedo a un banco y puedo pasear entre las mesas de los empleados, ver donde realizan su te y observar sus cajones, caja fuerte y transacciones sin ninguna presencia de empleados de la entidad y por supuesto sin cámaras. Salimos del banco algo anonadados por la experiencia para dirigirnos a la oficina de turismo donde se repito la experiencia. Puertas abiertas, papeles, un ordenador pero no había nadie en todo el edificio. Pagamos 2,5 libras para conectarnos en el único Internet y en el único ordenador de la ciudad y contemplamos al anochecer la antigua y derruida fortaleza de Shali que se alza sobre la plaza mayor, junto a la mezquita y contiguo a un enorme plano de SIwa realizado en relieve. Hicimos algunas averiguaciones sobre como llegar Beir Wahed (excursión que al final descartamos) y regresamos al hotel para dar cuenta de un pollo que antes de nuestra partida habíamos oído cacarear.
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« Última modificación: Agosto 25, 2010, 10:19:41 por Kiruna »
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DIA 9/08 SIWATras descartar la visitar a Beir Wahed, decidimos que buscaríamos transporte para acercarnos a ver algo más de Siwa a parte del centro al que nos dirigimos tras desayunar. He de decir que pese a las vueltas y más vueltas en tuc tuc del dia anterior, nuestro hotel se hallaba comodamente ubicado a unos cinco minutos andando del centro de Siwa, próximo al Paradise Hotel ( www.siwaparadise.com) un hotel con menos encanto que el nuestro pero que tiene buena de organizar excursiones, especialmente a Beir Wahed. El paseo era agradable, un camino de tierra, un par de casas de adobe, y algunos comercios (entre ellos una carniceria) y muchas palmeras y animales y niños sueltos por la calle. A estos últimos siempre los vi descalzos a pesar de la multitud de piedras de los caminos. Nos dirigimos en primer lugar al banco (buen cambio, a 7,48) y me resulto chocante ver tantos empleados con corbata y pelo engominado después de haberme paseado tranquilamente y solitaria por la oficina la tarde anterior. También tuvimos suerte al encontrar al encargado de la Oficina de turismo en su despacho, el cual nos dio un mapa bastante gráfico y sencillo, pero no por eso dejaba de ser útil, sobre Siwa y sus atracciones, nos resolvió algunas dudas sobre nuestro itinerario (nos prometió buscarnos un mapa de carreteras) y nos entregó algunos folletos. De ahí fuimos a la parada de “taxis” del centro (a escasos dos minutos, el centro de Siwa es minúsculo). Por supuesto lo de taxis es un eufemismo puesto que la parada consistia en tres carros pequeños, tirados por asnos de menudas dimensiones y niños que los guiaban. Uno muy “salao” y charlatán fue el primero en abordarnos, y tras el típico regateo (que tampoco fue excesivo) por 10 libras accedió a llevarnos al Baño de Cleopatra, pasando por el Oráculo de Amón y por las tumbas (aún con restos ptolemaicos). Eso si, nuestro avispado amigo, primero hubo de encargarse de que un amigo con tuc-tuc transportara a su madre a casa y de hacer unos recados (compras) y siempre nos miraba y decía “one minute please”. El minute fueron 15 pero no nos importo demasiado y nos divertía ver al pequeño de cómo mucho once años desplazarse y gestionar las tareas domésticas. Finalmente nuestro taxista se presento como “Mohamed” y su burro “Alibaba”. Le contesté que si sabia que Alibaba siempre estaba rodeado de ladrones. De las ruinas del Oraculo de Amon poco que destacar; ni siquiera entramos puesto que lo poco que quedaba de aquel que un día fue visitado por Alejandro Magno y que tuvo fama mundial por acertar en sus predicciones, poco quedaba en pie. Las tumbas también habían corrido la misma suerte. En una media hora (o más) llegamos al Baño de Cleopatra. Se trata de un manantial natural, a forma de piscina redonda no muy grande y bordeado por hormigón para su mejor acceso, que estaba repleta de niños y algunos mayores chapoteando; todos ellos hombres por supuesto. En esos momentos disfrutaban viendo como una extranjera rubia se daba un chapuzón todo y que la chiquilla (no tendría más de 16 años) se sumergía vestida tal como se recomienda. El agua tenia un insólito color azul oscuro (lo cual no la hacia muy apetecible, la verdad), pero al ser movida tomaba alrededor del cuerpo un color turquesa, y si se zambullían de cabeza incluso olas blancas. Al lado un estupendo café-restaurante, con cojines, techos de palma y muebles hechos a mano de lo más tentador. Tras beber algo, regresamos al hotel y le dijimos a Mohamed que por la tarde (con la puesta de sol) visitaríamos Fatnas Island, pero no concertamos ninguna hora. Tras disfrutar de lla piscina del hotel, comer y dormir (excusas para los que vamos con niños que al final son los pequeños placeres del viaje) fuimos bien tarde, sobre las seis, a buscar a nuestro amigo Mohamed. El chaval no estaba, ni rastro. Pero otro chaval igual de avispado aunque algo mayor nos acordó el precio (15 libras puesto que el lugar se hallaba más alejado) y nos llevó a Fatnas Island. Nos dijo que se llamaba “Mohamed” y antes de que prosiguierá le dije que claro, y que su burro era “Alibaba”. Fustrado me preguntó quien era el chaval que le había suplantado su identidad por la mañana y me preguntó si era “más moreno o más claro que él” a lo que a duras penas pude responder pues todos los chavales guardaban para mi, mucho parecido y les diferenciaba por su estatura y manchas en sus chilabas blancas. Le dije que habia sido “muy simpático” y maldijo algo en su idioma que no logré entender. Después de un pique de velocidad, con otro carro dirigido por un padre de familia y su prole compuesta por cinco hijos varones de cortas edades a los que les hacia mucha gracia observar a hija, nos llevó a Fatnas Island después de golpear severamente en diversas ocasiones al pobre asno. Con cada latigazo a mi se me salía el corazón, aunque puedo comprender –en parte- que muchas veces hacia girar la cabeza del animal para que viera la bara antes de atinarle un golpe por si lo disuadía de su empeño en tomar la dirección equivocada. No obstante el largo trayecto (más de 45 minutos) mereció la pena al llegar al lugar. Rodeada de agua sulfurosa y con gran salinidad (o cal o vete tu a saber que era aquello blanco) Fatnas Island se abre con una charca parecida al Baño de Cleopatra, solo que muy negra y menos salubre a la vista, y un camino entre las palmeras que finalmente se abre para la visión de un lago enorme entre el oasis y el gran desierto de arena. La puesta de sol, sentados a orillas del lago, en un pequeño bar, tomando un “sprite” con nuestro conductor, bajo las palmeras es un decorado magnífico. Creo que en ese momento sentí que había valido la pena recorrer tanta distancia para llegar hasta Siwa. No obstante la vuelta, al anochecer, fue horrorosa debido a nuestra negligencia de no haber tomado las medidas oportunas; un poco de repelente hubiese servido para acotar las más de veinte picaduras de mosquitos que nos acecharon. Por suerte la pequeña no recibió tantas como su padre que a duras penas podía mantenerse en pie el día siguiente sin rascarse las piernas. Observamos también que una familia italiana se había desplazado hasta Fatnas Island con un 4x4 y guía privado (supongo que dentro de un paquete turístico) y que nuestros vecinos de hotel (una pareja gay) lo habían hecho cómodamente alquilando unas bicicletas lo cual me pareció una excelente y saludable manera de recorrer Siwa. Siwa gay: Aprovechando el inciso de nuestros compañeros de hotel comentar algo que incluso la guia lonelyplanet refleja en sus páginas dedicadas a Siwa; hasta la segunda guerra mundial el matrimonio entre hombres se realizaba con cierta normalidad en Siwa, todo y que en 1928, en un viaje del Rey Fuad a Siwa, estos fueron prohibidos. La razón parece ser estriba en que para controlar la natalidad, los hombres del oasis no podían casarse hasta cumplir los 40 años. A aquellos varones menores de esa edad les estaba vetado vivir en el pueblo, y habían de residir fuera de sus fronteras, al cuidado de las tierras. A menudo formaban matrimonios con los terratenientes hasta que alcanzaban la mocionada edad. Dichos hombres eran conocidos como los Zaggalah. Diversos eruditos que se acercaron hasta Siwa, entre ellos Alejandro o los propios griegos de la antigüedad, remarcaron esta costumbre de los matrimonios homosexuales que ha pasado a la historia. Según la guía impresa, a los hombres de Siwa no les gusta en absoluto y se sienten muy molestos, si se les recuerda su pasado homosexual y son considerados como “homófobnos”. No obstante, a raíz de la historia, muchas guías de viaje gay incluyen Siwa como lugar de visita. Nosotros pudimos comprobar que un gran número de las parejas con las que nos topábamos eran homosexuales, lo cual no nos dejaba de llamar la atención según la “supuesta” homofobidad que se les supone a los hombres de Siwa. Sin embargo, me parece impensable que en un remanso de paz como es este Oasis, puedan llegarse a ver reacciones violentas como la guía sugería. Por la noche teníamos pescado (supuestamente del mar y no del lago, pero yo lo dudo) que estaba bastante bueno, acompañado de una gran ración de cus-cus, arroz, patatas, verduras con salsa y por supuesto, pan recién hecho. A la niña se le abrieron los ojos como platos al ver la enorme gelatina roja que le habían preparado de postre.
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DIA 10/08 SIWA-MERSA MATROUGH-TREN
Todo el mundo, el dueño del hotel y el responsable de la oficina de turismo de Siwa, me decían “madame, that is impossible!!” pero yo, erre que erre. Cuando preguntaba si había ocurrido algún cataclismo o existía alguna restricción gubernamental que me impidiera coger el autobús de Siwa-Mersa de las 14.00 horas la respuesta que obtenía era que se trataba del único autobús que no tenia aire acondicionado. Entendí entonces porqué era más barato (34 libras el trayecto).
El autobús anterior era a las 10.00 horas, llegando a Mersa a las 14.00 condenados a cargar con nuestras maletas (ni se me paso ni creo que la destartalada estación de tren de Matrough tenga una consigna de maletas decente y mínimamente fiable) hasta las 22.00 horas cuando el tren partía. El siguiente enlace (a las 18.00 horas), no nos dejaba margen así que no teníamos más remedio que tomar el autobús destartalado, de techos caídos, asientos rotos y cortinas sucias en el que habíamos llegado (y que desde entonces no se habia limpiado, todo hay que decirlo). También cabe la posibilidad –y muchos habitantes de Siwa optan por dicha opción- de tomar taxi compartido (unos cómodos minibuses) hasta Mersa, pero su horario es incierto.
Permanecimos en el hotel hasta las 13.00 horas (piscina y comer algo a la sombra) y nos fuimos a comprar el billete; por supuesto había plazas de sobra. Ese día, tal como pude leer en la ventanilla de venta de tickets, se adelantaba el reloj una hora (también empezaba esa noche el Ramadán). Antes de partir un hombre vino corriendo y jadeando hacia nosotros; era el responsable de la oficina de turismo que nos había conseguido el mapa de carreteras que la verdad sea dicha, no nos servia de nada por lo malo que era. Pero la intención es lo que cuenta.
Durante el trayecto no hubieron percances; salvo un hombre (esta vez en el autobús solo viajaban hombres) que se puso a fumar pero que fue disuadido al instante por los gritos del resto de los viajeros. También nos dimos un buen susto con un camión que hizo un adelantamiento peligroso hasta para los propios egipcios, y por una mandada de camellos que cruzó la carretera sin mirar, obviamente, por lo que el autobús hubo de detenerse. Ellos nos permitió ver a esos bichos de cerca, sobretodo porque al autobús le costo 15 minutos arrancar, justo el tiempo que tarde en ponerme nerviosa. La mocosa pasó el camino durmiendo. Con las ventanas abiertas, calor no hacia, ruido sí.
A las seis de la tarde llegamos a Marsa Matrouhg y tras disuadir a mi marido de andar los 2,5 kilómetros que distan de la estación de autobuses a la playa (odia el regateo al que le someto cada vez que llega la ocasión), tomamos un taxi (esta vez sin incidentes) que me pidió 10 libras regateando hasta las 7 libras. Le dije que nos dejará en “el Mac Donals de la Corniche” que no sabia donde andaba pero conociendo a esta cadena de comida rápida, tuve la impresión que no andaría muy lejos del bullicio. Acerté y de paso me las di de lista ante el taxista (todo y que no sabia si existía el Mac Donals aunque había leído que en verano se abrían restaurantes de comida rápida americana).
Menudo lujo el Mac Donals de Mersa!! Seguridad privada y detector de metales en la entrada (que casi lo fundimos con nuestra mochila, nuestra maleta y el carro de la niña) y su ubicación era más que estupenda. Es la primera vez que visitó un Mac Donals en primera línea de mar, con balcón privado a la playa, sombrillas, música ambiental y jardines de hibiscos. Como la comida del tren es bastante mala (como la de los aviones) cenamos a las seis de la tarde. La niña cayó en gracia al responsable del lugar (iba con traje por eso se que era el jefe) que hasta me pidió permiso para regalarle un helado, lo cual decliné porque la mocosa a pesar de que decía que todo estaba “delicioso” y mejor “que las patatas que hace papa” no se terminó sus Mac nuggets y no se merecía el premio. Mi marido me llamó tonta, pues él si que se hubiese tomado el helado.
Como nuestras maletas no eran excesivamente pesadas (a penas llevamos 25 kilos entre la mochila que yo cargaba a las espaldas y el troley que arrastraba mi marido) fuimos paseando a lo largo de la Corniche pudiendo configurar así una pequeña imagen de esta ciudad costera.
Mersa Matrough: sus playas mediterráneas apenas difieren de las que hay en el Levante, sus aguas son más limpias eso sí, pero no excesivamente interesantes (al menos para mi gusto). Se trata de una ciudad que en verano hierve como centro de turismo de los egipcios; sus hoteles son caros para los occidentales (dos que yo recuerde de la lujosa cadena Jaz) pero a pesar de que algunas coptas desafiaban a las leyes islámicas mostrando algún que otro brazo y alguna blanca pantorrilla embutida en horrorosos y coloristas piratas, las egipcias seguían bañándose vestidas en la playa. Incluso observe a un grupo de jóvenes con abaias (el traje negro que cubre todo el cuerpo) y velos en la cara que solo dejaban ver sus maquillados ojos, zambulléndose con tal indumentaria en las olas. Mi marido se obstina en que le recuerdan a los cofrades de Semana Santa, solo que las egipcias se dejan el capirote en casa.
Nos sentamos en un banco al lado de lo que mi marido se empeño en que debía ser una prostituta egipcia. Todo porque el hombre con el que se estaba sentada le había entregado un billete; la mujer ni pestañeo. A mi con su abiaa negra, su rostro cubierto, sus guantes negros y el maquillaje claro de los ojos, no me pareció una mujer de vida alegre ni por asomo. Mi marido insistía en que tal vez “simplemente cobraba por dar conversación” pero al cabo de media hora sin que la mujer mediara palabra con el pequeño hombrecito, tuvo que desistir de su idea al relacionar aquella mujer como “dama de compañía”. Mi hija mucho más discreta, me pregunto si las mujeres iban disfrazadas de “virgen María” a lo cual le solté un sermón sobre usos y costumbres del Islam que la niña no entendió ni papa y le hizo más gracia quedarse con la versión de “cofrades o caperuzas sin cono” que le daba su padre.
Durante nuestro paseo, fueron varias las familias con niños que nos pararon para darnos la bienvenida a Egipto, preguntar la edad de la niña, etc. El período vacacional es excelente para que las familias se relajen, y Matrough decididamente no es un lugar donde abunden los turistas occidentales con niños.
En un puesto de un mercado, donde nos abastecimos de agua para el viaje en tren, conseguí parar a un taxista, no sin arriesgar antes mi vida en la calzada, para que nos llevara a la estación de trenes. El taxista ni entendía ni sabia ni papa de ingles. El chaval del quiosco me ayudo con la labor de hacerme entender, pero cuando le dije que quería ir a la estación de tren me miró boquiabierto y me dijo “madame, that is impossible” (y dale…y ahora que?) tanto él como el taxista afirmaban que a esas horas no había trenes, que debía esperar al día siguiente. Por supuesto no les hice ni caso aunque les agradecí el aviso. Por 5 libras y sin regatear, el taxista nos llevó a la estación de tren donde por cierto ya estaba listo el tren nocturno que se podía ver desde la calle y me encargue de hacérselo notar al joven conductor.
Antes de subir al coche cama, pregunté sin éxito a distintos revisores (cada coche lleva el suyo) a que hora se detenía el tren en Moharam Break (cerca de Alejandría). Unos me decían que a la 1.30 y otros que a las 4.30; los egipcios rara vez te dicen “no lo sé” sino que siempre tienen una respuesta aunque no sea la correcta, ello unido al cambio de hora, me desconcertaba bastante. Finalmente el revisor de nuestro vagón era un joven de ojos claros, copto, de excelente ingles y nociones de castellano que me aseguró de que la hora de parada en Moharam Break era a las 2.30 de la mañana y que por supuesto y por si el tren se retrasaba, nos despertaría media hora antes de la llegada.
Aún tuve tiempo de tener con el una pequeña conversación, que fue el quien amablemente inicio, a cerca de Moharam Break puesto que dicha estación, tal como ya me había informado previamente en Siwa el eficiente responsable de la oficina de turismo, no se encuentra en el casco urbano de Alejandría sino en un suburbio. Me comento que él, egipcio, pagaría entre unas 20 y 30 libras por el trayecto desde la estación hasta nuestro hotel en la Corniche, que por supuesto nosotros pagaríamos bastante más 40-50, por el mismo trayecto y que el regateo debía comenzar con 30 libras para conseguir máximo 50. Son este tipo de consejos los que verdaderamente se agradecen y no te hacen quedar como tonta delante de los taxistas, ya que te colocan en un buen lugar y te acortan mucho tiempo de discusiones estériles, más si se trata de ganar tiempo al descanso nocturno. Decidí que el revisor se había ganado su propina.
Eficientemente, en cuanto se puso en marcha el tren, fuimos servidos con la cena (la misma que a la ida) los primeros de todo el coche, y también fuimos los primeros a los que nos retiró las bandejas intactas y nos acomodó las literas. Durante la espera le conecte a la niña el DVD a la red eléctrica del tren que por suerte funcionaba sin problemas. No sin antes recordarle y encomendarle que por favor se acordara de nosotros, me despedí del revisor y a los diez minutos los tres caímos en los brazos de Morfeo.
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DIA 11/08 ALEJANDRIAA las dos de la mañana puntual como un clavo, el revisor nos despertó. A toda velocidad recogimos nuestros bártulos y cuando volvió a aparecer el individuo –para cerciorarse de que estábamos en pie- le dimos 10 libras de propina porque el chaval se lo había ganado con creces. Diez libras, no llegan a dos euros, pero os aseguro que al ser los únicos que dejabamos propina (no vimos ningún occidental más en todo el tren y dudo que los locales lo hagan) fueron muy bien recibidas. Cuando estábamos frente la puerta, volvió a aparecer el revisor con dos bandejas de desayuno que rechazamos a pesar de que el trato de que nos las lleváramos con el convincente argumento de “son suyas señores, puesto que las han pagado bien caras”. No se separó de nuestro lado hasta que el tren se hubo detenido completamente, nos ayudo a bajar las maletas (no dejando que se acercara ninguno de los maleteros del tren ávidos de backshish). Además nos indicó el lugar donde debíamos de dirigirnos para tomar un taxi (debajo de un puente sin a penas iluminación) y nos encomendó a seguir a la gente rápidamente para llegar antes que ellos a la carrera por conseguir vehículo. A las 2.30 de la mañana (que serian las 1.30 por obra y gracia del Ramadán), sin apenas luz en el anden, medio dormidos y con una pequeña desconcertada, toda la información que nos suministró nos fue de gran utilidad. El primer taxi que paramos (esperamos unos diez minutos a que el caos ocasionado por el tren se desvaneciera, puesto que en su parada cortaba una arteria principal de circulación de tráfico) simplemente no quería ir tan lejos. Sin embargo el segundo taxista me dejo anonada: viajaba con su madre, una mujer mayor y nos pidió por llegar al Windsor Palace en la Corniche (todo y que no tenía ni la más remota idea de donde estaba) solamente 5 libras. “Cinco libras?” repetí, “cinco libras señora, apenas nada”. Por un trayecto que yo pretendía llegar hasta las 50 libras con suerte, me temí que hubiese gato encerrado. Si no fuera por la pasividad con la que conducía, las preguntas en buen ingles que nos hacia y que luego traducía a su madre, y su experiencia al volante, hubiese apostado a que había robado el taxi y la nuestra era su primera carrera. La primera noche del Ramadán en Alejandría era una fiesta; la gente llenaba las calles, un penetrante olor a dulces se desprendía por doquier, los farolillos encendidos (parecidos a los que usan los chinos en sus restaurantes solo que octagonales) y las filas de bombillas de colores –que nosotros utilizamos en Navidad- iluminaban casas, restaurantes, tiendas y calles. El tránsito era muy denso pero no estridente, sino festivo, como si hubiesen ganado la copa del mundo. Tras parar a preguntar la dirección correcta, a los 30 minutos estábamos en el hall del Windsor Palace ( http://paradiseinnegypt.com/). La entrada del hotel se realiza no por la fachada principal, sino por una bocacalle, sin dejar por ello de ser una entrada lujosa; mármoles blancos recién pulidos brillaban, enormes arañas de cristal iluminaban los salones revestidos con muebles de época, cuadros con ostentosos marcos decoraban las paredes, y enormes jarrones de cristal con flores alegraban las solemnes instancias. Un “guauuuuuuuu” de mi señor marido me dio muestras de su aprobación y también de que no me había escuchado cuando en ocasiones anteriores le informaba que íbamos a alojarnos en un bello edificio decimonónico. Subimos en un ascensor de época, con los latones y dorados bien lucidos, mecanismos a vistas e incrustaciones de dibujos en sus pequeñas y hermosas puertas de madera. Nuestras maletas nos esperaban en la enorme habitación de la quinta planta. La cámara era, como ya he dicho, muy amplia y de techos altos, con vistas a una pequeña y desbaratada calle tranquila (no hubiésemos pegado ojo de haber pedido una costosa habitación con vistas a la Corniche), muebles algunos de época otros réplicas bien conseguidas y un baño de reciente remodelación revestido con porcelánico pulido y rectificado que los alicatadotes no habían sabido colocar de forma correcta de manera que deslucía bastante –para un experto en azulejos claro- el caro material de la estancia. Las “amenities” reflejaban de por si el lujo del Windsor Palace; con aroma a uva se envolvían en delicados tubos negros y dorados. Unas cenefas doradas en relieve formando flores y lazos bordeaban los blancos techos. No obstante por las rejillas del aire acondicionado se transmitía un molesto silbido. Mi marido tiene la insana costumbre de encender la televisión –entienda o no entienda el idioma del lugar- en cuanto el botones abandona las habitaciones de los hoteles. En este caso lo pagamos caro pues justamente apareció en la pantalla un canal de dibujos que en ese momento – casi las tres de la mañana- daba cuentas de las andanzas del gato Tom y el ratón Jerry que no necesitan de voz humana para su comprensión. Los ojos de mi hija, que habían estado medio cerrados hasta el momento, se encendieron como bombillas, dejo caer en el suelo a su inseparable compañera de viaje –su gusiluz Berta- y se acomodó en el medio de las dos grandes camas individuales que habíamos juntado sin que hubiese manera humana de desalojarla de allí. Mientras la niña seguía la serie de animación sin pestañear, nosotros nos duchamos, acondicionamos nuestros trastos, salí a fumar un pitillo observando el acalorado vaivén de los camareros llevando y recogiendo bandejas de comida entre las habitaciones y obligamos a la pequeña a ducharse bajo la amenaza de apagar la tele. Además nos dio tiempo de charlar un rato sobre las visitas que emprenderíamos en unas horas. Con un inciso publicitario, mi mano alcanzo rápidamente el mando a distancia y la peque se durmió entre sus padres y no la encontramos hasta las nueve de la mañana, en el enmoquetado suelo, puesto que las camas se habían separado “solas” y la niña había caído sin despertarse ni despertarnos. Solo lloro cuando nos oyó gritar del susto de verla en el suelo, aunque por suerte la altura era poca y no sufrió ni el menor rasguño. Nos habían indicado que el desayuno se servia en la sexta planta, al entrar quedamos cegados por la luz que, a través de los ventanales del restaurante, nos llegaba a raudales. La vista sobre el mar era preciosa y no son pocos los visitantes que se acercan a la sexta planta del Windsor Palace para admirar la costa. Por descontado éramos, junto a un ejecutivo japonés, los únicos huéspedes en desayunar; el resto ya habían hecho lo propio a las tres de la mañana, hora en la los islámicos se dan el último gran ágape antes de la salida del sol. El desayuno era tan completo y tan bien dispuesto como cabía esperar por el precio de las habitaciones (136 euros las dos noches en alojamiento y desayuno) y la renombrada fama del hotel. El mobiliario también rebasaba las expectativas y el uniforme de camareras (cofia, delantal blanco, vestido negro y medias negras) y del chef daban un toque nostálgico al salón. Cabe decir que hay otro hotel más lujoso en Alejandría; el hotel Cecil, celebre por haber sido frecuentado por Churchill entre otros ilustres huéspedes y mencionado en las novelas de Durrell. Actualmente está regentado por Sofitel y sus precios son altos. A pocos metros de este, se halla Le Metropol, un Mercure algo más modesto y en mi opinión, menos bello. Existen muchos otros hoteles en la zona costera de Montazah, pero esta área está bastante alejada de los principales enclaves turísticos.
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(Alejandria, II parte)Después de que yo desayunara (el atiborrarse de croasanes, donuts, tortilla, pan, fruta, más pastas, etc de mi marido no se puede calificar de desayuno sino de gula) y mientras gestionaba las pertinentes reclamaciones –que fueron rápidamente atendidas- en el hall del hotel (ruido del aire, quería un colchón doble y una cuna para la niña), mi marido revisaba (gracias al wi-fi) los mensajes de correo y la niña divertía a los presentes llamando al ascensor a su manera, que consiste en gritar delante las puertas “ascensor baja”. Hicimos algunas fotos del hotel y salimos “por la puerta grande” con el carrito de la niña. Los egipcios no llevan a sus niños en cochecito, sino que van o andando o en brazos, por lo que aquel trasto, unido al hecho de ser guiris, hacia que mucha gente se parara a mirarnos. Pese a que las catacumbas de Kom el Shogafa se hallan a bastante distancia de la Corniche (al menos eso se deducía del plano de la guía) mi marido se obstinó en que fuéramos andando alentado por su excelente sentido de la orientación. El conserje del hotel para llegar no nos indico la posibilidad de otro transporte que no fuera el taxi. La verdad es que mi marido se moría de ganas de adentrarse en Alejandría y no encontraba ninguna excusa, ya que el resto de monumentos que yo pensaba visitar se hallaban más o menos en la Corniche. En cuento pasamos el horroroso monumento al soldado desconocido y pude observar la bella marquetería de los numerosos cafés de época de la vía principal, nos apartamos del centro con más posibilidades turísticas y nos adentramos en la peligrosa, sucia y caótica ciudad. Cual alejandrinos cruzábamos las calles, he de recordar que el carrito y la niña también iban incluidos en lote, atestadas de coches con toda la temeridad del mundo de la cual una se ha de hacer valer si pretende llegar andando a algún lugar de una ciudad en Egipto. La niña se divertía, yo no tanto, su padre más que la propia niña. Finalmente se pararon (yo iba detrás arriesgando mi vida) frente a un antiguo edificio que en su día debió ser bello, para observar que a pesar de que la planta más alta había cedido completamente, seguía siendo habitado en las plantas subsiguientes hasta llegar a la planta baja donde todavía se hallaban restos del derribo. Extasiado por la escena mi marido quiso sacar la cámara para inmortalizar el instante, pero esta no se hallaba en su lugar. Tras otros veinte minutos de sufrimiento, correr y angustias por la posible pérdida de nuestros tesoros, las imágenes captadas en Siwa principalmente, regresamos al hotel y efectivamente allí estaba nuestra cámara. No obstante mi marido no se disuadió y quiso volver a andar lo desandado. Tres horas después llegamos a un puerto comercial carente de interés y lo que se dice perdidos pero a base de bien. Finalmente tomamos un taxi (10 libras). Las catacumbas de Kom el Shogafa fueron descubiertas accidentalmente en 1892, cuando un burro cayo sobre ellas, al escarbar hallaron los restos arqueológicos en tierra más importantes de la ciudad. Un conjunto de tumbas datadas de finales del siglo I en la que ya se observa la gran influencia del arte griego, especialmente en sus esculturas. El conjunto circular, al cual se accede desde la superficie, consta de tres niveles, de los cuales sólo el último permanece completamente anegado. Entre sus numerosos nichos destaca una cámara mortuoria de gran belleza decorada con relieves y esculturas de Anubis, Isis y Tot. A mi hija no obstante le agradó más la sencilla tumba de Tigrane (en el exterior de las catacumbas), con dibujos de cobras, halcones y escenas de la vida cotidiana. La entrada a las catacumbas cuesta 40 libras por persona y está prohibida su reproducción fotográfica requisando en taquilla la batería de la cámara. Al salir un policía nos paro un taxi que nos pidió 20 libras, ante tal atropello seguimos caminando. Terminamos en un mercado abarrotado, sucio y pestilente e incluso pise a una rata muerta cuando trataba de evitar ser arrollada por un grupo de alejandrinos. Finalmente un taxista, que portaba una bandera pirata en el techo del vehículo, por 10 libras nos llevo al hotel pasando por la columna de Pompeyo que a nosotros no nos pareció gran cosa. Descansamos un rato, la niña y yo comimos algo (mi marido curiosamente no tenia apetito), nos aseamos nuevamente y emprendimos de nuevo la marcha, esta vez en coche. El primer taxista que paramos nos exigió 20 libras y no llegamos a acuerdo. El segundo taxista solo 5 libras. De haberlo sabido hubiese pagado el abuso de 20 libras. Buscando la Biblioteca de Alejandría, que inexorablemente debía estar frente al mar pero no sabíamos con certeza a cuanta distancia, el taxista nos condujo frente a lo que él debió interpretar era la Biblioteca o simplemente donde le pareció bien. En nuestro trayecto de más de veinte minutos por la amplia avenida de cuatro carriles, pasamos por lo que a nosotros sí nos parecía ser la biblioteca. A puertas ya de la zona Montazah llegar a lo que ciertamente era la biblioteca nos costó más de una hora andando a paso bien ligero (suerte que la niña dormía en su carrito). Durante el largo paseo junto a la Corniche observamos a gente haciendo footing, algunos niños bañándose (pocos a decir verdad) y pescadores sacando redes bien cargadas de peces vivos y algún que otro objeto inservible; aún así, el paseo marítimo no está todo lo bien cuidado que cabria esperar de una ciudad donde muchos egipcios pasan sus vacaciones. Al llegar, el edificio estaba cerrado porque al ser Ramadán las horas de visita no terminan a las 19.00 horas sino a las 14.00 horas. Maldije, por lo bajo, el sentido de orientación de mi cónyuge que nos había restado un tiempo precioso para visitar el nuevo emblema de Alejandría. Biblioteca de Alejandría ( www.bibalex.org): abierta de sabado a jueves de 11.00 a 19.00 horas (excepto en Ramadán), entrada no egipcios: 10 libras . Como todo el mundo sabe, la biblioteca original fue destruida (quemada) y con ella un gran saber universal que se albergaba en forma de libros, códices y papiros en sus paredes. En 1987 surge el proyecto, con apoyo de la UNESCO y la colaboración de diversos países, de construir una gran biblioteca que volviera a ser emblema y referencia de la ciudad, para ello se destinaron más de 230 millones de USD. El fabuloso edificio fue inaugurado en el 2002 (¿donde andaría el dichoso taxista por entonces?) y lo que pudimos observar desde fuera (nos dejaron dar una vuelta por el vigilado recinto) es una obra moderna de muchísima belleza. Rodeada por un lago artificial (más que lago, una gran fuente de agua con azules azulejos esmaltados) el edificio es casi una circunferencia en pronunciada pendiente cuyas ventanas se abren en forma de triangulo recordando vagamente a las pirámides. Al fondo de un foso que rodea el lago, una gran pared con forma curva, de granito grisáceo, decorada con bajo relieves de símbolos y letras de todos los idiomas vivos y muertos (jeroglífico, arameo, etc) que existen en el mundo. Su inclinación de 16 grados esta orientada hacia el mar Mediterráneo, en alusión a la antigua ubicación de la biblioteca originaria. Compuesta por 11 niveles dispuestos en cascada, cubre una superficie total de 70.000 metros cuadrados. Actualmente el complejo cuenta con una sala de lectura principal con capacidad para 2.000 personas, unos 5 millones de tomos donados por países de todo el mundo, e incluso se sostiene que alberga casi 8 millones de libros. Además la gran biblioteca alberga un MUSEO de antigüedades y manuscritos (entrada no egipcios, 10 libras). En su exterior una gran esfera alberga el Planetario ( www.bibalex.org/psc/planetarium) que representa un gran sol naciente de saber frente a la biblioteca, quedando la infraestructura totalmente integrada en el conjunto arquitectónico. De noche, unas luces en azul recorren la forma esférica del planetario. Con 14 metros de diámetro y una capacidad de 100 asientos, ofrece sesiones de 30 minutos bajo una visión de 360 grados. Tras disfrutar lo que pudimos del bello conjunto modernista y de una exposición exterior temporal de bustos y esculturas de cristal, continuamos andando lo suficiente en la Corniche como para percatarnos de lo cerca que estábamos de nuestro hotel y de lo lejos que quedaba aún nuestra siguiente visita, a la cual ya llegábamos fuera de horario de visitas gracias de nuevo al mes sagrado islámico. Solo teníamos la esperanza de arribar antes de la puesta de sol para obtener unas fotografías pasables. Un viejo taxista que no hablaba inglés nos llevo por 5 libras hasta el otro extremo de la Corniche, rumbo a los últimos rastros del faro de Alejandría. Fortaleza de Qait Bay: (entrada 20 libras) Durante muchos siglos, el faro de Alejandría fue considerado como una de las siete maravillas del mundo clásico. Construido en el siglo III a.d.C alcanzo una altura de 130 metros, la construcción más alta entonces, pero fue seriamente dañado en 1323 debido a graves terremotos. En 1480 el sultán Quaitbay construyó con los restos del faro y en el mismo estratégico lugar, la que hoy es una preciosa y restaurada fortaleza de piedra blanca. De planta cuadrada, consta de tres pisos y cuatro torres circulares. Sin duda, una de las mejores visitas de Alejandría. En sus alrededores también se ubica el Acuario de la ciudad y el puerto donde permanecen las barcas de los pescadores y los modernos yates. Cerca de Qait Bay muchos alejandrinos en picnic se disponían a dejar ya su ayuno con la puesta de sol y a complacerse con la primera comida de la noche. Nosotros pensamos en hacer lo propio y sin prisas fuimos paseando por la Corniche. La amplia avenida con la anticipada visita de la noche, quedó desierta de coches y ruido, como si Alejandría hubiese sido de repente abandonada. A penas se vislumbraba algún transeúnte con prisas en el silencio era sepulcral. En nuestro sosegado paseo, nos arrimamos hasta una especie de cadena de marisco que los egipcios –al menos en El Cairo- frecuentan bastante; el Fish Market. Cuando ya me imaginaba a mi misma dándome un atracón de marisco a precios irrisorios, mi marido cambio de opinión puesto que “tampoco tengo mucha hambre”. La verdad es que siente bastante animadversión por el marisco ante el cual yo sucumbo fácilmente. Pensé, craso error, que ya tendría otra oportunidad, y finalmente, tras mucho caminar, sucumbimos ante un Kentaky Fried Chicken donde la niña se puso las botas con el pollo frito y las patatas, mientras yo anhelaba unas gambas o unas almejas al vapor. Tanto el Kentaky como otro tipo de establecimientos parecidos, se hallaban tras un agradable jardín (o al menos de noche) frente al hotel Cecil. Para cuando terminamos de cenar, todo el mundo había hecho lo propio y en las calles de Alejandría se respiraba el mismo ambiente festivo que la noche anterior. Contagiados de la euforia, nos compramos unos helados de vuelta al hotel, no sin que antes unos nativos de muy buen humor nos pidieran hacernos una fotografía juntos, a lo cual por supuesto accedimos. Los coches llenaban de nuevo la calle y nos preguntábamos cómo íbamos a salir de aquella enorme ciudad la siguiente mañana cuando dispondríamos de nuestro coche de alquiler. Nos hicimos con un caro mapa de carreteras que resulto algo más util que el que nos proporcionaron en Siwa. La cuna para la niña estaba en su sitio, el aire acondicionado ya no emitía tanto ruido y nos habían cambiado los colchones por uno inmenso. No obstante, al cabo de un rato, requerimos de los rápidos servicios de mantenimiento del hotel puesto que el techo del cuarto de baño –debido al reciente arreglo del aparato de aire- goteaba y de dejarlo pasar hubiésemos salido en barca del Windsor Palace. En el pasillo se oia música occidental que provenía del restaurante de arriba, y grupos de turistas curiosos, se acercaban a tomar una copa en la hermosa terraza con vistas al mar del hotel. De Alejandría me quede con ganas de observar el famoso escaparate de la Farmacia Suiza (mi marido me lo demandó un par de veces puesto que aún le molestaban las picaduras de los mosquitos de Siwa) y alguna bella mezquita que nos había asombrado durante nuestro trayecto matinal. Poco más. Sin embargo la ciudad me dejo francamente defraudada; no esperaba encontrarme con Alejandro Magno ni con Cleopatra por supuesto, pero sí algo más de organización y belleza, una ciudad más compacta, menos basta y por supuesto más limpia.
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DIA 12/08 ALEJANDRIA –AIN SUKHNANos despertamos más tremprano de lo habitual (a las seis) para desayunar (o ver como se atiborraba mi marido según se mire) y tratar de estar en el Sheraton Montazah a las 8.00 y recoger allí el coche que habíamos concertado –y pagado- previamente por Internet con AVIS. Montazah es una zona muy turística de Alejandría (pero alejada del centro, 20 libras en taxi) que destaca por la belleza de su Palacio (rodeado de bellos jardines vistables, su interior permanece cerrado). Es en esta parte de la Corniche donde la mayoría de hoteles y establecimientos turísticos se ubican y el mayor punto vacacional de Alejandría. Tiene algunas playas públicas y otras privadas. A las 8.30 nos plantamos ante la oficina de AVIS del Sheraton donde no les constaba nuestra reserva. Tampoco disponían –o eso nos dijo el responsable- ningún coche de alquiler sin conductor en ese momento, por lo que nos pidieron que regresáramos al día siguiente. Mi enfado fue monumental y tras amenazar con llamar a la policía (suele funcionar en Egipto) y de tramitar una denuncia por incumplimiento de contrato, el asistente se puso a trabajar para conseguirnos un coche que tardaría “una hora”. Mi cabreo aumentó bastante, y también el tono de mi voz. Además me exigieron el pago de 110 USD porque mi oficina de devolución (en Sharm) era diferente a la de recogida. Tras lo que ya eran serias amenazas me pasaron con la Cashier Manage Responsable en el Cairo. Finalmente a día de hoy no se me han cobrado los 110 USD (que yo no tenia porque pagar pues mi reserva era clara al respecto y el cobro efectuado en mi cuenta también) pero lo que no pude conseguir fue disponer del coche –al que según me informaron desde el Cairo debían cambiarle la bateria- antes de las 11.00 horas. Mi enfado y malestar que no oculte en ningún momento hicieron que el responsable del Sheraton me ofreciera gratuitamente los servicios del hotel (bebidas, comida, etc) lo que yo decline. Respecto a AVIS no me ofrecieron ni tan solo un vaso de agua para mi hija. La irresponsabilidad de AVIS (que todavía no se ha disculpado conmigo a pesar del mail que les remetí, pero que tampoco se han cobrado los 110 USD) me hizo perder un valioso tiempo que yo consideraba vital: en primer lugar, de haber estado el coche listo a las 8.30, hubiésemos llegado al Cairo máximo a las 11.30 y a Ain Sukhna a las 14.00 parando a comer. Desde allí pretendía dejar las maletas en el hotel y visitar el monasterio coptos de San Antonio. Fue imposible. Cuando un chofer nos trajo el vehículo en cuestión observe que era cierto que no disponían de otro coche en toda Alejandria, puesto que me entregaron un vehículo de gama alta (un Peugot 308 ranchera enorme) cuando yo tenia reservado un pequeño utilitario. Al hacernos entrega del contrato y llaves volvieron a entrar al hotel aliviados (conductor y responsable), pero no por mucho tiempo pues solamente entrar en el coche mi marido se percató de que era cambio automático y no manual. Nunca ninguno de los dos había conducido un vehículo de cambio automático (que a decir verdad, tal cual nos explicaron, tenia dos opciones, automático y manual pero sin embrague) y estrenarse por las transitadas calles de Alejandria fue una odisea. El transito en Alejandría es horrible, casi tanto como en el Cairo. Por suerte solo nos costó una media hora horrible encontrar la Desert Road, una autovía de peaje (4 libras) que lleva a El Cairo. Eso si, la encontramos sin ninguna señalización, sin GPS y a fuerza de preguntar y de dar vueltas. La señalización en las ciudades de Egipto es nefasta y a penas existente. Repostamos en Alejandría (no sin muchas dificultades para encontrar gasolina sin plomo 95/98) y llegamos a El Cairo a las 14.00 horas. En principio solamente debíamos seguir la circunvalación para alejarnos de la capital con destino Suez, pero al tomar la ring road debimos equivocar el sentido de la marcha (sin señalización alguna que diera la más leve pista) porque nos costo tres largas horas salir del Cairo. Nos metimos en atascos impresionantes donde los coches nos pasaban a dos dedos; los cuatro carriles de repente se convertían en seis a base de amontonar vehículos y no sabias cuando ibas a ser adelantado por derecha o izquierda. Realmente lo pasamos bastante mal y la circulación de la capital egipcia es mucho más que caótica. No puedo describir la angustia que me provoco no saber donde iba ni cuando llegariamos al destino final. Finalmente un cartel, en la dirección esperada, nos señalo la autovia a Ain Sukhna. Aquello me mosqueo bastante, puesto que en nuestro mapa de carreteras señalaba una autovia a Suez, que no a la costa, pero siendo Ain Sukhna la población donde se ubicaba el hotel, tomamos la carretera de peaje (3 libras). Craso error. A penas comimos un sanwiches en el coche –a decir verdad se los comió la niña puesto que no teníamos bastantes para los tres- pero estábamos dispuestos a no parar hasta que depositáramos las maletas en hotel. Bastante tarde ya (sobre las cinco) divisamos se termino la carretera y empezamos a ver la costa. A los pocos momentos, un resort, el Hilton Ain Sukhna, al cual le precedió el Marriot, el Porto Petro y a lo largo de 60 kilómetros por una carretera de un solo carril, con vehículos adelantado de manera temeraria, muchísimos resorts turísticos en construcción o con fases ya terminadas. Imaginaros un Marina d’Or, y otro Marina d’Or y así hasta recorrer 60 km a una velocidad máxima de 40 kilómetros mirando todos y cada uno de los carteles para no pasar de largo nuestro “hotel resort”.Sin embargo cuando yo busque hotel en Ain Sukhna (a 60 kilómetros de Zafarana que a su vez es la entrada a una pista de 30 kilómetros que lleva al monasterio) a penas si encontré dos o tres hoteles. Ain Sukhna o Ain Sokhna o Ein Soukhna o cualquier combinación de las anteriores es un pueblo –el pueblo no lo vimos- ubicado en la costa del mar rojo. El ímpetu constructivo creo yo que se debe a su cercanía con El Cairo (a 125 kilómetros). Supongo que los egipcios, después de haber sobre explotado Hurgada, han tomado esta población como un posible destino turístico de masas – los hoteles resort de numerosas habitaciones así me lo indican- mucho más cercano al Cairo. A las 18.00 horas ya había oscurecido, nos encontrábamos a escasos 5 kilómetros de Zafarana, no se divisaban más hoteles y no habíamos logrado dar con el Palmeral Beach Resort donde radicaba nuestra reserva. En el último hotel en construcción entramos para preguntar, se trataba de otro resort de bungalows en construcción. En una destartalada e improvisada recepción unos coptos me atendieron con el poco ingles que manejaban. Al ver mi situación; totalmente perdida, con una niña pequeña, y más hambrienta que un musulmán en Ramadán, rápidamente se apiadaron de mi. Me dejaron un ordenador –privado- para buscar exactamente la dirección del resort, ya que ellos no lo conocían. Y como tampoco podían vislumbrar nada en claro de la web del hotel (ubicación; Ain Sukhna), llamaron por teléfono al hotel. Tras hablar con ellos y pasarme el teléfono, me indicaron que diera la vuelta en dirección a Suez y encontraría el hotel después del Stella de Maris (otra cadena hotelera), unos 60 kilómetros al norte. Los coptos no quisieron cobrarme nada a pesar de todas las molestias ocasionadas y yo no sabia como dar muestras de mi agradecimiento. Cuando les conté que nuestra salida de Alejandría fue a las 8.30 del hotel y que los adultos no habíamos comido nada desde entonces, trataron de invitarnos a compartir su comida, lo cual rehusé lógicamente puesto que ya pensaba haber abusado suficiente de su amabilidad. Volver, de noche, a recorrer los 60 kilómetros por una carretera con algunas curvas y sin ninguna señalización fue desesperante. Así a las ocho de la tarde y noche cerrada, estábamos en el mismo punto que cuando dejamos la carretera que provenía de El Cairo. El depósito de gasolina amenazaba con iluminar la reserva y tampoco, a pesar de parar en distintas gasolineras, obtuvimos el dichoso combustible de 95 o 98 sin plomo. Finalmente, tras preguntar a diestro y siniestro, llegamos al Palmeral Beach Resort www.palmerabeachresort.com, 82 Euros la doble en M.P- que se hallaba al norte de la salida de la autopista camino a Suez (nosotros tuvimos la mala suerte de ir directamente al Sur). El hotel disponía de cuatro piscinas, grandes jardines y acceso a la playa con las típicas tumbonas. Llegamos con media hora antes de que cerraran el buffet de la cena, ya éramos los últimos por supuesto. Las piscinas cerraban a las 20.00 horas y la pobre niña, después de todo el día metida en el coche, no entendía porque no podía nadar un rato. Nos fuimos a la playa, nos mojamos los pies (en las piscinas también) y la dejamos que hiciera algunos castillos de arena en la playa a la luz de la luna. El hotel, me pareció un timo, era bonito, pero no valía 82 euros, aún así, era la tarifa más barata que había encontrado en Internet en Ain Sukhna. No estaba totalmente lleno (disponía de dos edificios de habitaciones) y la mayoría de los huéspedes eran egipcios (que pagan la mitad del coste de las habitaciones según las tarifas que se publican en los hoteles).
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DIA 13/08 AIN SUKHNA – DAHAB
Durante el desayuno, bien temprano, a las siete, éramos los únicos junto con dos niños exentos del ayuno obligatorio, por lo que nos pusimos las botas puesto que disponíamos de fruta, bollería, pan, queso, zumos, etc. Al dejar el hotel algunos chavales ya se lanzaban estrepitosamente en la piscina principal y a mi niña casi de da un síncope.
Era viernes, el equivalente a nuestro domingo, y las calles de Suez estaban desiertas. La ciudad del canal no me pareció tan desaliñada e industrial como me esperaba; amplias avenidas, algunas incluso con vegetación y algunos edificios coloniales todavía no muy deteriorados. Bastante pequeña para tratarse de una ciudad tan importante para la economía de Egipto.
Pese a que cuenta con una extensa red de gasolineras – Suez destaca por sus muchas refinerías y tanques de almacenamiento de fuel- en las que encontramos abiertas no disponían de gasolina sin plomo 95/98. Un chaval con buen inglés, nos aseguró que no encontraríamos ese tipo de combustible en todo Suez, y la luz de reserva se había encendido. Tras varias preguntas, el mismo chaval nos indicó que no íbamos a tener ningún problema con la gasolina de 92 octanos; y como ya habíamos observado que otros coches de gama alta repostaban 92 sin problemas, al final llenamos el depósito y rezamos porque todo funcionara correctamente.
Nos deshicimos de un tipo que nos seguía en su vehiculo y que nos tuvo en vilo durante unos 15 minutos; creo que al ser los únicos no egipcios que conducían por Suez debimos despertar su curiosidad o su interés por vendernos cualquier cosa, pero tampoco le dimos opción a acercarse a nosotros. Lo perdimos cuando enfilamos –gracias a preguntar en un mercado puesto que no vimos ninguna indicación en la calzada- dirección Islamilia en busca del túnel Ajmed Hamdi que por suerte estaba señalizado. Inaugurado en 1980 une Egipto con la península del Sinaí; los más bucólicos apuntan a la unión de África y Asia considerando la península como asiática o incluso euroasiática mediante los 5 kilómetros de largo de esta obra de ingeniería de finales del siglo XX. Con solo un carril por cada sentido para su construcción los ingenieros hubieron de adentrarse a 37 metros por debajo del canal. Fue rehabilitado en 1992 y actualmente es de peaje (cinco libras si mal no recuerdo).
Ya en tierras de Moisés, por encima del túnel sólo pudimos observar como algunos enormes barcos pasaban por encima del canal, pero la visibilidad no era buena y el control militar nos disuadió de sacar fotografías. Frente a nosotros una carretera árida de desierto, sin apenas circulación que a través de 220 kilómetros nos llevaba hasta Taba.
De Taba, y tras volver a repostar por si acaso, tomamos la carretera de la costa hacia Nuweiwa. La carretera que une Taba y Nuweiwa discurre entre unas rosadas montañas –en algunos puntos los colores y las caprichosas formas de las piedras recuerdan a la cercana Petra- y un mar de aguas cristalinas y de caprichosos azules, turquesas y transparentes verdes. Playas de arena fina y desiertas a excepción de algunas barracas de techo de palmera. En Taba y Nuweiwa también existen algunos resorts turísticos prestigiosos (Movenpick, Sheraton…) y no masificados.
Los controles policiales abundan en las carreteras del Sinaí y todos repiten las mismas preguntas: de donde sois y a donde vais, y por supuesto “enhorabuena por haber ganado el mundial”. Sólo en uno de ellos, el de Taba por supuesto, nos pidieron documentación que respaldara nuestras respuestas.
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Kiruna
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Fue fácil encontrar el hotel en Dahab, Dahab Paradise, www.dahabparadise.com, en la llamada carretera del Blue Hole, muy conocida por ser uno de los puntos de submarinismo que más visitantes atrae. El hotel se correspondía con las imágenes de la web y nos pareció un remanso de paz después del árido desierto. Este pequeño hotel regentado por una occidental, agradece a sus visitantes mediante un cartel en su recepción, ser el número 1 de las recomendaciones dadas por Tripadvisor, y francamente el hotel no decepciona. A 44 euros la noche con desayuno, sus 34 habitaciones son pequeñas pero disponen de todo lo necesario (nevera, aire acondicionado, televisión, cuarto de baño con ducha y mosquitera) siendo lo mejor de ellas, las pequeñas terrazas que se abren al patio central del hotel y por supuesto al mar. Ubicado frente a la playa, da la espalda a una montaña que a la vez que embellece el entorno y resguarda al hotel del viento que sopla con fuerza. Su piscina 24 horas rodeada de tumbonas que invitan a la lectura y el descanso, la conexión wifi y un ordenador con Internet a disposición gratuita de sus clientes además su magnifico y asequible restaurante son sus puntos más fuertes. Como puntos débiles, su lejanía del centro de Dahab (concesión obligatoria dado su espectacular ubicación) y unos desayunos acordes a su modesto precio. Sin embargo, al disponer de vehículo propio, para nosotros su lejanía no represento ningún obstáculo aunque sí algo a tener en cuenta a la hora de describir este pequeño pero encantador hotel. Además, su ambiente de relax, su menudo pero cuidado jardín y su amable staff hacen que este hotel barra a otros prestigiosos hoteles como el Movenpick en cuanto a las buenas críticas que sus clientes ofrecen a la vuelta. También tiene un servicio de excursiones (incluidas Petra a unos 300 USD como pude escuchar) y un servicio de alquiler de equipos de snorkel. Tras nuestra llegada al hotel, comimos en el restaurante del hotel (dos platos excelentes y agua a 80 libras) y disfrutamos un poco de la piscina y la siesta hasta la puesta de sol. El Monasterio de Santa Catalina se encuentra a 125 kilómetros desde Dahab mediante una carretera interior de montaña. Puesto que solo disponíamos de dos noches en Dahab, no tuvimos otra elección que decantarnos por dedicar el día libre que nos quedaba al snorkel dejando el monasterio y la ascensión al Monte Sinaí para otro viaje que sin duda realizaremos en un futuro. Dahab: con la puesta de sol nos adentramos en el pequeño pueblo de Dahab. Por el camino ya observamos a algunos dromedarios que se ofertan a los turistas para emprender excursiones por la playa. En cuanto llegamos al centro peatonal, que empieza frente al hotel Crhistina ( www.christinahotels.com ) justo al lado del famoso Penguin Village ( www.penguindahab.com) que debe mucho su éxito a las buenas recomendaciones de la guía Lonelyplanet, me sorprendió la existencia de una licorería, puesto que a pesar de haber visitado diversos países musulmanes cuyos pobladores practican la fe islámica de manera más o menos estricta, jamás observé ningún tipo de establecimiento similar. En algunos lugares como Agadir (Marruecos) o en un exclusivo hotel de Petra (Jordania) pudimos incluso comer jamón, sin mencionar la venta de bebidas alcohólicas que se realiza de manera regular en muchos establecimientos (sobretodo hoteles) de países incluso tan desconocidos como Omán, pero nunca me había topado en mis peregrinajes por estos países con una licorería dispuesta al botellón como en Dahab. En las calles encaladas del centro de Dahab, que miran al mar, lo que más abundan son sin lugar a dudas, son las agencias que organizan inmersiones para todos los niveles (e incluso iniciación) y que al mismo tiempo realizan el alquiler de todo tipo de equipos además de excursiones dentro y fuera del Sinaí. Al respecto unas compañeras del hotel me hablaron de haber conseguido en una de estas agencias locales una excursión a Petra a 190 USD por persona (mediante ferry hasta Aqaba y traslado por carretera a Petra) que no incluía, a tener en cuenta, el precio de la entrada en Petra. Siguiendo en número a estas, abundan las tiendas de souvenirs (camisetas, collares, etc.), las joyerías y los restaurantes locales. Estos últimos tienen terrazas con mullidos cojines frente al mar. Además Dahab cuenta con una animada vida nocturna, de lo que da prueba la existencia de la licorería y algunos locales de ocio nocturno. Resulta muy agradable en Dahab observar que los autocares repletos de turistas dan paso a los grupos de dos o tres personas con mochila, que los guías no son tan necesarios como en el Cairo, y que la gente se mueve con mucha libertad de un lugar a otro (gracias a un par de agencias de alquiler de vehículos y bicicletas). En cuanto a su gastronomía, son diversos los restaurantes que cuentan con menús de gusto tailandés o libanés. También se dedica mucha atención al pescado y marisco, a los platos servidos con abundante guarnición de verduras, y a los zumos naturales (especialmente de mango). La mayoría, por no decir todos, son restaurantes locales que frente a sus terrazas ubican a los caza –turistas, cuya misión es la de arrollar y convencer a los visitantes a entrar en su establecimiento mediante “ofertas” que no se publican en el menú. Nosotros pudimos comprobar que dichas “ofertas” se cumplen, aunque por supuesto no incluyen el agua que sirven a un precio caro (15 libras), no obstante comer en Dahab resulta muy asequible.
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